Rubén Magnano

Sinónimo de básquet

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Es uno de los artífices de la realidad del básquet argentino. Su sola mención genera una enorme empatía, apego y respeto por sus decisiones. "El no olvidarse de las raíces es condición fundamental, pero no sólo para ser un buen deportista sino también en la vida", advierte.

Del otro lado del tubo se escucha un acento inconfundible. Pero eso no lo vuelve especial, porque esa forma está impregnada en cualquiera que haya nacido en Córdoba. Lo realmente significativo es su tono, la cadencia discursiva y las formas que lo vuelven su sello inconfundible. Es automático. Su voz y su nombre fluyen sin más. Y en las formas también hay mucho, pero mucho, de su identidad. Rubén Magnano es sinónimo de básquetbol, sentido de pertenencia, éxito deportivo, gloria, de imposibles aniquilados y palabra de oro cuando se trata de una gesta deportiva.

Desde Montevideo aceptó un ida y vuelta con Enganche que resultó una clase magistral de lo que implica llevar una mochila cargada de experiencia. A los 64 años, el hombre que llevó a la Argentina al Olimpo en Atenas 2004, volvió a sentir cómo le hirvió la sangre con este nuevo seleccionado que llegó a la final de la Copa del Mundo de China 2019. Enseña con cada palabra. Irradia una energía mayúscula, porque este proceso como entrenador de Uruguay lo tiene conectado. Y cuando Magnano toma la palabra, sólo hay que sentarse a escuchar.

–¿Cómo siente que lo miran sus colegas?

–No tuve mucho tiempo para darme cuenta de eso. En la primera etapa estuve apenas 10 días y ahora estoy en un proceso de acomodar las cosas. No puedo hacer una evaluación de ese tipo. Y la verdad que no ando por la vida viendo qué piensa la gente sobre mí. Es que sólo me preocupa mi trabajo y mi actividad. Me enfoco en esas cosas y no acerca de qué puedan pensar. Es cierto que tuve la suerte de ser tocado por una varita para dirigir a grandes equipos y poder conseguir algunos logros. Pero no voy a hablar con la gente con un título puesto. Acá, en Uruguay, yo tengo que escuchar para poder evaluar qué es lo mejor para esta etapa.

–¿Cómo se hace para que el jugador uruguayo no esté todo el tiempo pensando en su figura como entrenador y que viene de un país que es campeón olímpico y acaba de ser subcampeón del mundo?

–Jamás, pero jamás, voy a hacer comparaciones; me parece inapropiado e inoportuno. No voy a aceptar las comparaciones.

–Usted dijo que esta selección de la Argentina que salió subcampeona te emocionaba mucho, ¿cuánto hace que no tenía esas emociones con un equipo?

–Cuando uno va entrando en años las emociones y las sensaciones fluyen más rápidas y te ponés más sentimental. Debe ser cierto, es un problema de calendario. Son directamente proporcionales las lágrimas con los años. Lo viví así y me emocionó muchísimo, sobre todo la actitud de nuestra selección, fue destacada y emblemática. El altísimo grado de compromiso del jugador argentino para con su selección es muy significativo y es para destacar. Vivimos equipos con muchas ausencias en el Mundial y nuestra selección fue con todo el personal que el entrenador pretendía y eso muestra a las claras el sentimiento para con la selección y es para valorar.

–¿Cuán importante es el sentido amateur de un jugador dentro del profesionalismo del básquetbol?

–El no olvidarse de las raíces es condición fundamental; pero no sólo para ser un buen deportista, sino también en la vida. Hay que ser agradecido y ser un embajador. Cuando se genera un sentido de pertenencia en un determinado lugar, es posible que el deportista responda en consecuencia. Para ponerlo en un concepto más popular: el amor a la camiseta lo va a llevar a darse por completo por un proyecto. Y nuestro seleccionado tiene eso y es digno de reconocimiento.

–Scola nos contaba que para él el éxito es el camino más que el resultado, ¿usted qué definición tiene del éxito?

–El concepto mío del éxito es que es un hábito. En mis charlas hablo del éxito del día lunes, es decir, de lo que uno, de lo que puedo para bien desde el momento en el que se ingresa a una oficina, a un comercio o a una cancha de básquet, a partir de ese día. En ese momento, empezás a ser exitoso. Cuando te preparás para el momento determinante. Cuando no lo conseguís, si antes te preparaste para ese momento, te queda la sana sensación de que hiciste todo para lograrlo. Pero generalmente está todo al alcance de la mano.

