San Lorenzo

La vuelta a Boedo

Pasaron cuatro décadas y el sentimiento no se diluye: el regreso a donde un pueblo futbolero fue feliz. Un regreso a la tierra prometida late cada día un poco más.

“Mi viejo no quiso pasar más por el frente. Hace 40 años que se fue la cancha… bueno, hace 40 años que no pisa esta cuadra. O cruza por Metán o por Garay, atrás de la cancha por Treinta y Tres Orientales. No pasa. Es un dolor muy grande el que siente. Todos los días pienso en que ojalá llegue a ver otra vez el estadio acá”. Las palabras de Gabriel Pinela, docente de un colegio de la zona que tenía 15 años cuando vio por última vez al Ciclón en el Gasómetro, explican el sentir más genuino y visceral del hincha de San Lorenzo. De aquellos que vieron pasar cuatro décadas y aún se resisten a aceptar que ya no está. La nostalgia se sienta y cruza las piernas en el bar junto con el grupo de integrantes de la generación que consume sus tardes recordando los goles del “Nene” José Sanfilippo, el once de corrido de Los Matadores, las grandes convocatorias en aquellos bailes de carnaval y los preparativos para llegar al mismo lugar de siempre sobre los tablones de Avenida La Plata. La congoja les lacera el alma por no saber si llegarán a ver a San Lorenzo nuevamente en donde alguna vez hubo un estadio. Las anécdotas relatadas para rendirle homenaje a lo que ya no se ve buscan despertar el valor en sus descendientes en la previa al partido probablemente más importante de la historia. Ese partido que, paradójicamente, no lo tiene como protagonista ni a Héctor Scotta, ni a la “Oveja” Telch y tampoco al “Beto” Acosta, sino a los hinchas que heredaron la pasión azulgrana.

Boedo desde su comienzos fue poblado por inmigrantes que le dieron un carácter culturalmente expresivo a través de la literatura, el tango y desde 1916 deportivo con la llegada de San Lorenzo a los terrenos que le alquiló y luego compró en 1928 al colegio María Auxiliadora, que aún permanece a tan solo una cuadra sobre la Avenida Juan de Garay.

Esa área tuvo un enorme crecimiento a lo largo del siglo pasado. Sin embargo, también es real que tuvo un decline al ser paulatinamente abandonado en las últimas tres décadas a diferencia de los barrios linderos que fueron favorecidos por el estado. Pero eso no le impidió nunca mantener su esencia. Boedo reúne todos los componentes que describen a los sectores típicos de la ciudad de Buenos Aires. Los amigos de la cuadra, la banda que se junta en la esquina, el saludo con el vecino, el almacén que todavía te fía, el abuelo que vive en la casa que lo vio nacer, el café en los bares, la porción de pizza con mozzarella tirante, la murga que desfila en los corsos, la pared descascarada y los murales en cada intersección. Todas marcas y huellas que visten un espacio con vida propia que no olvida el corazón que le despojaron. La zona no perdió identidad más allá del dolor permanente que convive con aquellos que crecieron en el terreno donde ya no se ven los arcos.  

En 1979 el gobierno de facto dictó las ordenanzas 38.696 y 36.019 que disponían la prolongacion de las calles Salcedo y Muñiz, y la utilización del predio para viviendas. La pregunta de la apertura de dos calles que no afectaban a la circulación y que hoy en día continúan cerradas, no tenía respuesta y era tema recurrente en cada partido durante todo ese campeonato entre los hinchas que vieron por última vez a San Lorenzo en el Gasómetro el 2 de diciembre de ese año ante Boca. El 9 de marzo de 1983, el club en estado crítico por no tener estadio propio y por afrontar recientemente el descenso, vendió el último fragmento del predio a los consorcios Agrovías y Calder en un monto que estaba muy lejos de lo que necesitaba para sanear sus finanzas. En total recibió cerca de 900.000 dólares, mientras que el Supermercado Carrefour para apropiarse de los terrenos abonó más de 4.500.000 de dólares. Si bien está claro el papel del Estado, la responsabilidad dirigencial que condujo a la desaparición de la cancha, son también recordadas por quienes lo vivieron.

