Cuento

Pecho Frío

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El Enviado deportivo está de regreso.

Me preguntan mis fieles lectores por qué desde hace algunas entregas no hago referencia al Enviado deportivo. Recordarán: aquel alado, esotérico y enigmático (y hediondo) personaje que me eligió como vehículo para narrar historias deportivas de éste y otro mundo. Bueno, caramba, uno tiene su ego, y para colmo ego de escritor, probablemente el más exacerbado e indomable de todos, así es que cada tanto me gusta mostrar (demostrar) que soy algo más que un amanuense, y que mis profanas ficciones o investigaciones merecen un lugar, menor pero lugar al fin, junto a las sagradas revelaciones del Iluminado.

Lo cierto es que, luego de algunas semanas de no tener noticias sobre él, comencé a merodear sus posibles zonas de influencia. Lo encontré en el banco de una plaza, cortándose las uñas con una tijerita escolar. “Esta tijera fue testigo de mi niñez…” dijo, mirándola como si mirara a la mismísima niñez a los ojos. Mientras decía esto pasaron por al lado de nosotros un niño con su madre, quien le recriminaba al pequeño, al ritmo del zamarreo: “¿Otra vez te robaron la tijerita de la mochila?”. El maestro sintió el impacto de la escena y se apresuró por aclarar: “A veces la realidad nos abruma con sus sincronías…”; enseguida se subió al monumento a San Martín y desde allí pontificó: “Bienaventurados los que no miran con recelo al compañero que hizo un gol en contra, porque esos verán a Dios…”.

Ni bien bajó lo inquirí con una pregunta de esas que, desde la coyuntura, estimulaban en él historias que se elevaban a la cima de los arquetipos y las alegorías sin fecha de vencimiento: “Maestro… ¿qué opina del problema que está teniendo Diego para dormir?”, dije. Sus ojos adquirieron el brillo de quien conoce las profundidades del ser o ha bebido vino de dudosa categoría: “¡Ah Diego!… Qué paradoja: el hombre que más nos hizo soñar, ahora no puede dormir…”. ¡Hermosa frase!, pensé para mí, y luego comuniqué esta emoción al maestro. “Con menos que esta frase Arjona mete un hit en los cuarenta principales” me dijo, y luego agregó “Pero si quiere hablar de jugadores y de dormir, puedo contarle una gran historia…”.

La historia nuevamente involucra a Alexander Epstein, el omnisciente científico de Villa Crespo. Epstein fue (pueden leer o releer “El tres de Turing”, en Enganche web), junto con el poeta cantor Beto Asurey, responsable de “Atlanta inclina la cancha” y del referido “El tres de…”, dos iniciativas que mezclaron en mismas dosis el amor por un club, la creatividad poético-tecnológica y cierta indudable tendencia a la picardía argenta. En este caso, esa alquimia fue, como tantas veces ocurre con los productos del ingenio humano, propiciada por una contingencia dramática: la gravísima lesión (rotura de meniscos) del paraguayo Silvino A., promesa de crack de 18 años, a fines de los años 80. Reservaremos por respeto (y para no comernos un juicio), la identidad del club en cuestión, cuya directiva contrató los servicios de Epstein por una suma de dinero difícil de rechazar. En esa década, aclaramos para los milennialls, a diferencia de lo que ocurriría años después, la rotura de meniscos significaba de modo casi inexorable el final de la carrera, así es que, luego de algunas cavilaciones y vacilaciones, estimulados por noticias que venían desde Europa citando casos de futbolistas que se recuperaban bien y en tiempos acelerados de esa lesión, se decidió congelar (criogenizar) a Silvino durante algunos días o meses hasta que se encontrara la cura eficaz de la dolencia.

