Pedro Luis Gómez

Correrse del abismo

El atleta tucumano de 32 años, que trabajó como cosechero y albañil de la construcción, busca un futuro mejor a partir del atletismo. "Me fui a Córdoba por una necesidad: me estaba cagando de hambre y tenía que buscarle la vuelta", dice.

Durante tres largas noches de septiembre de 2015, Pedro Luis Gómez creyó que su suerte ya estaba echada, que lo suyo en este mundo se había convertido en un espacio tan espinoso que ya no tenía casi sentido insistir. Sin quererlo, sin buscarlo se convirtió en el protagonista de una historia ajena. Una situación que, acaso, no debió transitar, pero que lo tuvo como el único personaje de una verdadera película de terror. Magullado por los golpes recibidos por la policía cordobesa, enojado consigo mismo pero sobre todo con la vida, la desilusión rápidamente empezó a convertirse en decepción. Cómo regresar de semejante sentimiento negativo, pensó con absoluta veracidad. Creía sentir ira, pero lo suyo era otra cosa. Eso que, en un principio, caviló como bronca mayúscula, con el paso de las horas, asimiló que era un gran desengaño. “No lo podía creer. Venía de sacar $300 del cajero y me llevaron como al peor delincuente, me pegaron un rodillazo en el pecho como para que entendiera quién mandaba ahí. Paré en la calle y se me puso a hablar un tipo que venía en una moto, cayó la policía y me llevó a mí solo porque al chabón nunca lo agarraron, se fue corriendo. Resulta que esa persona, que se dio a la fuga, estaba con una moto robada y quedé pegado. Apenas atiné a darle la billetera al policía que decía que yo había estado robando con el otro en la moto”,  le cuenta Pedro a Enganche, mientras hace un silencio que se convierte en una pausa eterna. “Me pegaron un par de chirlos en la nuca y me metieron adentro. Yo les decía que no tenía nada que ver, pero nunca me creyeron. Hasta tenía el ticket del cajero automático. Te juro que no estaba robando, jamás haría algo así. ¡Jamás!”, agrega el atleta tucumano de 32 años que, además de ser injustamente encarcelado, perdió el trabajo en una fábrica en la que estaba a prueba hacía apenas tres semanas.

Triste y deprimido, Pedro recibió el apoyo de un amigo que lo marcó para siempre: Luis Escudero, un ex veterano de Malvinas, el mismo que lo había cobijado a fines de 2008 cuando recién arribaba a Córdoba para “probar salir de la mala”. Un viaje que emprendió con lo poco que tenía desde Alberdi, su ciudad natal distante a 110 kilómetros al suroeste de San Miguel de Tucumán. “Me costó levantarme de eso porque yo no robé nunca. Lo que hice siempre fue laburar. Desde muy chico trabajé como cosechero del tabaco, la caña, el limón frutilla. Después laburé en un taller mecánico hasta que empecé en la construcción haciendo instalaciones de gas, agua, cloacas y electricidad. Hice de todo, laburé mucho, pero nunca robé. Luis me ayudó mucho porque estaba muy triste, caído. Me parecía una locura. Él me empujó mucho para que siguiera corriendo”, dice. Y añade: “Al otro año, en 2016, corrí el maratón de Tucumán y lo gané, fui el mejor argentino en el maratón de Buenos Aires, y en 2017 gané el maratón de Malvinas con récord de circuito”.

Pedro en la pista de Córdoba. Foto: Steff Bch x @sportraits.ph

De aquel golpe, el Tucu Gómez dice que ganó mucho más de lo que perdió. Se reinventó y, a la vez, siente que se reivindicó. “Se dieron cosas feas y duras pero creo que si hubiera seguido en esa fábrica, es muy probable que no hubiera seguido corriendo. Por eso –explica– hablo del destino, por eso creo que las cosas se van dando por algo”. Sin un rumbo determinado, Pedro volvió a trabajar en la construcción, lo mismo a lo que había ido a hacer a Córdoba para huir de una situación económica apremiante. “Siempre corrí porque había escasez de olla y gastaba la tremenda energía que tenía jugando al fútbol pero no había combustible”, recuerda.

