Rubén Wolkowyski

La vida en un estofado de pollo

A los 46 años, vivió la vida de miles y miles de personas: NBA, campeón olímpico, ACB, Rusia, Polonia, Italia, Grecia, Rusia, Uruguay, Puerto Rico, la Generación Dorada, pero no se olvida del perfume de la cocina de su mamá y su papá, Silvia y Anatalio. Luchó por un lugar en el deporte y hace poco contra el coronavirus, una pelea que siempre ganó de la mano de su mujer Mariana y sus hijos Tomás y Florencia.

El perfume atrapa. La imagen es instantánea. Un caldero hirviendo. Burbujas explotando y el abrazo de una cocina que regala amor.  Se escucha a los chicos corriendo y jugando, se puede sentir el comentario de los pequeños enamorados por ese estofado de pollo que invita a soñar. No hay forma de evitar transportarse hasta Castelli, Chaco. No hay distancia, no hay cuarentena que detenga a la imaginación. El relato guarda tanta emoción y ofrece tanto calor de hogar, que es imposible escaparse de allí, de ese universo que es solo suyo, pero que le permite a Enganche compartir en ese vuelo fantástico. Está en su ADN, no se guarda nada, es generoso, se brinda, es cálido, no pregunta por qué, simplemente hace si es por el bien común. Entonces, abre la casa de su infancia en el Barrio 50 Viviendas y permite conocer a Silvia, su mamá, preparando el estofado que mata a cualquier medalla olímpica, aniquila la experiencia más jugosa en la NBA, borra sin contemplaciones las experiencias en Rusia, minimiza a la Liga ACB y opaca cualquier título en la Liga Nacional. Rubén Wolkowyski, se alimenta de las cosas simples, aunque su gen competitivo y su voracidad ganadora lo llevaron hasta la cima del deporte. Él, el gigante de 2,08 metros, no se olvida ni por un segundo de dónde salió.

Sus 46 años, por la forma en la que los vivió a nivel deportivo y las experiencias que le tocaron vivir, adentro y afuera de una cancha, equivalen a la vida de 10.000 personas. Argentina, Estados Unidos, España, Rusia, Polonia, Grecia, Italia, Puerto Rico y Uruguay. Liga Nacional (Quilmes, Boca, Estudiantes de Olavarría y La Unión), NBA (Seattle Supersonics, Boston Celtics y Dallas Mavericks), PBL rusa (CSKA y Khimki), ACB (Tau Cerámica), A1 griega (Olympiakos), TBL polaca (Porkom Trefl Sopot), Lega 1 italiana (Legea Scafati), Liga uruguaya (Biguá), BSN puertorriqueña (Atléticos de San Germán) y TNA (Sarmiento de Resistencia). Medalla de oro en Atenas 2004, subcampeón del mundo Indianápolis 2002 y campeón Panamericano 1995. Una historia cautivante y un vértigo que no da respiro. Y todo eso se redujo a la nada cuando contrajo coronavirus y se dio cuenta que aquello era apenas un detalle, que Tomás y Florencia, sus hijos, que Mariana, su mujer, y el simbólico estofado de pollo eran el motor real de su vida. Una charla con el Colo que se extendió más de una hora y todo por culpa de la pureza en su relato.

–Cuando te parás hoy, que tenés 46 años, ¿podés creer todo lo que viviste?

–Muchas cosas no, muchas cosas que me regaló el básquet son increíbles, la verdad, jugar una final del mundo, una final olímpica, en la NBA, en Europa, ser campeón de la Liga Nacional… Todas esas cosas que te regala, porque el básquet te las regala. Uno puede entrenarse, pero si no fuera por el básquet no tendríamos muchas alegrías. Porque, ojo, hay muchas desilusiones, muchas cosas que uno vivió o que realmente sufrió, me sirvieron para aprender de momentos críticos. Eso lo que te hace es reactivar y volver a las bases y volver a exigirte cada día más.

