Rodrigo Mora

El guerrero que lucha contra el dolor y la soledad

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La vida se le vino encima por una lesión, pero ganó la batalla, volvió y se retiró; antes de su partido homenaje, el uruguayo cuenta el calvario que atravesó.

El dolor taladraba su cabeza al punto de derrumbar todas sus seguridades. ¿Y si Marcelo Gallardo decidía llamarlo para entrar a la cancha y al ingresar no podía moverse? ¿Y si la cadera no le respondía? ¿Y si defraudaba a los suyos? Mientras pensaba todo eso, Rodrigo Mora chequeaba mentalmente si su propio cuerpo había aceptado el efecto calmante del diclofenac, el antiinflamatorio que le permitía seguir viviendo adentro de una cancha de fútbol. Ese pensamiento infame acompañó al uruguayo durante todo el último año de su carrera, en 2018, y fue con él hasta la mismísima final de Madrid entre River y Boca, tras la que se retiraría de la práctica profesional de manera oficial.

El calvario de la cadera había empezado mucho antes, a mediados de 2017, cuando Mora fue diagnosticado con una necrosis aséptica en la cabeza del fémur, producto de un infarto del hueso. Debían operarlo para reconstruirle un sector en la unión de la pierna derecha con la cadera. De entrada, la puñalada traicionera de la lesión le arrojó una duda imparable: había chances de que no pudiera volver a jugar nunca más y hasta debían analizar qué hacer respecto de su calidad de vida post retiro. Sin embargo, Rodrigo decidió pelear. Por eso pegó en su mesa de luz un papel con una frase que llegó como regalo de Sandra Rossi, la doctora especializada en neurociencia que acompaña a Gallardo en el día a día del plantel. “No sabrás qué tan fuerte sos, hasta que ser fuerte sea tu única opción”, decía. El 3 de enero de 2018, casi ocho meses después de su último partido y luego de más de 90 días de vivir en muletas, Rodrigo Mora se sumó a la pretemporada de River y volvió al fútbol.

–¿Cómo fue sentirte afuera, volver y vencer?

–Fue muy duro. Todo el tiempo pensé en positivo. Lo único que me generaba dudas es que nunca tuve el diagnóstico del 100 por ciento de chances de volver a jugar. Y eso me molestaba. Pero fue muy importante la ayuda de mi familia, de mis amigos, de mis compañeros, del cuerpo técnico, de los hinchas… Sentí mucho afecto después de la operación. Eso hizo que tuviera la fuerza necesaria para volver. Yo estuve tres meses en muletas. Y no fueron solamente tres meses en muletas, porque además estuve sin pisar con la pierna derecha. Fueron tres meses cuidándome al máximo en las comidas, porque yo no podía regresar dando tres meses más de ventaja para ponerme a punto. Yo necesitaba estar a la orden cuando me tocara volver.

–¿Y cómo fue volver?

–Yo el 28 y el 29 de diciembre de 2017 todavía estaba con molestias de la operación. Pisaba normal, pero me seguía sintiendo incómodo. Y el 3 de enero me tenía que presentar en Ezeiza. Entonces, tenía miedo de cómo me podía sentir. Agarré y me dije: “El cambio de año tiene que venir con todo”. Y así fue. Cambió el año y arranqué. Empecé con bicicleta. El 4 de enero hice pasadas. Y el 5 logré el yo-yo test a la par de mis compañeros. Tuve un desempeño tan bueno que Marcelo Gallardo me dijo: “Está bien, Rodri. Ya basta. Salí. Ya me da bien”. Y ahí me dije: “Me alcanza para la pretemporada. Voy a poder”. Después, en la pretemporada, me querían sacar trabajo todo el tiempo y yo decía que estaba bien, que estaba a la par.

Fotos: Carlos Sarraf.

–¿Qué fue lo más difícil de los tres meses en muletas?

–Quedarme solo. Más allá de que traté de ser fuerte todo el tiempo, tuve mis baches de tristeza. Me tenían que alcanzar las cosas. Para bañarme, lo tenía que hacer en un pie o sentado. Y yo vivo solo. No podía llevarme un plato de la cocina a la habitación. Nada. Trataba de estar siempre rodeado. A veces a la noche tenía que llamarlo al doctor Pedro Hansing para contarle: “Doctor, no puedo dormir. Pero no es que no puedo dormir de cansancio. Es que la cabeza se me vuela”. No tenía horarios para nada: a veces dormía hasta el mediodía y me acostaba a cualquier hora. Miraba series en Netflix hasta la madrugada. Eso me costó. Al final, tuve que tomar una pastilla para acomodarme y lo pude pasar.