–¿El fracaso es lo opuesto?

–No, fracaso es demasiado agresivo para ponerlo como un antónimo a esto. Fracaso es no intentarlo, es llegar tarde a clases, es regular en un entrenamiento, no tener respeto por un compañero, eso es fracaso. Ahora si vamos a usar un resultado deportivo como fracaso, se puede discutir.

–¿Cuándo se reconoció como un buen líder?

–Es que todavía no me di cuenta. Trato de mejorar eso a diario, soy bastante autocrítico de lo que hago. Sé de la cantidad de falencias, intento buscar las virtudes más allá de los resultados, soy sumamente consciente que me ha tocado dirigir a grandes jugadores que se han puesto a disposición, que me facilitaron las cosas. No existen los líderes sin la predisposición de las personas a quien va a dirigir. Soy un privilegiado en ese sentido. En este camino uno va ganando algo que no se compra, que es la experiencia… Hay libros de física, de matemáticas, de psicología, pero no de experiencia. Entonces, eso hay veces que te da un plus a la hora de estar al frente de un grupo. El liderazgo es un descubrimiento diario. No todos los equipos son iguales, ni tampoco las personas son las mismas, hay cambios en los individuos: es un aprendizaje diario, no hay fórmulas mágicas.

–¿Se acuerda de su primera charla para un grupo?

–No, la verdad que no. Hablando de grupo, imaginate que yo empecé como profesor de educación física y daba clases en jardines de infantes. Después pasé pasé por primaria, escuelas de verano, trabajé con chicos con discapacidad. Bueno, como verás, ha pasado mucho por esta vida.

–¿Qué cambió del Rubén Magnano profesor de educación física a este entrenador?

–Me parece que siempre se trata de la experiencia de haber acertado o fallado. Me parece que eso te permite saber qué herramientas te pueden servir para cada momento. Ahí está un poco el nudo de todo. Mi pasión por el básquetbol es clave y  tengo una lectura un poco más ajustada de lo que creo y quiero. Antes era más impulsivo y me metía adentro de un mismo problema y ahora me paro de lejos para analizarlo. Pero mi ADN no se cambia.

–¿Qué cosas siente que cambió para mejorar el manejo de un grupo?

–Lo más interesante es que los pilares de lo que creo están intactos: respeto, disciplina y trabajo. Ahí apoyé todo para dirigir a mis equipos, fuese de la categoría que fuese. Hay cosas que son innegociables a la hora de pararse delante de un grupo.

–De los jugadores, en especial de aquellos de la Generación Dorada, ¿qué siente que aprendió?

–Algunas cuestiones tácticas. Muchas veces me decían algo sobre un partido y yo los escuchaba, lo analizaba y después veía si le daba viabilidad. Aprendí lo que significa la humildad inteligente, más allá de los logros obtenidos o las cuentas bancarias… Cuando llegás a una situación de equipo, bajás un peldaño y te entregás por completo por el equipo, como lo hacía la Generación Dorada. Aprendés mucho y tratás de seguir ese camino. El nosotros está por encima del yo.

–¿Se la creyó en algún momento?

–Voy a hacer referencia a un gran maestro mío, que fue Walter Garrone. Hay que tener cautela cuando tenés ataques de prosperidad. No se trata de temor, sino que lograr eso es de inteligente. Entendí que en el deporte es una rueda. Podés estar arriba y te viene un reversa y estás jugando un descenso. Entonces, la cautela y la inteligencia te permiten absorber las diferentes situaciones que te aparecen en tu carrera. Me siento muy cauto en ese sentido y más cuando me ha tocado saborear las victorias.

–Después de tantos años en la elite, ¿cómo sostiene el deseo por ganar?

–Es casi un lucha con uno mismo encontrar desafíos que te alimenten. No me parece que todo el tiempo uno tenga que buscar desafíos de alto vuelo, sino aquellos que a uno los movilicen. Cambiar los recuerdos por desafíos, eso te permite estar vigente en tu interior. Hay que disfrutar de la disciplina, hay que aprender porque el básquetbol es una actividad que evoluciona todo el tiempo. Y leí por ahí que cuando dejás de aprender dejás de enseñar. Y bueno ahí estamos, en ese camino que tanto me gusta.