–Cuando eras pibe había muchas limitaciones, venías de una familia laburante. ¿Qué te viene a la cabeza de aquella etapa?

–Cuando sos chiquito y no tenés un juguete, después cuando sos papá, siempre se lo querés dar a tu hijo porque nunca lo tuviste. No sé, que se yo, yo vengo de un pueblito que ahora ya es más grande, Juan José Castelli, en Chaco, que era un pueblito normal, de laburantes, de campo, mucho campo, impensado lo que era el básquet, porque allá no existía, yo jugaba al voleibol, y bueno, de saltar ahí a jugar al básquet fue… Cuando me lo propusieron en la calle, me acuerdo el maestro este que me lo propuso [Beto Roschuk] que me dijo: “Querés ir a jugar al básquet ahí en Villa Ángela”, le dije que sí, no lo dudé. Si el chabón me hubiera preguntado en el momento “cómo es el básquet”, no tenía idea, yo más o menos tenía un poquito así de haber visto una pelota, de los aros, en el colegio, de tirar… Pero no era amante del básquet. Se ve como que yo tenía un destino que me estaba esperando, y que esta persona me lo trajo para que yo pueda entrar.

@colowolko

–Una imagen o un olor de tu casa cuando eras pibe que recordaste cuando te subiste al podio en Atenas, o cuando estuviste en la NBA, o saliste campeón de la Liga Nacional…

–La cocina. Cuando cocinaban mi mamá o mi papá (Anatalio), era entrar a la casa y ese olor a comida casera siempre. Yo sigo comiendo estofado porque mi señora también me lo hace. O cuando iba al campo, el sentir ese olor a verde, ese olor diferente que hay en el campo. Esas cosas. Son cosas que cuando estuve en el podio en Atenas o en la NBA me venían a la cabeza. Hacés un retroceso de lo que vos viviste para llegar ahí. A mí me vino a la cabeza cuando [Guillermo] Vecchio nos decía a nosotros, siendo juveniles, que izábamos la bandera en el CeNARD los domingos, porque entrenábamos los domingos a la mañana… “Recuerden cuando sean campeones olímpicos y se esté izando la bandera de la Argentina”, lo decía y nosotros éramos incrédulos. Y el día que pasó eso en Atenas, bueno, se me vino la frase de Guille.

–Sos de los duros, además por tu contextura física… Sin embargo, cuando te vi en el documental “Jugando con el alma”, vi al verdadero Colo, ¿qué te pasó con esos recuerdos?

–Me emocioné, no aguanté. Te llevan a lugares y a momentos tan lindos, que vivís con personas que querés, que amás. Te llevan a momentos de familia. Entonces, te empiezan a remover. Le pasó a Pepe [Sánchez], a varios, son momentos muy lindos y entre nosotros, porque hay una química increíble de toda la vida. A mí me pasó esto acá (por el coronavirus), y yo tenía en el grupo de Whatsapp de los chicos que todo el día me alentaban, me mandaban mensajes de aliento. Esas cosas que en ningún otro lado pude tener, y ni ellos creo que lo deben tener. Entonces, cuando se hizo la filmación de ese documental y empezamos a hablar y a recordar y te vienen esos momentos tan lindos, que vos los extrañás, pero sabés que no vas a volver a vivir, pero que lo tenés adentro… Te abrís desde el corazón, para contar y para decir lo que sentís. Cuando estás jugando querés, en el buen sentido, pisarle la cabeza al que está enfrente para ganar y para salir campeón.

