Jennifer Dahlgren

Reencuentro y sanación

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A los 35 años transita los últimos meses como atleta de alto rendimiento y busca despedirse en Tokio 2020 para cerrar su carrera con cinco participaciones olímpicas consecutivas. "Es muy difícil en la adolescencia amarte en un mundo que no te ama", afirma.

Relajada. Serena. Tranquila. Así aguarda Jennifer Dahlgren. Tan solo con una exigencia para conversar con Enganche: debe darse en medio de una ronda de mates. Para ella, los verdes, sirven para amenizar y unir a las personas. Como si fuera un símbolo de unidad y paridad, explica en detalle, esta bebida espirituosa ablanda hasta las almas más hoscas. “Llevo 21 años así, exigiendo al límite el cuerpo y después de los 30 ya no te responde igual. Por eso, la decisión de ir cerrando mi carrera con los Juegos de Tokio y la Copa de Clubes para despedirme de Quirón, mi club, en el mes de septiembre [de 2020]”, lanza como si estuviera en ese círculo de 2,15 metros de diámetro. El mismo que, por muchos años, se convirtió en un receptáculo en el que doctor Jekyll y el señor Hyde la tenían atrapada en una telaraña deportiva y emocional.

“Pasé momentos muy complejos. Por ejemplo, 2016 fue un año de mucho estrés porque era la vuelta a un Juego Olímpico después de lo que me pasó en Londres. Tenía una presión interna muy grande de querer una revancha y de mostrarme y demostrarme. Y, en definitiva, me estaba agregando una presión extra sin sentido. Después de Río de Janeiro me siguió costando entrar suelta a los torneos. Lo de Londres me marcó tanto que me fijó en esa perspectiva y no podía de salir, no podía correrme de ese dolor, de ese momento perdido. Llegó como a ser parte de mi nueva identidad: la Jenny que no competía bien”. La frase es contundente y permite comprender el universo de Dahlgren.

–Te referís a una palabra de cuatro letras: nulo…

–Sí, a los nulos.

–¿Cuánto te afectó?

–Creo que para analizar eso hay que dar un paso hacia atrás. Ir al Mundial de 2011 cuando pasé a la final y eso quedó como un hecho histórico. Acceder a esa final fue un momento histórico, increíble, pero también pasaron cosas. Arrancó una montaña rusa de otra exposición y de expectativas que yo no estaba preparada para manejarlo. En el momento creés que sí estás preparada. Tratás de acomodarte a todo el mundo porque no quería quedar como una agrandada y le decía que sí a todos. Y no paraba. Llegó marzo de 2012 y yo ya no quería hablar más de los Juegos Olímpicos. Imagínate cómo llegué a agosto. En Londres pasó lo que tenía que pasar.

Fotos de Carlos Sarraf

–¿Qué le diría la Jenny de hoy a la de 2012?

–Le diría que empezara con un trabajo psicológico. En ese momento no trabajaba con eso y Marcelo [Pugliese], mi entrenador me anticipó que todo eso era mucho. Y yo le decía que sí podía, no me daba cuenta el nivel de angustia que me estaba generando y montándome con una expectativa enorme. En la previa era la gran expectativa y el primero que empezó a competir fue Germán [Lauro] que no solo pasa a la final sino que queda sexto. Y en mi cabeza, con tanta presión, me preguntaba si yo era la esperanza y Germán había quedado sexto, qué tenía que hacer: ¿ganar una medalla? Todo se me había ido de las manos y entré a competir muy mal. En la previa estaba histérica, no podía procesar nada de lo que me estaba pasando. Hoy puedo contar todas las partes que se sumaron para provocarme esa angustia, esa presión: la exposición, los sponsors, la gente que me saludaba, me pedía una foto y me decía “vamos campeona”.

–Dejaste de ser invisible…

–Sí, y lanzando el martillo. Venía armada desde un deporte en el que no hay nada mediático. De repente la gente sabía que existía el lanzamiento de martillo y que yo existía. En ese momento la exposición fue tan grande que me superó. Me acuerdo que vino al país un amiga canadiense que lanza el martillo y no podía creerlo que la gente me reconociera, me pidiera una foto. Le pasó lo mismo a Betty Heidler, campeona del mundo. Pasa que, en general, el argentino es muy exitista.

–Gabriela Sabatini contó que vivía en Suiza una buena parte del año porque sentía que allá era anónima. Y no lo decía porque le molestara el contacto con las gente, sino que quiere sentirse así: anónima…

–Me pasa con los hombres. Siento que ven en mí su lado cholulo. Ven la Jenny que va a los eventos, que la llaman los medios. Siento que no me ven a mí.

