Pelota de Papel

Pasional

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Un cuento de Pamela Visciarelli, ex futbolista (Arrecifes, Buenos Aires, 1988), iIlustrado por Ivi Angrisani y presentado por la periodista Analía Fernández Fucks.

La erotización de los cuerpos dentro de una cancha de fútbol. La existencia lésbica en el campo de juego. Las redes afectivas que arman equipo. La maternidad como elección. El deseo como parte fundamental del partido que queremos jugar. Estos son algunos ejes que atraviesa Pamela Visciarelli en su relato «Pasional», que narra —en principio— su vínculo sexoafectivo con Mariana, la que fuera en su momento la directora técnica de Atlanta, la única que dirigía, cuando se conocieron, futsal femenino.

Detrás de esta historia que comienza en una cancha de fútbol, que sigue en una ambulancia, que deambula por un bar y unos besos, por distintos clubes y estadios, por hospitales y salas de parto, Pamela expone y revela mucho más que una relación y rompe con sus palabras el relato heterocentrado. Al texto de Pamela lo cruzan, sin ser mencionados explícitamente, la ley de matrimonio igualitario y la de fertilidad asistida. La ampliación de derechos y la lucha por conseguirlos son telones de fondo de sus decisiones junto a Mariana de formar una familia; una familia, en este caso, pensada a partir de la cancha.

La narración de Pamela es, ahora, parte de la memoria colectiva que recupera las experiencias del fútbol de mujeres, lesbianas, travestis, trans, no binaries; aquellas que no aparecen contadas en los relatos del fútbol hegemónico. Su historia da cuenta de la apropiación de los espacios en los que fuimos invisibilizadxs: la cancha y la escritura. Y se inscribe en la construcción de este fútbol feminista que estamos gestando, también, a partir de las voces que nos nombran y dicen que existimos.

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Estoy en el piso. Escucho el silbato final. El árbitro da por terminado el partido. Me quiero despertar y no puedo. El dolor me paraliza el cuerpo, no entiendo qué pasa. Abro los ojos de a poco. Me rodean mis compañeras y las rivales. Una de las chicas me sostiene fuerte el brazo.

—Pame, tranquila, ya viene la ambulancia.

Ahora entiendo. Me quebré el brazo atajando. El dolor me recorre el cuerpo, pero deja de existir cuando escucho a Lucre.

—Está Mariana, vino a verte.

¿Mariana? La chica que me gusta.

Cuando la vi por primera vez, quise verla todas las mañanas. Levantarme a su lado, compartir el mate y hacerme viejita de su mano.

Nunca esperaba un partido con tanto nervio como cuando jugaba contra su equipo. Atlanta no solo era un gran adversario, sino que también tenía a una de las mejores DT, la única mujer que dirigía un equipo de futsal femenino.

En la fecha 4 jugábamos Club de Jóvenes vs. Atlanta.

Pamela vs. Mariana.

Solo deseaba que el partido terminara y que ella viniera a saludar, a darme un beso y a derretirme. Durante el juego, intentaba hacerme gigante en el arco, tenía que lograr que no entrara una, besar los palos para que estuvieran a mi favor y hablarles mucho a mis compañeras. Éramos un equipo que la luchaba; y contra ella, más. Sabía que atajando todo ella miraría el arco. Y ahí estaba yo. Ese partido era el único que me interesaba jugar.

En realidad, también anhelaba otro, pero afuera. A veces se iba enojada y me gambeteaba el saludo.

Ese era nuestro único encuentro. En la cancha y envueltas por la gente.

Un día no aguanté más y le dije a Lucre, mi mejor amiga: “Me quiero casar con ella. Hacé algo”. Y Lucre organizó una salida.

Era viernes y yo seguía trabajando. Las horas no pasaban. Los tangos se hacían eternos, el bandoneón de Rubén Juárez y “Pasional” sonaban en La 2 x 4, la radio de la ciudad, mi lugar de trabajo.

No sabrás, nunca sabrás,

lo que es morir mil vecesde ansiedad.

No podrás, nunca entender

lo que es amar y enloquecer.

“¿Se puede amar sin conocer?”, me pregunté. Para el tango sí y para mí, también.

Eran las 12:05 de la noche. Mensaje de Lucre: “Ami, ya estamos acá, a tres cuadras de la radio. Cuando salgas, venite”. Ese “estamos” me paralizó el pecho, como cuando en el último minuto de descuento el delantero rompe el travesaño. Fiché y salí. Pasé por el baño, me acomodé un poco la cara de viernes y caminé hacia el bar. Bajé la escalera. El reggae sonaba mezclado con las risas de la gente. Miré las mesas y la vi. Sus ojos azules, con una cerveza de más, son más lindos aún, pensé. Me acerqué y saludé. Lucre me presentó.

—Mariana, ella es Pamela, la otra arquera de Club de Jóvenes.

—Ah, ¿sí? No sabía que eran dos. Hola.

Y su perfume se metió en mi cuerpo.

¿Cómo podía ser? Yo sabía hasta el nombre de su mamá y de sus tres hermanos y ella jamás me había visto atajar, en el único partido en que me jugaba la vida.

Era mi primera noche con ella y no quería soltarla más. Bailamos, nos besamos, le mentí con mi edad y prometió que el próximo partido iría a verme atajar. Y así fue. Llegó cuando yo estaba en el piso con el brazo quebrado y fue más lindo que la anestesia que me puso la enfermera. Se subió conmigo a la ambulancia y yo quería ir hasta la luna, que el viaje no terminara más.

No importaba el dolor, ella estaba conmigo.

