Renato Civelli

Las suelas gastadas y los croissants recién horneados

Descartó la posibilidad de jugar en Boca y la chance de afrontar la definción de la Copa Libertadores con Estudiantes; a los 36 años el zaguero de Banfield se aleja de fútbol y se acerca a los sabores que conoció en Francia.

El puerto mediterráneo de Marsella, la Costa Azul de Niza y los mercados de Lille trazaron la hoja de ruta de fútbol y sabores. Los años en Francia no resultaron solamente de estadios, vestuarios y botines para Renato Civelli, sino que lo introdujeron también en la cultura de ese país. Y la gastronomía se reveló como uno de los descubrimientos. El gusto tenía también perspectiva comercial. “Disfrutaba ese rato de sentarme en las panaderías y pastelerías y ya en ese tiempo, hace casi 15 años, consideraba que un concepto de negocios con ese estilo podía funcionar bien en Buenos Aires”. Así, con su hermano Luciano trajo al país una franquicia francesa, Gontran Cherrier, que tiene seis locales en París y se extendió sobre todo por Asia. “Muy metido en el tema de la administración”, como enfatiza, el primer local se inauguró en la Plaza Armenia y el segundo se instaló en el Mercado del Carruaje en un proyecto que prevé la apertura de diez sucursales en los próximos cinco años.

Las concentraciones, las pretemporadas y el tiempo lejos de su casa tomaron un peso que antes no tenían, por eso le cuesta encontrar el tiempo adecuado para hablar de su versión como jugador; no sabe si es solo pasado, si tiene presente y si habrá futuro. “Por mi manera de ser, no puedo hacer las cosas a la mitad y hay aspectos que generan un desgaste que ya me cuestan más. Estoy casi seguro de que me retiro. No lo puedo asegurar en este contexto, pero tengo la decisión muy madurada. Para seguir tendría que encontrar algo que me renueve las ganas y creo que no hay nada. Disfruté estos 17 años de carrera en el fútbol profesional al cien por ciento y como me dejó de pasar eso, considero que ya está, que es una etapa que termina”, le cuenta a Enganche.

“Me quería retirar en Banfield, que es mi casa, y jugando”, explica. La última vez que se cambió para un partido fue el 13 de marzo, cuando por la primera fecha de la Copa de la Superliga el Taladro empató con Gimnasia. Pero esa tarde en el Bosque se quedó sentado en el banco de suplentes. “Me enojé cuando este año no jugué. En noviembre del año pasado había hablado con Julio (Falcioni) para decirle que si ya no me iba a necesitar en el equipo estaba para largar. Me dijo que no, que me quería. Y en los últimos partidos me tocó ir al banco, cuando me podría haber retirado el año pasado como pretendía. Ahí es cuando pienso: ¿por qué no sigo un poco más y muestro y demuestro que estaba para jugar? ¿no me estaré equivocando? Pero las cosas muchas veces no salen como uno quiere y hay que aceptarlo”.

La presencia que intimida, con una contextura física imponente y un semblante de seriedad pétrea, desmiente al tipo amable y abierto que matiza el enojo: “Estoy muy agradecido con Julio, porque es el técnico que me hizo debutar. Más allá de lo que pude sentir por no jugar. Cuando era un pibe me vino a buscar a las inferiores y me hizo jugar en primera. Ahora consideró que había un compañero que estaba mejor, como hace 17 años pensó que yo era el mejor que tenía para esa posición. En el fútbol y en la vida hay que agradecer. So soy una persona agradecida. Pero no hay que quitarse mérito, porque en el fútbol nadie te regala nada. Si Julio me hizo debutar fue porque tenía las condiciones, no porque me hizo un favor; si hubiese sido por un favor, también ahora me hubiese puesto”.

–¿En el fútbol profesional te encontraste algo muy distinto a lo que imaginabas de pibe?

–Nunca soñé con ser futbolista porque era algo que veía muy lejano. No soy sentimental y capaz en mi carrera me faltó ser un soñador, porque cuando soñás cosas imposibles a veces se cumplen. Tal vez me faltó un poco de ambición. Pero siento que logré más de lo que imaginaba al principio de todo esto, que ahora se termina. Valoro mucho haber jugado tanto tiempo y en equipos importantes. De chico el fútbol se te presenta como un juego en el que hacés goles y festejás, pero hay aspectos que no son los mejores cuando se transforma en una profesión y que el espectador no los ve, y es normal que pase eso.

–¿Es más sacrificado el fútbol juvenil o el profesional?

–Dejás cosas de costado en los dos casos, pero yo creo que más cuando el fútbol se convierte en tu trabajo. Yo viajaba una hora cuarenta de ida y una hora cuarenta de vuelta en el 188 para ir a Luis Guillón y lo hacía chocho de la vida. En inferiores nunca sentí presión, ni ninguna otra cosa que no fuese alegría. Después viene el tema de la exposición, de vivir en otros países, de no estar en un nacimiento como me pasó con una de mis hijas.