–¿Era ansiedad de volver o era tristeza por no poder?

–Era un conjunto de sensaciones. Primero, tenía que cumplir la rehabilitación al pie de la letra. Después, tras tres meses, ver si pisaba y no me dolía. Esperar y esperar. Después, cuando largué las muletas y volví al club, todo se normalizó. Arranqué a hacer pileta. Los kinesiólogos de River me ayudaron. Mi médico, Pedro Zanotti, fue muy importante. Él me dijo que si lo arrancábamos juntos, lo íbamos a terminar juntos. Y cumplió.

–¿Cómo fue el momento en el que te dijeron que tal vez no ibas a volver a jugar?

–Fue duro, porque yo me imaginaba que iba a jugar al fútbol toda mi vida. Me pensaba disfrutando para siempre. En mi vida me he dedicado a eso. No me podía ver sin el fútbol. Entonces, me propuse pelearlo hasta lo máximo. Incluso hoy, te digo, yo no bajé las persianas de no jugar nunca más al fútbol. No lo acepto. El doctor me dijo: “Rodri, si querés tener una mejor calidad de vida, ya está. Pongamos la prótesis y vas a poder trotar y jugar al fútbol un poco más suave”. Pero no. Voy a esperar lo que sea. Dos años. Lo que lleve. Por ejemplo, recién venía a encontrarme con vos de acá a una cuadra, vine caminando y, con el día nublado y de humedad que hay, me jode un poco. Me cuesta caminar. Pero voy a esperar igual.

–¿Ya convivís con el dolor?

–Sí, hay momentos que me duele y otros que no. Pero no quiero sólo adaptarme, quiero tener la posibilidad de seguir jugando. Aunque sea un rato.

–¿La lesión te hizo tomar dimensión de lo que es ser jugador de fútbol?

–Sí. Cuando volví de la lesión veía compañeros que se cambiaban rápido y querían rajar a la casa y les decía: “Loco, disfrutá del lugar en el que estás. Te lo digo porque yo no sabía si iba a volver a jugar y ahora tengo la oportunidad de pisar una cancha una vez más. Y no sabés lo triste que me ponía no saber si iba a volver. Tratá de disfrutar al máximo. Pero no sólo cuando entrás con la pelotita: cuando toque ir al banco o cuando toque entrenarte en Ezeiza también. Disfrutá de estar en River, porque un día podés no tenerlo”.

Fotos: Carlos Sarraf.

–¿El futbolista vive demasiado rápido cuando tiene éxito?

–Sí. Por ejemplo, el otro día River tenía una final y yo me comía las uñas de ganas de estar ahí. Tenía contrato para estar ahí y no estuve. Daría lo que fuera por estar. Me muero de ganas de levantar otra copa en River. Sé lo que se siente y sé lo lindo que se vive todo eso. En el día previo hubiera estado acostado pensando en la gente. Son momentos que uno los vive antes de jugarlos. Y yo hoy no puedo.

–¿Lo laburaste en terapia?

–Intenté ir dos o tres veces, pero no sé si es porque no fui a la persona indicada o qué, pero no fue lo que necesitaba. Decidí quedarme al margen y apoyarme en los afectos. Y lo otro que me salvó fue la pesca. Cada tanto me voy ahí y me refugio en eso que me hace bien a la cabeza.

–¿Actuar en El Marginal fue una manera de distraerte de todo eso?

–Sí. Me lo tomé muy profesional. Creo que puse todo ahí. Le tengo que agradecer a Sebastián Ortega y a Leandro Cullel por la oportunidad de ser parte de El Marginal. Después de un golpe duro, no solamente me vino bien estar en la serie por lo que representa en la Argentina, sino por mi cabeza. Por estar ahí, por conocer gente, por estar ocupado. Yo tenía días en los que me iba a las 9 de la mañana y regresaba a las 9 de la noche. Es duro y sacrificado ser actor. Pero estando ahí, rodeado de gente, lograba no pensar en las cosas que me hacían mal.