Llamé a mamá y le expliqué lo que había pasado. Me dijo que salía para la capital, que aguantara. Ella estaba en Arrecifes, mi ciudad. Nos separaban 180 kilómetros desde que yo había comenzado a estudiar. Me tenían que operar y no tenía a nadie. Bah, en realidad sí: ya tenía a Mariana.

Desde ese día no nos separamos más. Fue mi mejor cura en el postoperatorio. Dirigió todo, como en la cancha. Conoció a mi familia y se los compró a todos, como hacía con los árbitros. Más rápido que un wing que corre al gol, a los tres meses estábamos viviendo juntas.

Cuando mamá se enfermó y los médicos nos dijeron que no quedaba mucho tiempo, todo cambió. Un día, en la clínica, entre mate y mate, mamá me pidió que me casara con Mariana. Me reí y me puse colorada. Le dije que sí. Le di el gusto en noviembre y esa es la última foto que tengo con mi mamá de pie. Después el cáncer le comió los huesos. El 31 de marzo de 2012 no aguantó más, su corazón cinco estrellas dejó de latir. Se fue en la misma fecha que papá, el amor de su vida.

En nombre de ella quise cumplir todos mis sueños.

Así llegué a River. De Obras de Arrecifes al club más grande.

De repente tenía el buzo con el 1 en la espalda y comenzaba a escribir mi historia. Hasta que llegó Mariana. Sí, mi mujer: la eligieron para dirigir el plantel y dijo que sí, como tres meses atrás en el registro civil. Y ahí estábamos las dos en River.

Discutíamos más de lo que disfrutábamos. Habíamos empezado hacía un tiempo con los tratamientos para ser mamás.

La presión y las exigencias que teníamos no ayudaban en el proceso de quedar embarazadas. Mariana corría al baño en pleno partido a inyectarse la medicación. No podíamos más. Los test de embarazo con una sola raya eran nuestro peor rival. Más de cinco tratamientos y nada. Solo vacío y dolor.

Entonces Mariana dejó de trabajar para poder liberar la cabeza y priorizar el cuerpo. Y yo llegué a San Lorenzo, donde además estaba Lucre, que con su cercanía hacía todo más fácil. Con ese equipo nos clasificamos para la Copa Libertadores de América de futsal femenino, en Chile. Un orgullo. Y como el destino quería que con Mariana estuviéramos siempre juntas, a ella le ofrecieron formar parte del cuerpo técnico de un equipo chileno.

Todo esto parece un cuento. Lo mismo pensaba yo: no podía ser real. Íbamos a estar juntas en Chile, hasta podíamos pasear unos días. Un cuento, sí, un cuento de hadas que se arruinó cuando en la semifinal gritó los tres goles de su equipo que nos dejaron afuera de la Libertadores.

Fue uno de los peores partidos de mi vida. Los días que pensábamos compartir finalizada la Copa ella los vivió allá y yo, en la Argentina. Me volví y la dejé sola. Enojada, como cuando vas a reprocharle al árbitro que no cobró una para vos. Mariana llegó al país y sabíamos que en esos días otro Evatest sería determinante. Se encerró en el baño, pasaron unos minutos y me llamó.

—¿Para vos esto qué es? —me preguntó con el palito del test en la mano.

—No sé, para mí son dos rayas.

Y sí, el estudio de sangre confirmó lo que el test decía. Positivo. El mejor gol y el festejo más esperado. Un abrazo eterno y las lágrimas por tanto esfuerzo, tanta lucha, tanto amor, que siempre vence, te lo juro.

Juana nació en mayo de 2016, justo el día 7, como Eva Perón. Para seguir sumando mujeres fuertes, comprometidas, luchadoras y militantes de la justicia y la igualdad. Cambiamos los partidos por paseos en la plaza, los botines por pañales y las camisetas por baberos. Éramos mamás de Juana y el partido más dulce comenzaba a jugarse.

Tanto amor, tanta paz, tantas enseñanzas llegaron con nuestra bebé, que fuimos por más, como va el arquero a cabecear en el minuto 90 y hacer el gol de su vida, el que selle su historia. Me tocaba. Yo, que siempre atajé los problemas, las tristezas, los miedos y las dudas. Era mi turno de agarrar la pelota y clavarla en el ángulo bien fuerte para romper esa red de miedos que me envolvía.

Aquel fin de año, cuando el contador de Crónica explotó en la televisión, sonaron las copas y se escucharon los fuegos artificiales, besé a mi mujer y a mi hija y nos sacamos una selfie las tres.

Ahora sé que ahí ya éramos cuatro. El primer día de 2018 lo pasé vomitando, echándole la culpa a la cena. Me dolía la panza como cuando el pelotazo te da de lleno y sin barrera. Un tiempo antes me habían transferido dos embriones que teníamos congelados.

Antes de salir de vacaciones, le pedí a Mariana que comprara un test. Quería saber qué pasaba dentro de mí.

Son las once de la mañana del 30 de agosto de 2018. Entra la enfermera a la habitación y me lleva como al Diego en el Mundial, pero en este caso estoy en un hospital y por entrar a la cancha a jugar el partido más lindo de mi vida.

—Te veo en el quirófano —le digo a mi mujer. Y salimos.

Son las 13:30. ¡Ahí viene! Un minuto después, abrigo en mi pecho al ser que me hizo mamá por segunda vez. Eva. Nuestra Evita, nuestra segunda hija. La que llegó para tirar paredes con Juana, para compartir botines y para ser cómplices en los goles en posición adelantada. Nuestra familia futsalera. Nos falta unx y somos un equipo de futsal que le juega a cualquiera, que se enfrenta a todos y a todo, porque tiene lo más importante que tiene que tener un equipo: amor y lucha.