–¿Cuáles son los delanteros rivales que enfrentaste que más recordás?

–Me tocó en los primeros años de mi carrera tener enfrene a jugadores a los que veía de chico, algo que es fuerte. Cuando estaba en Marsella se había dicho en un mercado de pases que iba a venir Pablo Aimar y yo de chico tenía un póster suyo de El Gráfico en la puerta de mi habitación. Tuve que marcar a Ibrahimovic, a Drogba, a Cavani, a Pauleta… pero de todos los que enfrenté el mejor me pareció Eden Hazard; una jugador con una técnica y una habilidad tremendas.

–Y, ¿cómo imaginás ese después del fútbol?

–Me siento preparado para el retiro. Me volví del fútbol europeo cuando quise y no cuando el fútbol europeo quiso y también me quiero retirar cuando yo quiera y no cuando no pueda más. Me quiero despedir estando bien y el momento es este. No me interesa ser técnico a pesar de que inicié el curso primero en Francia y después acá, en la escuela de Menotti.

–¿Hay algo de miedo al olvido?

–Yo sé que si dejo de jugar y me desvinculo del fútbol, en cinco años nadie se va a acordar de mí ni va a saber quién soy. Y hablo del ambiente, porque a mí por la calle me conoce el futbolero nada más. Siempre tuve los pies muy sobre la tierra. Estuve tres años y medio en el Niza, un club con el que había una gran identificación, y en el último partido, de local, sabiendo que me iba, terminó y me fui al vestuario como en cualquier otro partido. Ser así me permite creer que no voy a extrañar esas cuestiones vinculadas con el reconocimiento.

Estefanía dio a luz a Simona en Niza y a Filippa en Bursa, Turquía. Los cuatro integrantes de la familia viven en Palermo, pero el mojón de partida del camino de Renato está a 374 kilómetros de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. “Me vine de Pehuajó a terminar el secundario y a jugar en Banfield, pero no estaba en la pensión porque ya estaban acá mi hermana, Melina, que estudiaba arquitectura y trabajaba, y mi hermano mayor, Bruno, que cursaba la carrera de Ciencias Económicas y jugaba al handball en River. Cuando terminé quinto año empecé a estudiar economía en la facultad, pero me llegó rápido el debut en primera y dejé”.

Definir dónde se instalaría la vida familiar resultó algo que resolvieron con pocas dudas: “En su momento analizamos con mi esposa si quedarnos a vivir en Francia o volver a Argentina, que fue lo que elegimos. El negocio que emprendimos nos permite estar en contacto con la colectividad francesa de acá. Me gustaría también en algún momento trabajar desde Argentina para el fútbol francés, tal vez con el Niza, que es un club donde me quieren mucho y la pasé muy bien”.

–¿Cómo fue planificar el regreso definitivo después de cuatro etapas en Francia?

–Estaba en Lille hacía un año y medio, me quedaban seis meses de contrato y me ofrecieron renovarlo pero quise volver a Banfield y a nuestro país. Estuve varios años en Francia, pero nunca extrañé porque siempre sentí que iba a volver a vivir acá. Es verdad que con todos los problemas que tenemos te podés llegar a replantear algo, cuando como en mi caso tenés la posibilidad de vivir bien en otro lado, pero la verdad es que tu familia y tu país tiran mucho. Estando allá extrañás cosas de acá y estando acá te faltan cosas de allá; es algo que le pasa bastante a la gente que se radicó mucho tiempo en el exterior.

–¿Qué significó la experiencia en Turquía?

–Yo venía de Niza, un lugar en el que estaba muy integrado y habituado, y me costó esa nueva etapa por el idioma y por una idiosincrasia muy distinta. Estábamos en Bursa, que es una ciudad grande pero no tan cosmopolita como Estambul. Había mucho desorden, sobre todo comparado con Francia. Me ayudó mucho que tenía como compañeros a Fernando Belluschi y Pablo Batalla, más varios jugadores franceses. Había firmado por dos años, pero al año y medio me explotó la cabeza y me quise ir. Tuve la oportunidad de volver a San Lorenzo y también de ir al Eibar, de la liga española, pero finalmente decidí quedarme a cumplir el contrato. Hoy, a la distancia, tengo un montón de buenos recuerdos, pero fue la etapa que más me costó.

–¿Te arrepentís de algo?

–Siempre hice una melange entre lo futbolístico, lo familiar y lo económico. Si solo hubiese pensado en lo futbolístico, tal vez hubiese tenido una carrera más destacada, pero probablemente no tendría la familia que tengo ahora. No envidio a los número uno porque sé que para llegar a eso dejan todo y no priorizan otra cosa que la disciplina que practican.