Si te llevo por un segundo a Seattle, a ese momento…

–Tengo tres momentos que se me vienen así.  El primer entrenamiento, que estábamos con los Supersonics, corriendo ida y vuelta, y cuando nos parábamos en la línea final, y, esto ya lo conté, miro para un lado y a mi lado estaba Gary Payton y al otro estaba Patrick Ewing.  Y a esta gente yo la veía en revistas o por televisión y si grababas el partido. Y yo estaba ahí con ellos… Era como que, no sé, entrabas en la televisión, en la película. Esa cosa que no lo podías creer.  Otro momento que recuerdo, es que cuando a mí me daban clases de inglés, tenía un profesor que venía al training facility (gimnasio de entrenamiento). Por lo general yo iba con mi hijo Tomi que andaba corriendo con una pelota de un lado para el otro. En eso escuchamos una voz gruesa que hablaba con fuerza y Tomi que se reía, cuando salimos a mirar era Patrick Ewing jugando con mi hijo, lo levantaba para que la volcara. Un tipo increíble, con la historia que tiene él… Y otro es el primer partido en Vancouver, cuando fue la inauguración, que ese fue el momento más nervioso que tuve yo en la NBA. Ese primer partido, esa ansiedad de estar en un partido de la NBA, y en esa época. Te llevo a esa época, estar jugando en un partido en la NBA, que hoy, es increíble y demás, pero en esa época…

Se mete por aquellos recovecos de 2000 y el Colorado no se detiene, exuda pasión y emoción para contar: “Con Pepe [Sánchez] jugamos en el mismo horario, nada más que él, por tema diferencia de horario… Yo la verdad que nunca lo miré ni primero ni segundo (Wolkowysky, por un tema de husos horarios debutó primero en la NBA).  Yo estaba contento que estuviera Pepe también ahí porque éramos dos, me daba una alegría inmensa, porque cuanto más jugadores o más gente pudiera tener o cruzarme… Y la verdad que estaba muy ansioso”.

–¿Te acordás la primera persona de Chaco con la que hablaste aquel día?

–Mi mamá, mi vieja, claro, mi vieja siempre sabía de todo. Ella siempre me acompañó en cada momento de mi carrera, bueno, malo, siempre estuvo ahí. Ella apoyaba, nunca opinaba, nunca criticaba, ella estaba. De esas mamás que siempre están ahí. No me acuerdo nada de esa charla, creo que ella se largó a llorar y yo también, pero fue algo desde adentro, era un momento único, y hablar con tu mamá y que ella se pusiera así, a mí me conmovió mucho.

–Más allá de la experiencia de las ligas en las que participaste… Rusia, España, Grecia, Polonia, Italia, Uruguay, Puerto Rico…

–Los chicos me dijeron te faltó ir a África nada más, y a China no fui porque no quise. Cuando me fui a Uruguay tenía para ir a China y no lo hice, siempre me generó dudas ir a China.

–Impresiona la cantidad de culturas que conociste.

–Me encantaba, era difícil llegar a un país y empezar a armar tu vida, porque yo iba con mi familia, siempre mi señora conmigo y los chicos, a todos lados. Ella sufría muchísimo, porque ella estaba al lado mío y la que por ahí le tocaba hacer más las cosas de ella… La verdad Mariana siempre fue increíble lo que me ayudó. Llegar a un lugar y tener que empezar a buscar supermercado, farmacia, médico… Todo lo que vos necesitás, que tenés en tu casa, cuando necesitás algo y saber a dónde ir, eso era difícil cuando recién llegás a un país. Pero después lo que era la cultura, la relación con la gente, el comer, la comida local, eso a nosotros nos encantaba, salir a conocer, ir a algún lugar. A los lugares que fui, siempre había algo lindo para conocer, en Grecia el Partenón, en Rusia la Plaza Roja, en Italia poder ir a Roma.

¿Esa experiencia en Khimki fue de las más significativas para vos?

–No las más, pero una de las más significativas. La verdad que se armó un lindo grupo, el club era muy lindo, no me quedé más porque no quise. Creo que después de tres años se cumplía un ciclo. Pero yo hubiera terminado mi carrera ahí, el grupo que se armó era lindo. Viste Booker, el jugador (por Devin, de Phoenix), bueno, el papá del chico este, Melvin Booker, jugaba conmigo ahí. Jugó los tres años que estuvimos juntos, éramos los que manejábamos el equipo. Entonces yo al chico este lo conocí ahí, que venía a visitarlo, no era muy grande. Y bueno, con el éramos los dos que más vivimos, y cuando cumplimos los tres años yo me fui y el también. Nos hicieron una cena gigante de despedida, nos regalaron relojes, cosas, nos querían dar autos, nosotros decíamos “qué vamos a hacer con un auto acá”. Entonces , esa gente es así, lo que nos querían a los dos era increíble. La verdad que fueron tres años muy lindos, en una ciudad que parece fría y rara, pero es una ciudad increíble para conocer, para vivir, las costumbres, la verdad que a mí me gustó mucho.

