Europa

Racismo y xenofobia, al acecho

No se trata de hechos aislados. Todo lo contrario. Los casos se suceden mientras las autoridades evidencian acciones tan laxas como estériles.

Moussa Marega dijo basta. El volante malíense de Porto, cansado de los insultos racistas que provenían de los hinchas de Vitoria Guimaraes, se hartó de esa situación y a la vez que pedía la sustitución abandonaba el campo repudiando al público. El problema es que Marega fue el único que dijo basta. Sus compañeros le pedían que siguiera en el campo de juego, como si el espectáculo debiese continuar a pesar de todo. El árbitro, incluso, lo amonestó por su actitud. Y luego, su club sacó un tenue comunicado y no ofreció una reacción que satisficiera tamaño acto de arrojo contra el sistema. Unos meses antes, el futbolista de Chelsea Antonio Rüdiger también amenazó con abandonar el campo de juego cuando expresó que los aficionados del Tottenham Hotspur le hacían gestos de mono mientras realizaban el saludo nazi. Hubo mucho revuelo, pero pocos hechos posteriores. Un partido entre dos de los equipos más importantes de la liga con mayor exposición del mundo debía atravesar un episodio de racismo. La misma liga que se ufana de haber eliminado a los hooligans de sus canchas y de haber “devuelto el fútbol a las familias”. Estos hechos no son hechos aislados, claro, sino que se inscriben con letras de molde en el largo derrotero que ofrece el racismo en el fútbol europeo. Y en ellos confluyen varios factores, como una problemática que excede al fútbol y parece estar enraizada en buena parte de la sociedad, la hipocresía de muchos de los actores, desde futbolistas hasta dirigentes, que no saben o no quieren saber cómo lidiar con este tema, y la ineficaz acción de las federaciones ante un fenómeno que cada vez está más presente en las seguras y modernas gradas europeas.

En verdad, el racismo puede ser incluido en un tópico más global en la problemática habitual del fútbol: la discriminación. Ya sea por raza, grupo étnico, religión, país de origen, o casi cualquier ítem que permita diferenciar personas, los futbolistas todo el tiempo son asediados por distintos actos discriminatorios. No se reduce esto a expresiones xenófobas o racistas de aficionados, sino que muchas veces estas expresiones encuentran eco entre los propios fans, o incluso futbolistas, cuerpos técnicos o dirigentes del mismo equipo. Tampoco es un fenómeno que se limite a un determinado lugar o continente. Es más bien un fenómeno global.

Sin embargo, el caso del fútbol europeo es paradigmático, pues su importancia es categórica y tiene matices que merecen ser expuestos. En este contexto, el futbolista africano o latino se encuentra en una situación de extrema vulnerabilidad en muchos casos. En primer lugar, porque la discriminación racial es quizás la forma más extendida y global de segregación en el fútbol, con un especial y lamentable énfasis en los futbolistas de raza negra. Pero también porque muchos futbolistas son pasibles de ser discriminados también por otras cuestiones además de su raza.

Tal fue el caso de Ali Mohamed, un futbolista de Níger con un extenso recorrido en el fútbol de Israel, país afiliado a la UEFA y que es un estado asociado de la Unión Europea. A su llegada al Beitar Jerusalem, uno de los equipos más tradicionales, un sector de la hinchada vinculada a la ultraderecha autodenominado “La Familia”, se opuso a su arribo desde un primer momento. Desde cantos racistas durante los entrenamientos y los partidos, hasta petitorios formales para que le cambiaran su nombre por ser “demasiado árabe”. En suma, este grupo no podía tolerar que un futbolista negro y musulmán formara parte de su equipo. Siempre se jactaron en el pasado de que Beitar se formaba con jugadores “puros” y ya habían protagonizado incidentes frente a otras contrataciones, como la de dos futbolistas de origen checheno. Irónicamente, Ali no profesa el islamismo, sino que es cristiano, pero eso no parecía detener los abusos. Fue Moshe Hogeg, el nuevo dueño del club, quien decidió ponerse al frente de la defensa del jugador. Hogeg demandó individualmente a cada hincha que podía individualizar ejerciendo un acto de discriminación, no sólo por daños al jugador, sino por daños a la imagen del club. El juicio, en caso de consumarse, sería por montos exorbitantes. A esta acción le sumó una campaña de concientización, que según él, fue suficiente para detener los abusos y lograr que Ali se integrase perfectamente en el club. Aún así, la cuestión está lejos de estar saldada, y abre uno de los temas más espinosos que tiene la UEFA entre manos: el factor ideológico de muchos de los ultras.