–¿No ven a la mujer? ¿Cómo es eso?

–Sí, no ven todo lo otro que yo soy por fuera del deporte. Y es difícil porque es complicado uno mismo no construirse sobre esas cosas. Pero gracias a lo que me pasó en Londres hoy pude visibilizar esas cuestiones. Durante la adolescencia, cuando sufrí bullyng, sentía que no tenía de dónde agarrarme, o de dónde construirme como persona. Y fue justo la época en la que empecé a lanzar el martillo y ahí me fue bien. Y empecé a construir mi autoestima en base a los buenos resultados: fui cuarta en un mundial de menores, quinta en un mundial de juveniles, campeona panamericana juvenil. Siempre en ascenso hasta 2011 que mi autoestima me indicaba “yo soy Jenny, la olímpica”. Y después de Londres todo eso se cayó. Hoy lo entiendo mucho mejor, lo tengo mucho más claro porque se dio ese mal resultado. Fue por todo eso que no trabajé, por esa previa que me sobrepasó.

–Pero eso que explotó en Londres siguió y se mantuvo en Río donde tampoco te fue bien…

–Diría que todo ese proceso fue hasta 2018. Porque Londres 2012 fue el primero de seis años en los que yo entraba como boicoteada porque entrenaba muy bien y en la competencia hacía todas las cagadas posibles como para salir segunda. Lo de Londres formaba parte de mi identidad competitiva. Era Jenny la que no le daba la cabeza para competir. Y me aferré a ese lado negativo y no podía salir de esa racha mental. Recién el año pasado pude dejarlo. Incluso, cuando empieza el año me rompo el menisco y a los 10 días ya estaba lanzando. Toda esa incertidumbre la tuve en el inicio de los Juegos Odesur (en Cochabamba, Bolivia), donde tuve una entrada en calor pésima pero después, tiro a tiro, me fui acomodando y terminó siendo un mano a mano con la venezolana [Rosa Rodríguez] y terminé ganando en el último tiro por 5 centímetros. Me fue tan bien mentalmente que ahí hice el click que tanto necesitaba para soltar lo de Londres, las expectativas, lo de Río. En definitiva, soltar el querer controlar el resultado porque pretender eso es imposible.

–Esos Juegos Odesur, ¿fueron como reencontrarte con la Jenny amateur, con la nena que empezaba a jugar con el martillo?

–Totalmente.

–¿Y qué encontraste?

–El disfrutar. En el momento no me daba cuenta que no estaba disfrutando. Yo creía que sí. ¡Y no! La venía pasando mal. La vuelta de página en este cambio de paradigma fue el año pasado cuando sentí que ese último tiro liberó mis fantasmas. Terminé de callar lo que decían de mí, pero callé a mi voz interior que dudaba de mí. Solté todo, solté a esa Jenny que construí en base a los buenos resultados. Me fui dando cuenta que ganar es muy lindo pero como persona sé que soy autosuficiente más allá de un resultado.

–¿Cómo fue para esa Jenny supuestamente todopoderosa bajar y pedir ayuda?

–Fue difícil porque pareciera que el deportista no puede hablar de las presiones, de sentirse mal. Y hoy vivimos un momento de liberación real. Podemos hablar de ir a un psicólogo, de las inseguridades, del cuerpo. Todo está mucho más abierto. En esa terapia me fui deconstruyendo. Fui viendo y aceptando todas las partes de mi cuerpo. Porque no nacemos inseguros sino que son cosas que vamos aprendiendo, de diferentes actitudes, recuerdos de nuestra infancia, de diferentes momentos de la vida que se van transformando en una enorme bola de angustia y eso se trasluce en inseguridad.

–En todo esto de la inseguridad, te transformaste en una militante por la ley de talles y todo surgió desde un posteo en redes sociales.

–Es que se trata de una guerrilla psicológica que nos hacen todo el tiempo las marcas que cambian los talles de la ropa. Tengo una amiga que es súper normal y usaba talle 34 y de repente se fue a comprar un jean y le daban 38 y no era porque había engordado. Lo habían cambiado arbitrariamente. Se piensa que ser flaco es ser feliz y no es así. Y no podemos estigmatizar al otro. Hay un trabajo mayor que es superador incluso de la ley de talles: no juzgar al otro, aceptar al otro. Hay que abrir los ojos y ver que la belleza es algo distinto a ser flaco. Tenemos que aceptar ser imperfectos.