–¿La experiencia que viviste que más te gustó, que decís esta es espectacular y me marcó, más allá de la NBA?

–Olavarría me marcó y mucho, yo venía de lo de Boca, y eso me marcó, es como que me dio un impulso más. A ver, viste, volviendo a lo de antes, viste que yo te dije que a veces las cosas que no son buenas te enseñan, bueno, a mí la de Boca me enseñó muchísimo, yo creía que estaba en lo más alto, bien, como que estaba tranquilo, y ese cachetazo me hizo dar cuenta que no, que no era así, que tenía que volver a entrenarme fuerte, a trabajar como lo hacía antes, para seguir creciendo, y ese cachetazo me hizo despertar. Y lo que vivimos en Olavarría realmente fue muy… Es decir, lo de Boca no fue malo, jugamos la final, la perdimos, pero yo siempre recalco que a mí me hace sentirme bien cuando hay química dentro del grupo, cuando el grupo sigue unido, cuando vos después seguís en contacto, tenés relación con los jugadores porque algo que quedó marcado. Como lo de la selección, lo de Khimki también. Cuando se forma algo, que se habla de química, lo que los entrenadores quieren formar, es lo que te lleva a tener buenos logros.

Mucho más que un equipo: amigos, dentro y fuera de las canchas. Foto de @colowolko

–Vos valorabas a Mariana tu mujer, sin compañeras de ese estilo es imposible, ¿no?

–Yo creo que Manu (Ginóbili) tuvo la misma suerte que yo y muchos chicos también. Pero son muy pocas las mujeres que aguantan a los deportistas y la carrera que llevan. Se van con la familia y se bancan cosas… Que tenés que dormir, que tenés que descansar, que no tenés que hacer ruido, que hoy no se sale… Y siempre que sí, siempre que sí, y todo eso por el bienestar tuyo y de la familia. Ellas dejan muchas cosas de lado por acompañarte. Yo creo que si no hubiese tenido a Mariana al lado, no hubiera conseguido todas las cosas que conseguí. Para mí es una de las culpables de que yo haya tenido la carrera que tuve. Ella me hablaba, me hacía ver cosas que yo no veía. Siempre las mujeres ven cosas que uno no ve, y viste que a veces no querés dar la razón, pero pasa algo y decís “Mariana tenés razón”. Y empezás a hacer lo que te dicen, porque están queriendo ayudarte para que estés mejor.  Muchas veces me bajó a tierra. Cuando pasó lo de Boca estuvo al lado mío a muerte, me apoyó, me hizo ir para adelante. Ella y la familia. Pero ella siempre al lado mío, lloró conmigo, hizo el luto conmigo, y después disfrutó también, porque en el momento en que vos estás bien, que ganás algo o salís campeón de la Liga, lo primero que se me vino a la cabeza fue ella, porque fue la que me empujó.

–¿Cómo es tu vida hoy con el básquet?