No es casual que a medida que Europa coquetea cada vez más con el neofascismo, la discriminación racial y la xenofobia aumenten. El vínculo entre el resurgimiento de los movimientos de ultraderecha y el auge de la discriminación racial en el fútbol europeo fue estudiado desde diversas perspectivas dentro de las Ciencias Sociales. Quizás el caso más emblemático es el de Italia, donde casi fecha tras fechas se suceden episodios de discriminación racial en los estadios. El caso más resonante, por el jugador en sí y por su cercanía temporal, fue el de Romelu Lukaku, jugador de Internazionale. En un encuentro entre su equipo y Cagliari, los ultras rivales durante gran parte del partido tuvieron una especial saña con él. La reacción posterior de Lukaku, declarando que el racismo en el fútbol italiano debía ser tratado, despertó polémica. Fue rechazada incluso por los ultras de su propio equipo, quienes en un comunicado en Facebook expresaron, entre otras cosas, que en Italia no hay un problema real de racismo y que esos cantos que a él le molestan son en realidad una forma que tienen los hinchas de ejercer presión ante los rivales. Más allá de la triste anécdota, lo cierto es que el racismo entre los ultras en Italia es un tema de larga data y que excede claramente a la cuestión racial, ya que hay también odios regionales que se filtran a la hora de entender estos fenómenos. En Italia, los ultras encuentran en la extrema derecha un refugio ideológico que surge de la exclusión social a la que ellos creen que son sometidos. Así lo entiende Tobias Jones, un periodista que se dedicó a estudiar este fenómeno en ese país y que culminó su trabajo con el libro Ultras, publicado el año pasado. Para mostrar el grado de relación que hay entre los ultras y los partidos de derecha, relata la anécdota de una fiesta de final de temporada de los ultras de Hellas Verona, donde se encontraban en ella miembros del partido de extrema derecha Fuorza Nova, que los arengaban con canciones que exaltaban a Hitler. En este contexto, es admirable el trabajo que está intentando realizar el futbolista senegalés de Nápoli, Kalidou Koulibaly, quien tras ser objeto de cantos racistas en su contra durante varios partidos, decidió ponerse al frente de esta lucha para intentar al menos morigerar la situación.

PHILADELPHIA, PA – APRIL 30: Protestors march over the death of Freddy Gray on April 30, 2015 in Philadelphia, Pennsylvania. Freddie Gray, 25, was arrested for possessing a switch blade knife April 12 outside the Gilmor Houses housing project on Baltimore’s west side. According to his attorney, Gray died a week later in the hospital from a severe spinal cord injury he received while in police custody. Mark Makela/Getty Images/AFP

Esta situación se agrava a medida que nos desplazamos hacia el este europeo. En este contexto, se dan dos fenómenos que se retroalimentan entre sí. En primer lugar, las ligas en esa zona atraen menos espectadores a los estadios, dejando a los ultras un mayor rango de acción y “representación” dentro de las tribunas. Por otro lado, los ultras están más radicalizados y organizados. Por ello, ocasionan mayores hechos de violencia que deriva en que el público se aleje de los estadios. En Serbia, por ejemplo, los dos equipos más importantes del país, Estrella Roja (Crvena Zvezda) y Partizan, tienen fuertes expresiones de derecha entre sus ultras, aunque no se limite solo a estos clubes. Durante un partido entre Partizan y FK Rad, cuando el futbolista brasilero Everton Luiz ingresaba al campo de juego los ultras del Rad comenzaron a hacer sonidos de mono y entonar cantos racistas hacia él. El futbolista no pudo soportar eso y se quebró en llanto, volviéndose un tema de conversación nacional por lo fuerte de las imágenes. En Serbia los cantos racistas no son solo contra futbolistas africanos o latinos, sino también contra otros futbolistas de la región de los Balcanes. Esto ha llevado a la UEFA a repetir las sanciones de rigor ante estos casos, como la de disputar partidos a puertas cerradas o la de multas que apenas ofrecen algún problema económico a las federaciones.