–Bielsa una vez le explicó a un futbolista lo que requería ser el mejor, pero que nadie tenía la obligación de seguir ese camino.

–En la quinta división de Banfield lo tuve a Claudio Carsi, un gran entrenador, que un día nos juntó a todos los chicos y nos dijo que entendía que pudiésemos tener problemas sentimentales, que extrañásemos a nuestra familia o que tuviésemos ganas de salir los fines de semana, pero nos explicó que con eso no podíamos ser futbolistas. El fútbol te da un montón y, a la vez, vos también le tenés que dar; con límites, no podés dar menos que tanto y podés no estar dispuesto a entregar todo. Yo siempre estuve más cerca del máximo, porque sino a mí no me hubiesen pasado tantas buenas cosas en el deporte. Pero también hubo cosas que no quise ceder.

Sin teléfonos inteligentes de conexión permanente, los primeros años en Francia lo introdujeron primero en la lectura y luego en el cine: “Me puse a leer un montón cuando llegué a Marsella. Después, cuando ya manejaba el idioma, me enganché mucho con el cine; iba los lunes a la mañana a salas que no estaban en el circuito más comercial. También miro series, pero me sigue gustando más ir al cine, algo que ahora en esta situación quedó de lado”.

En el contexto de aislamiento por la pandemia de Covid-19, el streaming es el entretenimiento principal y la serie documental sobre Michael Jordan y Chicago Bulls lo atrapó: “Me gustó mucho The Last Dance y me sirvió para ratificar que eso de estar tocado por la varita mágica pasa muy poco. Atrás de esos deportistas impresionantes, como lo era Jordan, o como lo son en el fútbol Messi y Cristiano Ronaldo, además de un talento natural hay un gran sacrificio, una dedicación enorme y una mentalidad competitiva que también se trabaja. Esas cabezas tan ganadoras son la clave a la hora de aprovechar las condiciones de cada uno”. Se apasiona con su respuesta y no se detiene: “Se ve muy claro con Jordan que los líderes no son queridos por todos y que las decisiones que toman le agradan a unos y le molestan a otros. Siendo el mejor se entrenaba como nadie y le exigía mucho, pero mucho, a sus compañeros; incluso, hasta con malos tratos en los entrenamientos. Por eso llevó al máximo de su nivel a cada uno de sus compañeros. En una escala completamente distinta, esa cuestión de toma de decisiones nos refleja un poco a quienes nos ha tocado ocupar lugares especiales en un plantel y a los que entendíamos que en las prácticas había que exigirse al máximo y sólo había lugar para la seriedad”.

–¿Cuáles fueron las decisiones más trascendentes que tomaste?

–Tres veces supe del interés del lado de Boca y dije las tres dije que no. Eran sondeos y no una negociación, pero por una cultura familiar de que todos en mi casa eran de River, no me interesó ver si se podía concretar. Hoy soy hincha de Banfield, pero de chico era de River. Había estado en el Monumental en la Copa Libertadores del 96 y cuando arranqué me tocó ser compañero de Gaby Amato y hace poco tener a Crespo de entrenador, aunque era distinto porque ya era más grande. E en 2009 Alejandro Sabella estaba interesado en mí para la definición de la Libertadores, pero como yo había jugado en Gimnasia dije que no. Yo siempre sentí que era una manera de respetar a los clubes en los que estuve no jugar en los clásicos. Si hubiese pensado sólo en lo deportivo… Claro que fue un error dejar pasar esas posibilidades, pero me inculcaron ser de esta manera.

–¿Te formás para ese costado empresarial?

–Me está ayudando mucho y de manera acelerada Enrique Portnoy, con quien me estoy formando para esa etapa de la vida que viene después de la actividad profesional de los deportistas. Soy un convencido de que si el jugador se prepara para el segundo tiempo como se preparó para el primero, el del fútbol, tiene muchas chances de que le vaya bien. Pasa que no nos formamos. Hay muchos jugadores que sufren mucho tras el retiro porque no saben qué hacer y no se preparan. Se termina una etapa hermosa de la vida, pero empieza otra parte en la cual si le metemos como le metimos al fútbol, seguramente lo vamos a poder disfrutar.

–¿Nunca te mareaste?

–No, y es algo que me pudo pasar varias veces. En clubes como Marsella o Niza, salir a la calle era ser reconocido por todos en ciudades muy futboleras. La guita, la noche, las mujeres son cosas que te pueden hacer confundir cuando sos joven. No me pasó por mi manera de ser y por el apoyo de mi mujer, que estamos juntos hace casi 20 años. “No te olvides de los amigos de Pehuajó”, me dijo mi viejo cuando me vine a Buenos Aires; y son los que todavía tengo. Mucha gente me ayudó en este camino del fútbol. Estoy contento con todo lo que me pasó en esta aventura tan linda.