–Cuando dejé de jugar, lo hice porque quería ser entrenador de las formativas, hice todos los cursos, estuve en Quilmes de Mar del Plata durante tres o cuatro años, dirigiendo juveniles y viendo a otros cómo entrenaban para aprender. Después me vine a Málaga, estuve trabajando durante casi un año en un club formativo y ahora se terminó con todo esto del coronavirus. No sé si lo voy a seguir, porque con lo que me pasó ahora veo algunas cosas que tampoco estaba dándole importancia, como apoyar más a mis hijos, estar con ellos, viajar, ir a verlos.  Mi hija juega al vóley en Barcelona. Ahora esta acá, pero tengo que ir a apoyarla. Mi hijo también, si va a la Universidad, en los Estados Unidos, también tengo que estar cerca. Lo que más me motiva también es que yo estoy en Argentina dando clínicas y charlas a los chicos. Que tomen lo bueno que nosotros hicimos para ser deportistas, que vean que no es sólo el básquet, sino que hoy pueden hacer una carrera juntándolo con el estudio. A mí me llena ver a un chico contento, o cuando te vas, llorando de alegría por haber entrenado con vos.

Cuando pasás por situaciones como la enfermedad por coronavirs, ¿te das cuenta que no sos invencible?

–Sí, no sé si la palabra es invencible, sino que uno piensa que no le va a pasar nada raro, y en realidad, la vida es como que la tenemos prestada. En un momento algo te la saca la vida. Y a mí con esto, me pareció como que se me iba la vida, parecía que se me estaba terminando todo. Y te juro por Dios que se me vino a la cabeza lo de Kobe Bryant. Cuando yo estaba tirado en la cama, pensaba, porque lo pensé cuando le pasó a él: “Formar una carrera, una familia, terminar una carrera exitosa, y tener todo para disfrutar. Ayudar como él los hacía con los chicos, algo que yo también hago, y que se te termine la vida así, es como decir: ¿valió la pena?”. Yo no quiero terminar así, no quiero que se me termine mi vida, porque empezaba a disfrutar. Esto me enseñó que tengo que empezar a disfrutar cosas que yo no disfrutaba. Hoy me levanto a la mañana, y todos los días miro para afuera y doy gracias que miro la luz de nuevo. Tenés que dar gracia cuando te levantás y ves la luz, porque no sabés qué va a pasar mañana. Y la verdad que hablo y parece muy duro lo que digo, pero es la realidad, porque mucha gente está enfocada en otra cosa y no en las pequeñas cosas que realmente nos hacen bien. Tenemos que agradecer todos los días que tenemos, luz, salud, comida, familia, amigos. Y lo demás, empezar a verlo después, porque si no tenés salud, lo otro no lo podés tener y no lo podés arreglar.

–Contame de tu hija jugando al vóley y el otro jugador de básquet de la familia.

–Bueno, Florencia juega en la selección argentina, jugó el Mundial Sub 18 y ahora está en la juvenil, en el Barca. La verdad que para mí fue algo muy lindo y que explotó de un año para el otro. Porque venía que no sabía qué iba a hacer. Un día me dice “papá quiero jugar al vóley”, y se enganchó con vóley. Empezó a entrenar y es una máquina de entrenar. Si no sale arruinada no se entrenó bien. Entonces, eso la hace súper. Y en dos años explotó. La verdad que me encanta verla jugar, sufro porque son cosas de padre. Y mi hijo ya tiene 20 años. Está jugando al básquet acá, tenía que ir para Estados Unidos, pero bueno, ahora tiene que esperar a que pase todo esto, rendir el examen de entrada a Estados Unidos… Hoy estoy feliz con la cuarentena, con mi señora hablamos que estamos felices de estar los cuatro juntos. Hace muchos años que no disfruto tanto de estar los cuatro juntos en un lugar. Lo que este virus nos va a enseñar es a esas cosas, a valorar los que nosotros no valoramos. Van a ser un antes y un después cuando esto se vaya.

–En esta cuarentena, ¿tus hijos te preguntan cosas de tu carrera y de tu vida que no te habían preguntado?

