Rosa Reinoso

Adiós a los estereotipos

Con 24 años, la capitana de Las Lobas, el equipo de primera de voley de Gimnasia, decidió abrir un camino nuevo que la llevó a aceptarse y valorarse; los padecimientos de una deportista de alto rendimiento por los mandamientos sociales sobre los supuestos cuerpos bellos y sanos. Un nuevo capítulo sobre mujeres empoderadas y valientes que se animan a decirle basta al patriarcado.

“Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarse a que te devore desde el interior”.

“La parte más importante del cuerpo es el cerebro”.

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La artista mexicana Frida Khalo vivió solo 47 años, entre 1907 y 1954. Los suficientes como para plasmar más de 200 obras, la mayoría autorretratos. Los necesarios como para dejar un legado social y político. Y también, claro, para convertirse, a partir de los años ´70, en ícono de las mujeres que abrazaron un incipiente movimiento feminista que hoy en día, medio siglo después, continúa su lucha para romper barreras y discutirle al patriarcado la igualdad de género de manera real, casi tangible.

Las banderas de Frida Khalo, sus pensamientos, son las que, en gran medida, ayudaron a fortalecer el espíritu de Rosa Reinoso cuando era una adolescente que buscaba marcar su camino en medio de una sociedad en la que la imagen se impone prepotente y, tantas veces, hace estragos en la vida de las personas.

La suya, su historia, aún está en pleno proceso de construcción o, mejor dicho, de reconstrucción porque hace unos meses decidió tirar abajo un rascacielos cargado con toneladas de prejuicios inspirados en un discurso hegemónico y cosificador sobre el cuerpo de las mujeres. Ella sabía que algo le hacía ruido. Algo no le cerraba. Sentía que había muchas cosas por cambiar para definitivamente aceptarse en un mundo superficial, banal y cada vez más digital. No fue casual la decisión de la capitana de la primera de vóley de Gimnasia y Esgrima La Plata. Aunque admite que debió hacer un profundo trabajo de introspección para así poder expresar todo lo que la atosigaba. “Cuando era chica no me daba cuenta y naturalizaba situaciones que no estaban buenas. Cuando sos chico tratás de hacer lo mejor posible con las herramientas que tenés”, cuenta la capitana de las Lobas.

La charla con Enganche dura casi 90 minutos, los suficientes para reconocer que recién ahora, con 24 años, Rosa empezó a comprender la trascendencia que puede tener la palabra de un adulto en una chica que peregrina por la adolescencia. “Fue un proceso largo, me llevó tiempo –continúa– hasta que estuve segura de hacerlo. Lo pude hablar en profundidad antes de sacar la carta. Les conté a mis hermanos porque a ellos los menciono. Sentí que antes de publicar algo tan íntimo debía hacerles saber. Me daba bronca esa situación que ahora la estoy asimilando”.

Rosa se refiere a la carta que, a fines de junio pasado, redactó en soledad para gritarle al mundo su verdad, su dolor. Acostumbrada a dietas ciclópeas, en las que la receta mágica era comer prácticamente nada para castigar a un cuerpo que, según su antigua percepción, no se asemejaba a los supuestos cánones sociales aceptables. “Hablar es útil siempre que a una le sirva, la ayuda a sanar. Nadie está en la obligación de hacerlo si no lo siente. Yo lo sentí y hoy hablo y me animo a contar por lo que atravesé. En mi caso, almorzaba sopa lista, iba al gimnasio y hacía tres clases seguidas hasta que la profesora me echaba”, recuerda y, por un instante, desaparece de la pantalla de su computadora (la entrevista es vía Zoom, la plataforma que en esta pandemia por Covid-19 se convirtió en un nexo virtual). Se disculpa y muestra a Khalo, su gato atigrado que se mete y pasa varias veces su cuerpo por delante de la cámara. “Mi mamá me miraba almorzar eso (por las sopas), ir muchas horas al gimnasio. La entiendo, ella tiene nivel primario, mi viejo tiene un terciario. Con eso no quiero desmerecerlos porque no es así, sino que no tenían demasiado conocimiento para ayudarme, para decirme que comiera mejor. Creo que un poco fue el desconocimiento y otro poco no darme lo que yo necesitaba que era un bife, verduras. Darme almuerzo, cena, creo que se les complicaba por la situación económica”.

