Champions League

La infiltrada

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Cómo vivir una final desde el bando contrario. La experiencia de una periodista argentina que simpatiza por Liverpool.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… ya perdí la cuenta. El color rojo predomina por sobre el blanco en Madrid. No es necesario viajar hacia el centro de la ciudad para sentir un “ambiente de final” porque la pasión está presente en cada rincón. “¡Allez, Allez, Allez!”… Espero el metro con un grupo de hinchas del Liverpool que canta junto a otro que se encuentra en el andén contrario. Es el sentido de pertenencia, la satisfacción de compartir el escudo y exhibirlo con orgullo.

“There’s something that the Kop want you to know, the best in the world his name is Bobby Firmino. Our number nine, give him the ball and he’ll score every time… Sí, señor, give the ball to Bobby and he will score”. Los hinchas levantan sus brazos al ritmo de este hit inconfundible con acento argentino, pero dedicada a un brasileño. Vuelan vasos de cerveza por el aire. Un hombre con la máscara de Jürgen Klopp subido a una mesa arenga a la masa que se reunió en Plaza Mayor, un espacio donde conviven ambas hinchadas.

Sonrisas, alegría y júbilo. Éste es uno de los momentos más maravillosos que un fanático puede (y debe) vivir. Ahora estoy en plena marea roja en la Plaza Felipe II. Las banderas decoran este espacio emblemático de Madrid. Son miles de personas, en su mayoría sin entrada, que sólo viajaron para disfrutar de esta fiesta. Me adentro en la multitud. No sé hacia dónde voy, sólo quiero ver y sentir.

Veo a un niño en silla de ruedas que exhibe una sonrisa espléndida. Sigo mi camino. Hablo con un inglés muy simpático. Le cuento mi historia y se sorprende porque viajé doce horas para ver este partido. “¡We’ve won it five times, we’ve won it five times… in Istanbul, we won it five times!”. ¿Ganarán la sexta?, me pregunto. Vale soñar.

Camino hacia el Wanda Metropolitano. Hace calor. La temperatura es elevada, pero de todas formas llevo la típica bufanda con el escudo de ambos equipos. Mi camiseta del Liverpool quedó en el hotel por motivos lógicos. Tengo una ubicación privilegiada, pero en la tribuna opuesta.

Llegué temprano. Cada butaca tiene una bandera con el escudo del equipo y la Champions League. Adoro este tipo de detalles. Un hincha del Tottenham me pregunta por qué “soy” de los Spurs. Mauricio Pochettino es mi respuesta automática. Tengo cuatro letras tatuadas en el brazo y al descubierto que me delatan: YNWA.

Penal para el Liverpool. Esbozo una sonrisa. Mo Salah convierte y soy un mar de lágrimas. Muchos me miran apenados. De alguna forma siento que los estoy engañando. Quisiera poder gritar, agitar los brazos y saltar, pero no. Celebro a puro llanto.

Hablo por lo bajo, aprieto los puños. Esto de camuflarse es todo un desafío. Puedo tomar el control de la situación, al menos por ahora. A pesar del esfuerzo, creo que algunos descubrieron que sólo estoy de su lado de manera física y no con el corazón. El marco es espectacular. Tengo de frente a la hinchada del Liverpool y me distraigo cada vez que se enciende.

Estoy censurada y es agotador. En cada ocasión de peligro disimulo menos. Gol de Divock Origi y un nuevo llanto. Imagino la Orejona en manos de Jordan Henderson, me pierdo entre una fantasía que en un abrir y cerrar de ojos puede transformarse en un hecho concreto.

Es el momento. Abandono mi posición y bajo las escaleras hacia la primera fila esperando el final. Algunos pocos fans de los Spurs deciden retirarse. Sigo de pie, con la cara roja e hinchada. Final. Por respeto permanezco inmóvil, con la vista fija hacia los jugadores que corren y se abrazan entre ellos. Soy una estatua.

Siento que voy a explotar. Suena el himno y es inevitable la reacción: levanto los brazos y canto a la par. Un guardia que custodia la zona me mira y sonríe. La mujer que tengo al lado también lo hace, pero con desprecio. No la culpo.

Los minutos pasan y la tribuna, desolada. Sigo allí, extasiada. Quiero estar más cerca, así que intento pasar hacia el sector Red, pero es imposible. Ni mi rostro destrozado de felicidad conmovió a los encargados de seguridad. Ante la negativa, pensé en saltar sin permiso los paneles de vidrio que separaban las tribunas. Di marcha atrás porque tenía varios pares de ojos observando mis movimientos.

“Señorita, por favor retírese”. ¡Qué impotencia! Me echan de la fiesta. Liverpool ganó la Champions y yo, el premio al Fair Play.