Sebastião Lazaroni

La otra verdad: el estigma del entrenador de Brasil 1990

Si la historia la escriben los que ganan, eso no quiere decir que no haya otra versión. Y esa interpretación la cuenta en carne propia el experimentado entrenador mineiro que dirigió en más de diez países y que comandó a la Selección brasileña en Italia 1990. La derrota con la Argentina le dejó una herida para toda la vida y dice que fue "injustamente considerado como el perdedor" de un cruce en el que afirma que le hicieron "trampa".

Pasaron 10.919 días desde aquella calurosa tarde en Turín. La emoción vuelve a asomar ante cada repetición de la icónica jugada en la que Diego Maradona apiló jugadores cariocas para dejar a Claudio Caniggia frente a frente con Taffarel. La exquisita definición para la mínima ventaja fue el detonante de la alegría de un país que aún hoy se guarda con enorme cariño en el archivo esencial del fútbol doméstico. Un partido, acaso, que comprueba que la suerte, alguna vez, estuvo de nuestro lado. Sin embargo, hay una parte ignorada. Acaso olvidada. Para muchos, incluso, la que menos importa. Una posición que, en otros relatos, nos tocó ocupar y que la recordamos, pero que la dejamos acumulando polvo en el lugar menos visible de nuestra memoria. Esto último aplica el entrenador de la selección de Brasil en ese mundial: Sebastião Lazaroni, quien en una charla con Enganche admite que ese partido marcó su carrera, para siempre. La misma que lo hizo vivir diez años en medio oriente dirigiendo en países como Kuwait, Arabia Saudita y Qatar, así como también en otras partes del mundo como Japón, China, Turquía, Portugal, Jamaica, México e Italia, donde tuvo la posibilidad de conducir a la Fiorentina de Gabriel Omar Batistuta. Pero siempre, absolutamente siempre, desde ese 24 de junio de 1990 lo persigue un estigma que a casi 30 años lo mantiene en carne viva.

El gol de Caniggia en el momorable relato de Víctor Hugo Morales

“Volví a Brasil hace poco. Ahora estoy dando conferencias en la Federación Brasileña de Entrenadores de Fútbol, tratando de transmitir mi experiencia a los colegas más jóvenes”, cuenta Lazaroni, quien, con 69 años y ya alejado de la conducción técnica, evidencia con elocuencia su preocupación por la pandemia global por Covid-19: “Lamento que en Brasil el tema se haya politizado. Hay que aumentar la seguridad y las medidas de higiene. La apertura debe ser progresiva porque si no será una catástrofe”.

Se muestra afable y abierto para conversar de todo. Y ese todo, claro, incluye que el  curso de la charla derive, justo con un medio argentino, inevitablemente, en el relato, su relato, sobre aquel partido de Italia 1990 entre Brasil, su Brasil, y la Argentina, la de Carlos Salvador Bilardo. Un partido que marcó un cisma, un quiebre para unos y otros. Con un claro portuñol, Lazaroni se anima y se sumerge en sus recuerdos. En su parcialidad, pero en definitiva en cómo vivió aquel encuentro mundialista que aquí, en la Argentina, colaboró en cimentar mucho más el arraigo maradoniano con su país. Un partido, acaso, que Argentina debió perder. “Hoy a ustedes los jóvenes hay que hablarles lo menos posible para que reciban el mensaje. Hay que ser preciso”, dice como una de las premisas que comunica en las conferencias para los entrenadores más inexpertos y, advierte, que las redes sociales deben ser consideradas como un problema mayor que atenta contra el trabajo de los futbolistas.

Su experiencia más cercana como entrenador finalizó en junio de 2016 en Qatar, donde transitó sus últimos ocho años de actividad. “Uno es más que un simple futbolista o entrenador. Uno es padre, es hermano, es amigo. Y cuando te vas, te alejás de todo eso. Pero son oportunidades y la vida no es eterna. Cuando uno es mayor sabe que tiene que aprovechar porque el tiempo pasa rápido, por eso también quise aprovechar esas oportunidades realizando un trabajo digno”, explica.

Si bien admite que siempre tuvo el sueño de encabezar el combinado de su país, no desmerece al resto de clubes y selecciones que condujo. “Cada paso ha sido fundamental”, admite Lazaroni, que confiesa que el recuerdo de portar en el pecho el escudo de la Confederación Brasileña de Fútbol tiene un sabor agridulce. “Es el punto máximo y para mí es un gran orgullo. Por supuesto que no fue fácil. La organización del calendario y las lesiones fue lo que más padecimos en aquel momento”, comenta. Y agrega: “Sin dudas el clímax de mi carrera fue dirigir un mundial. ¿Fue una frustración? Claro que fue una frustración. Porque con una conquista en un mundial llegás a registrar tu nombre en la historia del fútbol y de la selección. Siento que eso me quedó pendiente. Ganar un mundial y no haberle podido dar al hincha brasileño un campeonato del mundo, es mi cuenta pendiente”, se lamenta, mientras se apresura en aclarar con ímpetu: “Solo pude ganar una Copa América en donde además derrotamos a Argentina”.