En 1993 se inauguró el Nuevo Gasómetro bajo la presidencia de Fernando Miele, un proyecto que se parecía más a una quimera que a una idea plausible. San Lorenzo volvió a tener cancha después de 14 años pero esta vez en el Bajo Flores. “Yo digo que seguimos siendo visitantes todos los partidos. Yo lo tomo como que es una cancha prestada hasta que volvamos al lugar del que pertenecemos”, comenta uno de los integrantes de la Subcomisión del Hincha e impulsor de la vuelta que, además, agrega: “Conozco gente ya grande que nunca fue al estadio nuevo. Iban a Avenida La Plata pero allá no les interesa”.

Con el paso de los años, el barrio se fue reacondicionando y acostumbrando a no tener el estadio con la incorporación de nuevos vecinos que se resisten a la vuelta. Alegan sus motivos al impacto ambiental, al tránsito, a la tranquilidad de la zona y a la seguridad. Pero hay un porcentaje de aquellos que son de Boedo de toda la vida y que fueron contemporáneos a la cancha que anhelan poder vivir con sus hijos (y ya muchos con sus nietos), lo que vivieron con sus padres. Es una batalla que trasciende el fútbol. Es familiar, cultural y hasta ideológica. El regreso dio un primer paso el 15 de noviembre de 2012 con la aprobación en la Legislatura de la ley de Restitución Histórica. Luego vendría la aceptación de Carrefour de la oferta de compra el 23 de diciembre de 2015, la convocatoria masiva para la compra de los metros cuadrados por aquellos que quisieran ser socios refundadores, la construcción del Polideportivo Roberto Pando (2016) en donde estaba la plaza Salcedo, la firma de las autoridades sanlorencistas del boleto de compra-venta en 2016 y la inauguración de las oficinas administrativas en la esquina de Las Casas como parte de la ampliación de la sede social. El proceso continúa detrás del consentimiento de la Ley de Rezonificación que permitirá principalmente obtener los permisos para el inicio de las obras. 

Para quienes no lo vivieron, transitar por Avenida La Plata e imaginar cómo fue no sólo el estadio sino San Lorenzo en Boedo, resulta una invitación irresistible. El tiempo pasa y lamentablemente cada vez hay menos testigos que pueden contarlo. Pero allí nunca dejó de respirarse fútbol. Este sector de Capital Federal cuenta con algo tan futbolero como simbólico. El cruce de las avenidas Chiclana y Caseros separa una de las rivalidades barriales más arraigadas, la de San Lorenzo y Huracán.

Para algunos volver a Boedo significa mucho más que volver al barrio. Simboliza recuperar parte de la vida. La propia y la del club: las raíces en toda su dimensión. Algo así como reencontrarse con las historias que perdieron sus padres o sus abuelos y que como si fuera un retrato en sepia que pasa en un doloroso loop continuo. En suma, reconstruir la identidad para cicatrizar una herida que lleva abierta más de 40 años.

Último partido en el Viejo Gasómetro. San Lorenzo y Boca. Foto revista El Gráfico.

Una tarea que vive en carne propia como tantos otros integrantes del pueblo sanlorencista, Roberto Adanza traduce sus latidos en palabras: “San Lorenzo es Boedo y Boedo es San Lorenzo, esté o no la cancha. Es así. Los hinchas estamos jugando nuestro propio campeonato que es la vuelta a Boedo”. La aclaración se amplía rápidamente con sensaciones que percibe y lo acompañan desde la cuna. O, en realidad, desde unos meses antes: “Con mi mamá embarazada ya iba a la cancha. Mi papá y mi mamá eran socios de San Lorenzo y mis cuatro abuelos eran hinchas de San Lorenzo. Así que imaginate que al Gasómetro lo recorrí todo. Ojalá pueda ir a la cancha con mis hijos y mis amigos como lo hacía con mis viejos y mis abuelos”.

El plan de Tierra Santa sigue en pie, intacto. Incluso con la lanza en mano de aquellos que no lo vieron pero que igual lo sienten tan propio como los que lo construyeron porque, claro, las tres generaciones de Santos siguen su marcha rumbo a la reconstrucción. Y su norte reza una única dirección: Avenida La Plata al 1700.