–¿Tuviste trastornos de alimentación o no llegaste a ese punto, porque en tu carta admitís con valentía que te sometiste a dietas milagrosas?

–No tuve trastornos. Pero desde Doble Cambio, el colectivo de mujeres que integro, queremos hacer un relevamiento para saber mejor si eso era o no un trastorno de alimentación. Considero que no porque no tuve comportamientos típicos de la bulimia o la anorexia. Creo que lo mío fue un gran desorden alimenticio. Es una escala menor. Según hablamos con psicólogas, el trastorno alimenticio se considera un trastorno mental: es una persona que tienen una distorsión de su imagen corporal. Siente mucha culpa, depresión. Eso no lo llegué a vivir, por suerte. Pero sí tuve esos desórdenes y esas dietas milagrosas que rayan la locura por bajar de peso.

–Hablás de locuras, ¿qué locuras cometiste?

–Además de las sopas que te mencionaba, fui a una nutricionista que no era especialista en deporte y no me servía porque me daba dietas cetogénicas, sin hidratos de carbono, y eso me hacía perder muy rápido el peso, me debilitaba y cuando volvía a comer hidratos me hacía un efecto rebote y recuperaba lo que había perdido. Lo que más me dolía era ver a mis compañeras desayunar solamente un té con alguna fruta, algo muy pobre, y después ir a entrenar tres horas en el Cenard. Todo por el hecho de que nos pesaban permanentemente. Me pasó que un médico que me estaba atendiendo por un tirón abdominal, antes del Mundial U-18 en Tailandia, y me agarró el rollo y me dijo “¡nena, estás 3 kilos arriba!”. Y yo estaba en mi peso mínimo. Encima se lo dijo al entrenador como si fuera una vaca de su ganado que había engordado. Fue muy chocante. Por ejemplo, separaban por grupos y ponían a las supuestamente más gorditas, a sus ojos, a hacer una preparación física aparte sin tener coordinación con otros profesionales. Todo era en base a la percepción del entrenador o del preparador físico. Algo de idea tienen, pero muchas veces definían sin siquiera tomarnos las medidas antropométricas. Es muy cruel para una chica adolescente vivir eso porque tomaban como único parámetro el peso y no podías comer nada ni tomar agua. Ese entorno, en lo mental, era terrible.

–Si eso pasaba en la Selección, ¿cómo era en los clubes que suelen tener menos recursos que un equipo nacional?

–Estábamos en edad de desarrollo. La idea no es señalar a nadie con el dedo sino buscar que cambie el trato, el discurso porque una jugadora no va a ser mejor por el peso que tenga. Al fin y al cabo somos personas. En los equipos es todo mucho más amateur porque los nutricionistas van a apagar incendios, van de gauchada porque atender a 12 o más jugadoras en un consultorio te puede llevar una jornada entera o más. Entonces, te hacían la antropometría en grupo, te pedían que te sacaras la remera y a la vista de todos. Y la devolución, también era en grupo. Y eso es una exposición terrible. En mi club nunca tuve una nutricionista, recién en Boca y ahí tenía 18 años. La selección mayor no tiene nutricionista oficial, la masculina sí lo tiene: Luciano Spena. Luciano dio una charla general de nutrientes, de platos, de proporciones, algo muy general. No nos midió, no nos pesó, fue una charla informativa.

Fotos: prensa Gimnasia y Esgrima La Plata

–¿Por qué se da esa diferencia entre el plantel masculino y el femenino?