Encendidos debates éticos prologaron la decisión de dormir en frío al talentoso paraguayo. Finalmente prevaleció lo que, aun discutible, parecía ser lo más razonable: sería lo mejor para el club, para el jugador, para su familia y para su carrera, que no se vería frustrada de modo tan artero y precoz. La idea, en principio, era además optimista: se suponía que de manera inminente la medicina deportiva tendría solución para esa desgracia traumatológica, y pronto lo que ahora era visto como cuestionable sería apenas una anécdota amplificada por un final feliz.

Sin embargo, los días…meses…años, pasaban y las soluciones no crecían del modo exponencial, como se esperaba ocurriera. Siempre se hablaba de que tal traumatólogo en Cuba, que tal otro en Alemania, que el Instituto de rehabilitación en Suiza…leyendas urbanas, falsas expectativas, desmesurado optimismo positivista en algo que parecía un gran sueño, tan grande como ese en el que Silvino desandaba y disolvía sus días.

El secreto, que apenas era conocido por los familiares del muchacho y algunos conspicuos hinchas y dirigentes del club, comenzaba a tomar la forma de rumor, de sospecha o de lisa y llana acusación. La bruma de excusas surtió efecto a mediano plazo, pero comenzó a tambalear con el paso de los días (meses, años). En las tribunas, agentes al servicio de que el secreto no viera la luz, comentaban en voz alta, como para instalar convicción: “Che…qué lástima que el paraguayito se tuvo que volver a Yaguarón por problemas familiares…era un fenómeno…”, “Qué fiasco Silvino, el pibito que vino de Paraguay…resultó ser un invento…”. En breve, por supuesto, la familia, que en principio vio como un breve lapso de incertidumbre que luego generaría un largo período de prosperidad la latencia de Silvino, comenzó a presionar para que el experimento concluyera. “Por favor…un poco más, ya hablamos con un fisioterapeuta holandés, experto en lesiones de rodilla…”, mentían o decían la verdad los dirigentes.

Finalmente, la solución llegó. Más tarde que lo esperado, más temprano que lo desesperado. Tres años, dicen algunos; cinco, afirman otros; algunos meses, los que minimizan el hecho. Silvino despertó de su largo sueño como si hubiese dormido una siesta. El mundo no había cambiado tanto como para que siquiera sospechara la experimentación a la que había sido sometido. La inexistencia de celulares, redes sociales y otros artificios tecnológicos al servicio de la pelotudez humana también ayudaban. Para no estimular su desasosiego se le ocultó información relevante del mundo y de su Paraguay amado, al menos hasta que sus estructuras cognitivas pudieran asimilar el hecho. Apenas si se generó un problema cuando quiso invitar a su novia a Pumper Nic, y hubo que explicarle que ese lugar no existía más (y según algunos maledicentes, que la muchacha ya no era su novia).

Algunos meses más tarde, luego de un entrenamiento diferenciado que aceleró el proceso de recuperación, el fino volante guaraní estuvo listo para el regreso. Nuevamente los decidores de rumores tribuneros se confabularon para propagar la noticia: “¿Vieron?…Vuelve Silvino…dice que extraña el club y quiere jugar acá…”, “Che…¿es verdad que un empresario puso guita para que vuelva Silvino…dicen que en Paraguay es figura…”.

El domingo del regreso, la multitud desafinaba entre un “Silvinooooo…” y un “Pa-ra-gua-yo…” que se alternaban como mantras de la devoción popular. El genio guaraní tomó la pelota, tiró un caño y salió del medio de un ejército enemigo elegante y erguido, como si saliera de tomar la comunión. “Oleeee…”, gritó la turba. Fue ese grito, seguramente, el que lo animó a volver a girar, con tanta mala suerte que el pie le quedó como pegado al piso, mientras los ligamentos de la rodilla se volvían retazos.

Esa tarde, luego de una inspección exhaustiva, un equipo de expertos decidió que, ahora sí, la carrera de Silvino A. había terminado. Esa noche, mientras tomaba unos vinos, algunos testigos aseguran que el gran Alexander Epstein les dijo: “Hay dos cosas contra las que ciencia no puede ni podrá hacer nada: la invencible muerte y la insensible suerte…”.