–¿Sufre más victoria o la derrota?

–Soy bastante especial, me castigo mucho más de lo que disfruto. Eso no lo aprendí y me doy cuenta que soy un egoísta conmigo. No me doy lugar a disfrutar de la misma forma en la que me golpea una derrota.

–¿Lo impactó más la derrota en la final del mundo de Indianápolis 2002 o el oro en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004?

–No, eso no. Tampoco la locura. Cuando arrancás un proyecto te ponés objetivos, entonces, cuando como entrenador dije que íbamos a Indianápolis a estar entre los seis mejores del mundo y terminás jugando la final del mundo, la derrota no te tiene que golpear tanto. Porque te queda el sabor amargo, pero no es un para sentir frustración con eso. La derrota pega siempre, pero hay que tener un grado de coherencia.

–¿Qué partido vio más veces, la definición de Indianápolis o la de Atenas?

–No estoy mirando esas cosas. Hay secuencias que veo, pero por un aspecto laboral, porque las uso para mis charlas. Pero no me detengo a ver los juegos. La de Indianápolis creo que no la volví a ver, me parece que si sucedió fue una vez. Me moviliza bastante verlo, me angustia, entonces me tomo una licencia para no verla.

–¿Volvió repasar qué deberían haber hecho en ese minuto con treinta segundos en la final con Yugoslavia?

–Estamos entrenado en un terreno bastante espinoso, porque jugamos con adversidades bien claras. En el terreno de las suposiciones, bien podría decir que si nos entraba alguna bola más podríamos habernos coronado, o si el árbitro sancionaba lo que correspondía… Aprendí de esa final que lo imposible cuesta un poquito más. El trabajo es la variable que te solidifica como equipo, eso me dejó aquella experiencia. Por eso es muy grato ver lo que acaba de conseguir nuestra selección argentina.

–Cuando juega la selección, ¿mira los partidos como hincha o como entrenador?

–Hubo partidos que los vi dos veces y la primera siempre como hincha. No me suena ponerme de entrenador, analizar, estoy más diciendo “metela” o “defendé o “tomá el rebote”… Me meto más en espectador. Si lo vuelvo a ver, ahí paro las imágenes y trato de ver las secuencia para tener un poco más de claridad de qué hace un equipo.

¿Por qué en el básquetbol hay tantos entrenadores de primer nivel en un mismo staff técnico?

–Primero me parece que es porque es necesario. Imaginate que en medio de un Juego Olímpico te descomponés y te sacan del partido. Con los jugadores hay sustitutos, pero entrenadores… Hay que tener personal con el carácter y con experiencia en el cargo. No se puede poner a un asistente que no tuvo ese roce y no lo siente todavía como propio ese momento. Hay que afrontar momentos de tensión, manejar egos en instantes calientes, hay que hacer sustituciones que puede generar algún malestar… Para eso necesitás una persona sumamente preparada.

El ego en un entrenador, ¿es necesario?

–Yo creo que siempre es necesario tener ego. El asunto es saber manejarlo. El ego lo toman como una mala palabra, pero si está bien enfocado es determinante en la toma determinaciones en momentos límites. Incluso, si está bien dominado le da lugar a la desobediencia que puede ayudar para que aflore la creatividad. Es necesario.

–¿Se quedó con ganas de tener otro paso por la selección Argentina?

–Me considero un hombre de básquetbol, aprendí el nunca digas nunca. Todo lo que hago primero lo evalúo y después tomo una determinación. Hoy por hoy siento que la selección esta súper bien cuidada y dirigida. Es por eso que estoy en otra selección ahora.

–¿Qué piensa del trabajo de Hernández con la selección?

–Siento que hizo un trabajo formidable, tiene un sello propio el equipo. Potenció a los jugadores, aprovechó el personal disponible… Le temía mucho al tema físico, como los kilos y los centímetros, sin embargo, tácticamente pudieron disimular esa desventaja. No es posible ver lo que vimos sin pensar en la mano del entrenador y su staff técnico. Esto no llueve, tiene un por qué, un mensaje, un trabajo, un entrenamiento. El trabajo fue excelente.

–Si pudiese volver a dirigir un partido otra vez, ¿cuál elegiría?

–La final con Yugoslavia en Indianápolis 2002.