–No se entiende esas medidas que son injustas. Es una desigualdad que se reproduce en todos los deportes. Sé que, con Doble Cambio, nos estamos metiendo en un ámbito machista: desde el inicio de los Juegos Olímpicos se sostenía que no era para mujeres. Eso fue cambiando, lo sé, pero todavía hay muchas desigualdades. En la dirigencia de FeVA (Federación del Voleibol Argentino) hay muy poca presencia femenina, lo mismo que en el cuerpo técnico. Hay que terminar con ese discurso meritocrático de tener que ganar algo para obtener un beneficio. No tenemos nutricionista porque no ganamos nada importante todavía: es ridículo. Hay logros como para cambiar esa mirada. ¿Qué viene primero: el huevo o la gallina? Nosotras sostenemos que tiene que haber infraestructura, organización para que puedan llegar los resultados. Se precisa un proyecto. Para la FeVA, las mujeres representamos más del doble de ingreso por jugador: en promedio, hay más de dos mujeres por cada hombre que juega al voley en el país (20.520 vs. 10.146). Somos el doble y no se sostiene eso en la realidad. Hay que cambiar el discurso y la dirigencia.

–¿Y cómo se cambia ese discurso?

–Hace poco invitamos a la FeVA para que se sumaran a un curso de género con Guillermina Gordoa. Hay un techo de cristal que marca que la mujer llega a ciertos escalafones dirigenciales y se queda ahí: secretaria. Hay muchas entrenadoras que han tenido cursos sin mujeres disertantes. Y ni hablar mujeres en la selección que la única fue Alicia Casamiquela. Ni hablar dirigiendo varones.

–¿Los hombres de la Selección se involucran en ese reclamo?

–Estamos en contacto con la Asociación de Jugadores (JuAVA), ahí hablamos mucho con Santiago Darraidou y nos dieron el espacio de discusión. Natalia Espinosa está dialogando con algunos sectores de las federaciones provinciales para generar un diálogo recíproco. Sabemos que no tenemos la misma realidad que los varones, pero para que nosotras ocupemos esos lugares ellos lo tienen que dejar. No pedimos más que ellos, pedimos oportunidades: que haya mujeres disertantes, que tengan lugar las mujeres en las listas, en los cuerpos técnicos. ¿Por qué no puede haber mujeres a la cabeza de seleccionados nacionales? Tenemos puntos en común. Ellos tienen una realidad mucho más competitiva.

–Esta lucha implica un posicionamiento ideológico y con ello tenés que exponerte. ¿Cómo te llevás con la crítica?

–Son pocos, pero recibimos comentarios en contra que se oponen a un cambio, a la transformación. Nosotras queremos la profesionalización pero esto empieza con pequeñas conquistas que nos acerquen a la realidad de los varones que tienen una Liga mucho más competitiva, nosotras no tenemos una obra social, el promedio mínimo de una jugadora es de 3000 pesos y el de un varón es de 35.000. Esto es parte de la sociedad machista y patriarcal en la que vivimos. Somos trabajadoras precarizadas. Se nos exige como profesionales pero no nos reconocen. Es una desigualdad enorme. No se trata de pelear contra los varones sino de igualar. 

–¿Cómo surgió la idea de formar el colectivo Doble Cambio?

–La fundadora es Nati Espinosa, una histórica jugadora de Boca, multicampeona de Ligas. El tema explotó en enero pasado con un tuit personal de ella, junto con Elina Rodríguez, Tatiana Rizzo y Julieta Lazcano pidiendo la profesionalización del vóley femenino. Queremos visibilizar nuestra problemática. Se formó en grupo y yo me sumé en plena cuarentena y cada vez éramos más jugadoras, ex jugadoras, entrenadoras, dirigentas. Doble Cambio surge como una metáfora del cambio en el vóley cuando el armador cambia por el opuesto y el opuesto cambia con el armador para darle más aire, más ataque. Nosotras lo relacionamos con una metáfora para pedir que salga la desigualdad y las injusticias que veníamos naturalizando. Es empoderarnos para pedir más oportunidades.