–¿Llegaste a odiarte físicamente?

–Todo el tiempo. Es un paradigma interesante: elegí una profesión basada en mi cuerpo y yo por muchos años odié mi cuerpo porque no era como mis compañeras de colegio, no era como lo muestran los medios, lo odié porque no podía conseguir ropa. Ahí es donde encontré el lanzamiento de martillo y decía que si bien mi cuerpo era horrible pero, por lo menos, me permitía destacarme en esto.

–Entonces, el martillo se terminó convirtiendo en un refugio que, en definitiva, terminó tapando y convirtiéndose en una olla a presión porque fuiste escondiendo sensaciones, percepciones propias y ajenas. Pero cuando Jenny dejaba el martillo…

–Pasa que para mí el martillo era una curita sobre mi autoestima que me permitía destacarme en eso. Y, producto de esos buenos resultados, empecé a perdonar a mi cuerpo por ser como era. Pasaron muchos años hasta que me di cuenta que no había nada por perdonar. Fue un proceso muy largo, de muchos años. Hasta hace unos años si un hombre me decía que era linda sentía que me estaba tomando el pelo. Me repetía “yo no puedo ser linda, yo soy grandota”. Así, el lado mío femenino estuvo tan castigado por mucho tiempo. Y yo sumé también algo de autobullying de pensar siempre lo peor de mí. Fui creyendo y potenciando lo que me pasaba. Durante mucho tiempo no dije nada del bullying porque creía que me lo merecía porque era grandota y tenían razón y yo merecía eso. Si bien el bullying empezó en la adolescencia, a los 15 años, tengo recuerdos de la infancia de no querer sacarme la remera de encima de la malla porque me daba vergüenza. O de ciertas situaciones con mis viejos que ellos dijeron cosas sobre mi sobrepeso. Y de chico no entendés. Me decían gorda todo el tiempo, me medían la espalda con una regla y un día entré del recreo y habían dibujado una heladera de dos puertas con brazos y cabeza y todos se reían. En educación física iba y ganaba los 100 metros y no decían qué rápida es Jenny, sino qué rápida que es la gorda. Es muy difícil en la adolescencia amarte en un mundo que no te ama.

–¿Hoy te amás?

–Sí, hoy me encanto. Yo sentía que no era linda. Y me pasó escuchar preguntas del tipo qué se siente ser mujer en una prueba masculina. ¿Y quién dice que el lanzamiento de martillo es masculino? Hoy estamos viviendo una época nueva en la que fui redescubriendo mi femenidad. Y hoy me veo linda porque todo ese lado estaba tapado, castigado. Me adueñé de mi femenidad. Hoy me siento plena y feliz. No es que estoy curada de mis inseguridades, pero hoy las trabajo de otra forma, de manera consciente, desde otra perspectiva.

–¿Qué responsabilidad te gusta más hoy: aquella deportiva en la que casi te obligabas a tener un buen resultado o esta de ser la abanderada de tantas voces sin voz?

–No quiero decir que lo deportivo haya pasado a un segundo plano. Pero, desde el año pasado, tuve un cambio muy grande en mi paradigma. Hoy me doy cuenta que no me defino por los resultados, como tampoco me defino por ser una mujer XL.

–¿Te amigaste con vos misma?

–Sí, absolutamente. Antes no usaba tacos porque quería pasar desapercibida. Y hoy me encanta ponerme tacos robarme las miradas. Toda mi vida lo odié. Tengo una risa espástica, muy contagiosa y hoy no me importa. Es un proceso de crecimiento. También hubo un antes y un después con las fotos semidesnuda en 2015 para Espn. Lo hicimos con Paula Pareto, Laura Ábalo, Germán Chiaraviglio y Fede Molinari. Fue la primera edición. Todos tienen los abdominales marcados y yo. Me llamaron y primero les dije que no. Pero lo pensé como una oportunidad de empezar a dar vuelta la página, de dejar atrás ese ancla emocional.

–¿Te volviste a encontrar con alguien que te haya hecho bullying?

–Cuando me decidí a hablar nunca tuve respuesta. Pero este año me llegó un mail de un compañero pidiéndome perdón, disculpándose porque me dijo no se daban cuenta.

–¿Cuál fue tu primera respuesta? ¿Lo mandaste a la mierda?

–No, dije “guau, tardaste un poquito”. Mi actitud fue positiva porque no debe haber sido un mail fácil de enviar. Mi vida no dependía de que él me pidiera perdón para iniciar el proceso de sanación.