Con una sanción tan tenue por parte de la federación continental, uno podría esperar un curso de acción por parte de las autoridades locales. Sin embargo eso no sucedió. Incluso, recientemente, el técnico del Partizan, el histórico Savo Milosevic, dijo que en Serbia no había problemas de racismo y que era una cuestión exagerada por la prensa, tras conocerse la suspensión por dos fechas de la localía para su equipo por cantos racistas en encuentros anteriores. Fenómenos similares se pueden observar en países como Polonia, Bulgaria, Albania o Grecia entre otros. Los hechos se suceden y se niega el trasfondo que los origina, intentando pasar esta cuestión como simple folclore o excesos de una pasión desbocada.

Sin embargo, reducir la problemática del racismo a los ultras radicalizados sería un grosero error de análisis. Bastan algunos datos para entender mejor el panorama. En Francia, una encuesta realizada por la ONG que combate el racismo llamada Licra reportó al menos 75 casos de discriminación entre 300 futbolistas encuestados en el fútbol amateur del país, en especial con los futbolistas de origen africano o árabe. Y los casos no solo se limitaban a los ocasionales espectadores, de los que en muchos casos no podríamos decir que son ultras radicalizados, sino también a otros futbolistas, incluso del mismo equipo, o los árbitros. En Holanda, una sociedad en la que no solemos pensar cuando se debaten estas cuestiones, el racismo también está presente. Un estudio realizado en 2007 por los sociólogos Floris Müller y Liesbet van Zoonen, determinó que el racismo estaba fuertemente enraizado no solo entre los hinchas de los clubes, sino también entre los futbolistas. A modo de ejemplo, un futbolista negro de primera división contó que un compañero le dijo una vez, en referencia a un jugador de origen surinamés del rival antes de un partido, que “había que romperle la pierna a ese negro de mierda”. Lo que le sorprendía al futbolista entrevistado de manera anónima no era sólo la acusación racial, sino que se la comenten a él como si no fuese a sentirse ofendido por la misma. “Si él realiza esos comentarios sobre otros futbolistas de color, estoy seguro que hace los mismos comentarios sobre mí cuando no estoy”, agregó. No obstante, uno de los aspectos más interesantes del estudio mostraba cómo varios futbolistas  también hinchas, tanto en aquellos que discriminan, como aquellos que sufren la discriminación, operaban una especie de lógica oculta para “separar” los distintos actos. Es decir, diferenciaban entre alguien racista (generalmente asociado a los ultras radicalizados de algún club), y alguien que ocasionalmente podía tener algún comentario racista, pero que, creían ellos, no lo eran realmente. La conclusión que mostraban era que el racismo estaba mucho más arraigado en la sociedad de lo que ellos creían, incluso a pesar de que Amsterdam se considera una de las ciudades más abiertas de Europa.