–Hablás de situaciones naturalizadas, ¿cuál es la autocrítica que hacen sobre eso: haber estado tanto tiempo calladas?

–No sé si haber estado calladas. Creo que estuvimos calladas porque no caíamos en la cuenta de que estaba mal. Naturalizás todo el tiempo y hemos hecho una autocrítica porque decíamos que éramos nosotras las abusivas con nuestras compañeras que lo padecían. Ro [Rocío] Carrete lo contó en un video que en las charlas grupales se apuntaba a alguna compañera por tener que bajar de peso y siendo adolescente te comés ese discurso. Yo misma le he dicho a una compañera que no comiera unas galletitas porque venía un Sudamericano en un mes y ella tenía que bajar de peso. Nosotras mismas, desde el discurso, nos decíamos esas cosas. Creo que esos mensajes venían de personas como nuestros entrenadores que, en definitiva, son referentes para un adolescente que va formando su personalidad.

–Eso que contás que vos misma te pusiste en el lugar de marcarle a una compañera que no comiera unas galletitas tiene que ver con esa mirada del supuesto cuerpo bello, estético que socialmente está vinculado a tener un cuerpo fibroso, magro y, en definitiva, cada cuerpo es como es.  ¿Cómo se lucha contra esa cultura global del cuerpo bello en el deporte?

–Es muy difícil porque ya la misma cultura señala socialmente cómo debería ser supuestamente un cuerpo, imaginate en el deporte. Es muy meritocrático, se romantiza mucho eso de rompete el culo, cagate de hambre para llegar. Eso, que está mal, se romantiza y se cree que después de hacer todo eso vas a ser una deportista brillante. Y no, fui una buena deportista a pesar de eso, padeciendo eso porque no me di cuenta que estaba comiendo mal y no tenía fuerzas, que estaba flaca porque el entrenador me lo había pedido. Y ahí surge que si mirás para atrás y ves los resultados que tuviste fue a pesar de eso, no fue por eso.

–Está claro, porque si vos te hubieras alimentado bien, como corresponde, es mucho más factible que tu rendimiento hubiera sido aún mejor…

–Exacto, es un cambio sobre el modelo biologicista hegemónico que te pone en un lugar de ser un pedazo de carne con más o menos grasa. Si salto 50 centímetros pero no tengo fuerza para pegarle a la pelota de qué me sirve.

–Hablaste de cuerpo lindo, ¿qué es un cuerpo bello?

–Capaz que fue un lapsus. Cuerpo lindo es lo que se pretende, es la imagen que está normatizada. El cuerpo lindo, para mí, es la perfección de lo que considera el que está observándolo o lo que espera observar y pretende que el otro trabaje para ello. Es una cuestión normativa que está claramente alejada de la realidad y no tendría que seguir reproduciéndose ese discurso. Por ejemplo, en el deporte se habla de un biotipo de jugador. El biotipo de la jugadora de vóley tiene que ser flaco, alto, esbelto, musculoso. Pero ya con flaco y alto estamos acotando el biotepo que se espera de la jugadora. Y eso no escapa de los biotipos que busca o pretende la sociedad. Estamos en un ambiente en el que nosotras, como jugadoras, estamos en la disyuntiva de que nuestro cuerpo no encaja en ningún lado porque somos demasiado altas para la sociedad, demasiado gordas para el deporte. Es una dicotomía de no encajar en ningún lado.

–¿Te pasaba eso?

–Sí, cuando iba a la escuela. Me pasaba cuando volvía (hace un silencio)…

–¿Te decían cosas?