–Mi hijo ahora me estuvo preguntando lo de Jordan (Michael), si jugué, si lo conocía. Yo tengo una foto con Jordan cuando fui a jugar a Boston. Entré al vestuario a saludarlo y él sacó a todos los periodistas y nos quedamos un ratito solos. Con Tomi jugaba al básquet. Tomi estaba con la pelota y Jordan que estaba de traje se puso a jugar con él. Charlamos quince minutos, nos sacamos una foto y se fue. Pero Tomi se quiere matar porque no se acuerda, tenía dos años y pico, pero él ve la foto y dice, bueno… Listo… Jordan es mi ídolo, yo siempre me acuerdo las cosas buenas, trato de no acordarme de lo malo, porque yo lo admiro por las cosas que él hacía en la cancha, jugando. Después hay cosas que siempre se habla, o se dice, o salen, y uno en la vida privada no es perfecto, jugando uno puede ser perfecto, pero en la vida privada, aquel que diga “yo soy perfecto en la vida privada”, es mentira, nadie es perfecto. Entonces, me quedo con lo que él hizo y nos enseñó a muchos de nosotros respecto del básquet: cómo entrenarse, cómo prepararse, con la famosa frase “cuanto más entreno más suerte tengo”. Todas esas cosas que yo las metí adentro y las llevé, y hoy trato de pasarlas. El que las quiere tomar las toma, pero a mí me enseñó mucho.

En familia. @colowolko

–Algún detalle de aquel encuentro con Jordan…

–A ver, ni bien entré me pregunto cómo andaba, por la Argentina, porque debe ser un tipo que cuando va a saludar a alguien se informa antes. Es como que sabe con quién va hablar, porque si no queda como todo medio en el aire. Me preguntaba por mi familia, por mi hijo, mi cuñado, había preguntado todo. Y Tomi agarró una pelota que había y la empezó a picar, sin darle bola porque no sabía que era Jordan, y él agarró la pelota y empezó a picarla, se la pasaba, y jugaba. Jordan estaba de traje y zapatos, yo lo miraba a mi cuñado y le decía “este flaco es de otro planeta”. Me acuerdo una vez me quise sacar una foto con Kevin Garnett y me dijo “no” y se fue, pero él era así. Sé que a muchos les hizo lo mismo, es más, a jugadores americanos y todo, pero bueno, el flaco era su forma de ser, hay que respetarlo. Pero Jordan, un señor afuera de la cancha. Si era mi ídolo, bueno, pasó a ser el rey para mí.

–Cuando te ponés a repasar, ¿qué te enseñó el básquet y que te enseñó la experiencia de la Generación Dorada?

–El básquet a mí me enseñó a ser disciplinado en todo lo que hacía en mi vida. Yo tuve un primer entrenador, Aldo Marchesini, muy exigente, y yo con esa exigencia llegué a lograr cosas muy rápidas en poco tiempo. Entonces, creo que la disciplina que te da el deporte hace que uno la empiece a practicar en todo lo que hace en la vida. Y ve resultados, y sigue. Quizá hay gente que ve otra cosa, pero a mí la disciplina y la exigencia de prepararte cada día mejor para mejorar lo que hiciste el día anterior fue determinante. Para mí eso fue la clave de lo poco o mucho que pude hacer en mi carrera. Y lo de la Generación Dorada, bueno, ¿qué te puedo decir? Creo que me encontré con gente que pensaba y trabajaba de la misma forma que yo, con esa disciplina y sin el ego como estandarte. Nosotros llegábamos a entrenar y nos sacábamos la mochila del ego, todos éramos iguales, nadie era estrellita, nadie era el mejor. Si bien nosotros cuando jugábamos sabíamos que por ahí Manu tomaba decisiones, que todos teníamos que jugar para él, nadie se negaba a eso. Porque cuando Manu tenía que jugar para nosotros lo hacía. Pepe tenía que poner la cortina, yo romper al que lo defendía para que saliera y tirara cómodo, lo hacía. Pero era una cosa que trabajábamos. Y la solidaridad que teníamos con ese equipo, y la unión… no la tuve en ningún equipo, y nunca perduró tanto en el tiempo, nunca. Hoy, si vos supieras la unión que tenemos nosotros en ese grupo, las charlas que hay, las cosas que hay. La verdad que es una familia como se habla, debatís temas, se tira otra cosa para charlar, entra el boludeo, entra Chapu (Nocioni) a hacer bromas… La verdad que la unión que se forjó en ese equipo, no sé cómo explicarte lo que realmente yo siento por ese grupo, porque no hay palabras para explicarte, la verdad que no la tengo.