Otro elemento más que suma a la hipótesis de que el racismo en el fútbol europeo es un fenómeno generalizado, se da en las fechas FIFA, donde en diversos encuentros la cuestión racial se ha vuelto un tópico frecuente. Esto se da también en el marco de una mayor apertura de las selecciones a nacionalizar futbolistas de origen africano, árabe o americano para que representen a esas naciones. En los estadios, este fenómeno parece estar recrudeciendo con el tiempo. En la última fecha FIFA de 2019, el futbolista Alexander Isak, que representa a Suecia pero tiene origen eritreo, sufrió cantos racistas en su contra durante el encuentro ante Rumania disputado en Budapest. Algo similar sucedió en la victoria aplastante de la selección inglesa ante Bulgaria por 6 a 0 en Sofía, donde el público local tuvo un encono particular con Raheem Sterling. El encuentro incluyó saludos nazis y varias detenciones momentáneas del partido por estos cantos. Pero no solamente es el público rival el que discrimina. También, en muchos casos, el racismo surge de los propios hinchas del club o de la selección nacional. Es conocido el repudio que generó entre cierto público italiano la convocatoria a la selección azurra de Mario Balotelli, futbolista de origen ghanés. O mientras el mundo celebraba la nueva generación suiza, que era realmente una diáspora multicultural, con futbolistas de origen español, kosovar, africano, y un largo etcétera, muchos movimientos políticos nacionalistas locales criticaban justamente como esto alejaba a su selección de una “pureza” que se estaría quebrando. Sería ingenuo pensar que todos estos actos son perpetuados por ultras de extrema derecha. Hay también un público cautivo que se aprovecha del fértil escenario que suele proveer el fútbol para desatar aquellos prejuicios que mantienen ocultos durante el resto de sus días.

Ante esta situación, las respuestas institucionales suelen ser marginales o simbólicas en el mejor de los casos. La UEFA les exige a los clubes que tomen medidas contra el racismo para proveerle las licencias que les permiten participar en sus competiciones. Llegado el caso, como expusimos al inicio, se labran multas y se prohíbe el público local por algunas fechas. Las federaciones brindan algunos seminarios sobre racismo apuntados a los clubes, pero no parecen pasar de un mero acto institucional. Luego, los clubes quedan liberados de tomar (o no) las medidas que crean pertinentes, ya que el control que ejerce la UEFA en este aspecto es más bien pobre. Dado que en Europa es muy común que algunos clubes representen cierta comunidad, grupo ideológico o sector social, también en muchos casos, esos mismos presidentes o dueños tienen vínculos ideológicos o políticos con sus ultras o buena parte de la hinchada, agravando el problema. Y para cerrar el círculo, la problemática se hace notar también en la poca diversidad de representación en las esferas de decisión, tanto a nivel continental como nacional. En su mayoría, son hombres blancos los que intentan entender y actuar sobre un fenómeno que excede al fútbol y que lleva inscripto dentro de sí una forma de entender a la otredad que está sedimentada por cientos de años de construcciones simbólicas. No es la causa principal del problema, ni una barrera para una eventual solución si tal existe, pero es un agravante que debe ser tenido en cuenta y que incluso afecta el desarrollo de otras áreas como el fútbol femenino. Eso explica también la indignación que causó en buena parte del público que se haya reaccionado de manera más dura ante los insultos que los hinchas de Rayo Vallecano le propinaron a su nuevo fichaje, el ucraniano Roman Zozulya, por asociarlo con los movimientos neonazis en su país, que estos hechos de racismo que parecen ser moneda cotidiana y para los cuales ni siquiera existe un protocolo de actuación durante los partidos.

Es entonces en este contexto, ue quienes están llevando a cabo la lucha contra la discriminación son los mismos futbolistas que la sufren. Los mensajes en las redes sociales, las actitudes en los estadios como las de Marega, y los dichos ante la prensa, son un intento por visibilizar esta problemática. Por ahora, parecen ser más reacciones esporádicas y poco coordinadas que un movimiento organizado que pretenda apuntalar la situación actual. Pero conforme estos hechos se sigan sucediendo, no sería extraño que comience a gestarse algún tipo de asociación más movilizada con figuras de renombre internacional a la cabeza. Es, por ejemplo, lo que propone el ex futbolista Liliam Thuram, que desde su retiro ha enfocado sus energías en esta lucha bajo su fundación “Educar contra el Racismo”. El ex mundialista dijo recientemente en una entrevista: “La neutralidad sobre estas cuestiones no existe. En el momento en que eres neutral ante el racismo, el sexismo o la homofobia, quiere decir que lo respaldas. Respaldas las injusticias. Yo invito a los jugadores, aunque no sólo a ellos, a salir de esa neutralidad, hay que denunciarlo para intentar avanzar de la manera más inteligente”.

El tiempo dirá si los futbolistas lo escucharon.