–Sí, de hecho me acuerdo que un compañero de la escuela me dijo “lechona”. Y “grandota” me decían todo el tiempo y uno eso lo asume. Soy alta (1,75) y tengo contextura grande y mi familia es de contextura grande. Creo que mi familia me condicionó porque mi mamá me decía “estás flaca, estás linda” porque casi todos en mi familia tienen sobrepeso. Cuando uno estaba más flaco, le decíamos “estás lindo” pero estaba comiendo mal. No cenábamos en mi casa por un tema económico. Ahora, vuelvo y mis hermanos lo hacen. Antes no, había pasado la crisis de 2001, somos cinco hermanos (3 varones y 2 mujeres) y vivíamos con mis abuelos. Éramos 9 y el único que trabajaba era mi viejo como maestro mayor de obras en Vialidad Provincial de Entre Ríos y hacía changas como albañil. Pasé mi infancia en medio de la crisis de 2001. Me acuerdo que dejamos de ir a un colegio privado y nos mandaron a una escuela pública porque no podían pagarlo. Me viejo pasó de darme 10 centavos para los recreos a no poder darme nada porque no se podía. 

–¿Te volviste a encontrar con ese compañero que te dijo “lechona”?

–Estaba en primero o segundo año de la secundaria, pero no lo volví a ver.

–Si hoy te encontraras con ese compañero, ¿le dirías algo?

–En ese momento, cuando me dijo eso, yo misma pensaba que yo era la que estaba mal, que tenía razón. No sé si le diría algo, creo que no. Pero es algo que no tenemos que permitir ni naturalizar. Los tiempos están cambiando y el bullying se está visibilizando mucho.

–Hace unos días, Germán Chiaraviglio nos decía que el atletismo, en cierta forma, es el deporte más inclusivo porque todos los físicos puedan encontrar su lugar…

–El vóley porque tengas tal o cual cuerpo no lo podés jugar. El deporte es formación y contención para los chicos y desarrollo de habilidades y destreza y recién después debe aparecer la competencia. Hay que dividir lo competitivo de lo formativo. El deporte es un arma social para sacar al chico de ciertas adicciones o de la calle. Por eso los programas de desarrollo social con el deporte son fundamentales. De ahí la importancia de los clubes. Volviendo a lo que dijo Germán, en el vóley no necesariamente todos son altos. Está el líbero o el armador que pueden ser más chicos. Ahora se busca tener armadoras más altas y que la suplente sea más bajita y que sea defensora. Se busca complementar a partir de roles, especialistas en recepción o en sacar y defender.

–¿Le pasó a ustedes como a las Leonas tener que jugar con ropa masculina?

–Hace poco hablamos con las Kamikazes que salieron campeonas en los Juegos de la Juventud y su historia, en cierta forma, se visibilizó porque usaban bombachones y no por su rendimiento. Las chicas que tienen de 25 años para arriba llegaron a usar bombachones varios años porque se sostenía que el bombachón atraía gente y era más cómodo, entonces había que usarlo. Hoy usamos calzas y todavía seguimos conviviendo con ese discurso patriarcal y cosificador sobre la mujer de que la calza llama más la atención que el pantalón. En vez de poner el foco en el deporte, se pone en el culote. Y ellas, las Kamikazes eran menores de edad. Ahí hubo un tratamiento indebido. Los medios construyen la realidad que vemos y los medios hegemónicos son los que menos se interesan por el deporte como pasó con las Kamikazes. Es un proceso largo de deconstrucción, como el que me sucedió a mí con la carta. Estamos en un camino, en una dirección. Es inevitable que, tarde o temprano, las cosas cambien. 

–La última, ¿quién es Rosa Reinoso?

–¡Qué pregunta difícil! Una es lo que hace y lo que trabaja, lo que la apasiona. Entonces soy jugadora de vóley desde los 9 años, profesional hace no mucho, unos 10 años. Tengo 24 años, estudio Medicina en la Universidad Nacional de La Plata. Básicamente, el deporte y la Universidad son los mundos que me definen, que ocupan la mayor parte de mi vida.