–El tiempo forjó esa unión, porque cuando jugaban tenían, como todo equipo, diferencias o no tenían tanta comunión uno con el otro. Sin embargo, entre lo que los valoró la gente y lo que maduraron ustedes, el tiempo los ayudó a considerarse como una familia…

–Sí, pero fijate que cuando nosotros jugábamos, lo que queríamos era lo mejor para el equipo y no íbamos para atrás. Era todo en la cara, para ganar. Terminábamos el partido y yo no estaba enojado porque me putearon o me dijeron algo, porque yo sabía que hice cagadas o que tenía que hacer tal cosa para ayudar al equipo… Entonces, eso es lo bueno de un equipo, poder saber decirse todo en el momento y que nadie se ofenda. Yo he estado en algún otro equipo, putearme con alguno y que se enoje dos, tres días, una semana y vos decís “flaco, si es para el equipo, cómo te vas a enojar”.  No flaco, entonces no entendés para qué estás acá. Bueno, en ese equipo de la Generación Dorada, nadie se enojaba, todos sumaban. Y sí, nos putéabamos, pero terminaba el partido o el entrenamiento y nosotros seguíamos igual o más unidos todavía. Todo eso hizo que nos queramos y digamos hoy que somos hermanos de camiseta, somos como hermanos, nos llamamos los hermanitos.

–¿Qué cosas te quitó el básquet?

–¡Qué pregunta! Es la pregunta más dura. Si vos querés ser deportista, hay muchas cosas que tenés que dejar. Muchísimas. A veces amigos, a veces salidas, el viaje de estudios, yo no lo pude tener porque el básquet no me lo permitió, cumpleaños con tu papá, mamá, hermanos, hijos, amigos… Te va quitando cosas que perdés y no podés volver atrás. Y hoy mi papá no está, hace seis años, y yo con mi papá hubo muchas cosas que no viví, porque no pude por el tema del deporte, con mi mamá tampoco. Entonces, te saca mucho, pero te da muchísimo por otro lado, muchísimo, no estoy diciendo que el básquet…. Al chico que empieza a entrenar, si vos no le hacés ver que va a perder cosas o que tiene que cambiar cosas por el básquet no lo ayudás. Vos no podés jugar un partido y estar en el cumpleaños de tu mamá. Tenés que jugar el partido, si vas al cumpleaños de tu mamá, ya estás afuera. La verdad que se perdieron tantas cosas, yo perdí muchas cosas de mi hijo y de mi hija, que hoy por hoy es como que sentís culpa por no estar con ellos en momentos claves. Me ha pasado de mirar fotos y que mi hija dijera “¿por qué papá no está en la foto?” Y ahí te querés matar, y vos estás ahí tratando de explicarles que papá estaba jugando, pero por dentro es un puñal que duele en el alma.

–Tus hijos nacieron con una realidad muy diferente a la tuya…

–Sí, muy diferente, pero bueno, yo trato de que ellos vivan la realidad de lo que es la vida. Con mi señora no queremos que crean que esto es fácil, que esto se hace así, no es de un día para el otro. Tienen que ver que hay un esfuerzo atrás, que ellos lo van a tener que hacer para poder conseguir su vida, su carrera y su familia. No es “quiero eso” y “tomá”, nunca fue así. Yo he ido muchas veces con ellos para el Norte, a Castelli, para que vean la realidad, el otro lado, lo que a la gente le cuesta, al chico que no tiene nada, al chico que solo tiene un solo par de zapatillas para usar y no tiene otra cosa. Pero, después cuando vas a otro lado, te venís a España y ellos ya ven otra realidad. Siempre es más fácil acostumbrarse a lo bueno que a lo malo y ellos se acostumbran, viste. Pero bueno, la tienen que ver, porque cuando sean más grandes yo creo que en algún momento les va a servir saber que no todo es fácil en la vida, sino que tenés que tener una cuota de sacrificio muy grande para conseguir lo que uno quiere.