–¿Entonces puede decirse que pasaste hambre?

–Sí, bastante, mi viejo murió cuando yo tenía 12 años y mi vieja se fue cuando yo tenía 15 años. Nos abandonó, me quedé con mi hermana mayor, Alejandra que tenía 19 años, y mis dos hermanos más chicos que tenían 7 y 8 años (Ángel y Verónica). Nos quedamos a cargo de todo. Había mucho contacto con la parentela pero en la casa nos quedamos solos. Somos seis hermanos, dos de mis hermanas ya se habían ido. Se comía cuando se podía. Estaba harto de comer fideos hervidos con un poco de sal. El mate cocido solo, muchas veces ocupaba el lugar del almuerzo, de la merienda y la cena. La pasamos feo, pero nos acostumbramos a vivir así.

–¿Cómo era laburar en la cosecha siendo tan pibe?

–No quedaba otra, necesitábamos el mango. En la cosecha, aprovechaba para comer de ahí: se comía mandarina, se chupaba caña. Se trataba de llevar algo, un sándwich o algo porque no podías estar de sol a sol sin nada. Era un sándwich de mortadela y seguías todo el día. En el campo no te dan nada, o te llevabas vos la comida o no comías nada. Cuando cosechábamos te tenías que llevar para comer y para tomar. Si te quedabas sin agua, o chupabas caña o te volvías a tu casa. Nadie de te da nada. Era así, y a la bosta.

–Ahora que sos un poco más conocido, que tu historia se está visibilizando, ¿tu vieja se acercó?

–No volvimos a tener relación. Sé que tiene vínculo con dos de mis hermanas, pero yo no la veo hace 5 años. Nunca le pregunté por qué. Lo que pasó ya está. No le guardo rencor, es una persona más. No me va ni ve viene, lo que hizo ella sabrá por qué lo hizo. Yo no lo haría, a un hijo no se lo deja. No me afectó. A veces pienso que gracias a eso o por eso, ahora estoy donde estoy y soy quién soy. Tampoco es cuestión de buscarle una explicación que no me interesa. Si ella se hubiera quedado, tal vez, nunca me hubiese ido a Córdoba y no hubiese corrido. Yo me fui a Córdoba por una necesidad: me estaba cagando de hambre y tenía que buscarle la vuelta. Es cosa del destino.

Maratón de Buenos Aires 2017. Foto: Disparadores Seriales.

Hoy, el Tucu Gómez exuda optimismo y para los que lo rodean, los que lo conocen de verdad en la intimidad, se convirtió en una fuente de inspiración y superación. Por eso afirma que no duda del destino ni pretende cambiarlo. “Es lo que a uno le toca y no queda otra que enfrentarlo. La vida es demasiado linda para amargarse de manera permanente. Entiendo que hay situaciones que te ponen mal, que te molestan, que te duelen, que te lastiman. Pero enfrentarlas es parte de querer crecer. Escaparse o esconderse te vuelve siempre al mismo lugar y así no avanzás”, señala. “Hoy, a partir de una beca que me dio la Municipalidad de Córdoba, estoy laburando en uno de los Parques Educativos de Córdoba que se arman en los barrios más pobres de la ciudad. En la semana estoy como administrativo y ahora pusimos una escuelita de atletismo. Eso, sumado al grupo de entrenamiento que tengo y las carreras me ayudan a estar mejor, a estar al día pero mucho mejor que antes”.

Próximo a competir en el Maratón de Buenos Aires como representante del equipo nacional, Gómez de lo único que se arrepiente es de no haber conocido antes el atletismo. “Desde los 16 años que estoy solo, tuve muchas oportunidades de hacer cosas malas y no lo hice porque no me interesa ir por ese lado. Es una elección de vida, como ahora correr lo que resta de mi vida”.