–Lograbas evitar esa soledad que te hacía mal…

–Sí. Duró tres meses, se acabó y ahora me enfoqué en mi partido despedida. Mientras tenga cosas para ocupar mi cabeza, voy bien. El tema es el momento en el que me quedo un poco solo se me viene el bache de pensar o de ponerme triste. No sé en qué momento lo podré superar o si lo podré superar en algún momento, porque el fútbol es mi vida. No sólo lo que me ha dado River. El afecto, el ser mejor persona, el compartir, el ser humilde, el ser compañero y un millón de cosas más que te puedo nombrar y que todas me las ha enseñado el fútbol.

–¿Quiénes estuvieron en la mala?

–Yo quedé sorprendido porque fue mucha gente. Mis amigos, por ejemplo. Yo dije “mañana me opero” y se pusieron de acuerdo entre ellos y me cayeron de sorpresa. Me operé, llego a casa y cae un auto con todos ellos. Mis compañeros, que vinieron todos. El cuerpo técnico. Los dirigentes. Fueron muchos.

–¿Quién te sorprendió que te llamara?

–Cuando anuncié que no podía más, mi celular explotó. Esa noche tuve que apagarlo porque mi cabeza se pasó de rosca y no podía más. Al otro día, intenté leer algunos. Y al otro día otros. Leía algunos y tenía que parar, porque caía en un llanto. Me escribió mucha gente que no tenía agendada. Todos con buena onda. Un mensaje más lindo que otro. Pero no estaba en condiciones de leerlos. Y ahora, hace poquito, un conocido de Uruguay que es muy hincha de Cerro, donde yo jugué, me cuenta: “Estoy acá con Luis Suárez y te manda saludos. Dice que le escribas”. Y me dejó el número. Entonces, lo agendo. Y cuando lo agendo, entro a escribirle y tenía un mensaje de él. Me había escrito y nunca lo había visto. Hace unos días le contesté: “Disculpá que no lo vi y muchísimas gracias por el mensaje. Me da mucho orgullo que desde ahí me mandes fuerza”. Y le agradecí. Así como te cuento, sigo con mensajes en el celular y cada tanto voy, leo y me toca caer de vuelta, porque todavía no estoy fuerte con lo que me tocó vivir.

–¿Lloraste mucho por tu lesión?

–Sí. Hubo momentos en los que traté de hacerlo para mí solo y para desahogarme de todo. No era fácil. Tanto es así que recién hace poco regresé al club a estar con mis compañeros. Antes no me sentía preparado. No quería ir a dar lástima. Quería estar fuerte y pasar mi buena vibra y no podía. Me pegó muy fuerte lo que me pasó.

–¿Qué te ilusiona?

–Tengo dos ilusiones. La primera es volver a jugar aunque sea a nivel amateur aunque sea una vez y poder superar este tema. Y la segunda es la despedida del 13 de julio. Me ilusiona volver a ponerme los pantalones cortos por última vez para poder decirle gracias a la gente y a mis compañeros. A todos. A los campeones del 2015 y del 2018, pero a otros que no salieron campeones y que me dieron cosas. A los ídolos con los que me hubiera gustado jugar. A todos. Necesito decir gracias.

–Pasado todo, lo lindo y lo malo, te pido un balance. ¿Qué le dirías al Rodrigo Mora que llegaba a River y que no sabía lo que se le iba a venir?

–Que dentro de un tiempo va a estar muy orgulloso de todo. Si vos venías hace unos años y me dabas un papel y me decías que iba a ganar todo lo que gané y que iba a sentir todo lo que sentí, lo firmaba con los ojos cerrados. Todos dicen tantas cosas lindas, que me llevo eso. El reconocimiento de ser buena persona. Eso queda para toda la vida. El día que los necesite a ellos y les mande un mensaje, sé que van a estar.

Rodrigo Mora tendrá su despedida oficial de las canchas el 13 de julio, en el estadio de River Plate. El delantero decidió invitar al evento a los dos planteles completos de River que conquistaron las Libertadores 2015 y 2018, además de otros jugadores, entrenadores y amigos del fútbol. Las entradas se pusieron a la venta el viernes 17 de mayo a través de Ticketek (www.ticketek.com.ar) y los precios van desde los $500 hasta los $3500. Será una jornada para emocionarse.