@colowolko

–Tres anécdotas graciosas a lo largo de tu carrera…

–Una que me hizo Manu (Ginóbili). Estábamos en Atenas, en dos habitaciones en la villa. Había un baño compartido, entonces, te vas turnando, te levantás a la mañana, pasa uno, pasa otro. Cuando yo paso al baño, estaba con el cepillo de dientes en la boca, una revista o un diario, sentado en el inodoro, y Manu abre la puerta y me saca una foto, y yo digo “que tarado, me sacó una foto”, y después pasó, me olvidé. Y ahora, hace un tiempito, me mandó la foto ¡Se ve todo! Esas cosas digo, no, no podés… Ahora Fabri [Oberto] también me manda fotos de cosas raras que pasaron. Después con el tiempo las ves y te cagás de risa. Pero la de Manu fue buenísima, porque cuando me la mandó yo no podía creer que todavía las tuviera y me dijera “y no sabés las que tengo”. El Chapu y Manu eran tremendos. Una vez jugamos al básquet con México, fuimos a jugar a uno de estos pueblos arriba de México, con la selección en 2003, antes de ir a Puerto Rico, estaba Vecchio de entrenador de ellos y hacía cincuenta grados adentro de la cancha. Por la humedad, el piso era todo agua, íbamos a jugar y no se podía estar parado. Nosotros con Rubén [Margano] siempre era stop largo, entonces le hacen una cortina al Puma Montecchia y yo medio que defendía, entonces salgo con step largo y me resbalo y le pego al base chiquito de ellos, que dio como tres vueltas en el aire y se mató pobrecito. No sabés la de piñas y la bataola que se armó ahí, Vecchio queriéndole pegar a Rubén, le pegó un empujón, después todo bien, pero en el momento que éramos doce o catorce ahí, contra todos. Después, al próximo partido, se armó otra entre Chapu y Mariscal, un jodido. Entonces Mariscal le escupió en la cara al Chapu, no sabés la piña que le pegó, y ahí se armó otra. Fue increíble, todavía nos reímos.

–¿Tres palabras que te puedan definir?

–Qué pregunta difícil, no me gusta definirme, me pone re incómodo.  Yo soy tranquilo, muy… no sé, me cuesta, porque yo sé que todos tenemos defectos, pero trato de ser lo más humilde…

–¿Cuál es el mejor y el peor Rubén?

–A ver, no me gusta cuando confío mucho en la gente, soy de confiar mucho y eso me jugó muchas veces mal, viste, pero prefiero ser así. Y siento que soy bueno en la disciplina del entrenamiento, con eso siempre fui súper exigente y me consideré, bueno, lo hacía bien.

–Y como jugador, ¿cómo te definías?

–Yo era un jugador, a ver… Son diferentes épocas la de antes y ahora, yo era un jugador de rol, de equipo, más defensivo, yo creía que los partidos se ganaban defendiendo. Yo creo que ahora, si bien la defensa es muy importante, la ofensiva pasó a ser mucho más importante que la defensa.

–“Un aliado incondicional”, te definió Rubén (Magnano), a vos y también lo señaló así a Fabricio (Oberto). ¿Es así?

–Tal cual. Entre los dos éramos así, para el equipo. Y en eso yo con Fabri nos entendíamos de memoria, jugando, defendiendo, atacando. De memoria eh. Ayer me preguntaron en una nota con qué jugador me sentía mejor, y lo elegí a Fabri, porque creo que aparte de ser mi hermano, uno de mis mejores amigos, jugando nos entendíamos increíble, nosotros defendíamos y no hablábamos, porque ya sabíamos lo que teníamos que hacer. Eso era increíble, yo nunca lo sentí con otro jugador, solamente con él. Era todo para el equipo. Siempre estaba primero el equipo y después yo.