Diego cuenta en primera persona la historia del bidón

Su presencia como entrenador de Brail (1989-1990) coincide justo con parte del clímax futbolístico argentino. Una época dorada que se inició en 1986 con la conquista del mundial de México y el subcampeonato de Italia 1990. Una estela triunfal a la que podría sumarse las dos Copas América que logró la Argentina en 1991 y 1993. Tal vez por ello se trata de una pintura fresca y vigente, en medio del proceso más destacado de la historia reciente de la albiceleste.

Y, particularmente, contra el exitismo habitual argentino, el mundial de Italia 1990 se sostiene como una imagen agradable principalmente por el triunfo sobre Careca, Muller y Alemao, entre otros. Alegría para la Argentina. Tristeza para Lazaroni. “En la previa al mundial tuvimos jugadores con lesiones serias. Más allá de eso, la primera fase la ganamos con fluidez. Acabamos jugando con Argentina en octavos de final que había tenido complicaciones para clasificar, pero que era duro, jugaba con un gran corazón y además tenía a Maradona, el mejor jugador del mundo en ese momento. Sabíamos que no le podíamos dar ninguna ventaja”, recuerda. “Aún sabiendo que ese equipo argentino apostaba a una sola situación por partido, el respeto nuestro en aquel momento era más que nunca porque sabíamos del potencial de Argentina. Eran campeones del mundo y podían superarnos”, reconoce.  Suspira y por un momento parece volver a ser aquel Lazaroni derrumbado tras el partido en el Delle Alpi: “Infelizmente no conseguimos aprovechar las numerosas situaciones importantes de gol que tuvimos y se dio esa grandísima jugada personal que nos llevó a caer en una máxima del fútbol que dice que los goles que no se convierten en un arco, se convierten en el otro. Y terminamos afuera”.

Caniggia rumbo al gol

Aquel partido tomó una trascendencia extra cuando Diego Maradona contó en televisión diez años después, la famosa anécdota. La del “bidón de Branco”. Una leyenda que para los representantes de la verdeamarelha no tiene nada de agradable. “Yo la llamo ‘Buenas Noches Cenicienta’. Es decir, nos engañaron para doparnos y robarnos. Yo siempre respeté al adversario que tuve enfrente. Y no sentí lo mismo del otro lado ese día. Siento que me hicieron trampa y queda en ustedes como considerarlo. Quienes deben dar respuestas sobre ese caso son los jugadores argentinos”, esgrime con la crudeza de quien aún siente lacerado su corazón. “Ese partido lo considero una marca en mi carrera. Las críticas parecían lanzadas por una ametralladora. Me quedé con esa tristeza de haber sido considerado como el perdedor injustamente. Porque en realidad Brasil fue perjudicado”, afirma. Sin embargo y más allá de su postura y del dolor por un resultado final adverso que no se puede modificar, sostiene que no guarda rencor por Bilardo: “No me siento defraudado por él. Pero es una tristeza que alguien tan importante que llevó al fútbol argentino a la gloria, haya sido consciente de esa actitud. El ser humano a veces se confunde haciendo cosas que no condicen con el respeto. En eso se equivocaron, pero no desmerezco las cualidades ni de Bilardo, ni de Maradona, Caniggia y el resto de los jugadores”.

A pesar de la frustración, Lazaroni rescata un elemento positivo de aquel período: “Siento orgullo porque cuatro años después parte de ese grupo consiguió la consagración. Siento que fui parte de aquella conquista por el trabajo realizado anteriormente, aunque por supuesto la tarea de [Mario] Zagallo fue importante para poder cerrar esa herida”.

Maradona, con la camiseta de Brasil tras el 1 a 0

Aquella derrota en Italia 1990 no evaporó el protagonismo de un entrenador que inició su carrera en 1984 y que venía de lograr tres títulos consecutivos en el torneo Carioca (Flamengo -1986- y Vasco da Gama -1987 y 1988-) antes de asumir el control de la selección de su país. Luego de la caída de Turín, Lazaroni tuvo su primera oportunidad en la que, a principios de los ’90, fue considerada la liga más competitiva del mundo por estar plagada de las grandes figuras internacionales: la Fiorentina del la Serie A del Calcio. Una de esas figuras era Gabriel Batistuta, que llegaba a la ciudad del Renacimiento para dar sus primeros pasos en Europa con, justamente, Sebastião Lazaroni como entrenador. “Era una Fiorentina en transición, en plena reconstrucción, con propietarios nuevos, con jugadores con poca experiencia en Serie A. Cuando llegó Batistuta supe que tenía que tener su oportunidad. Se veía que tenía grandes condiciones y busqué darle una identidad al juego en la que él tuviera relevancia. Fue una apuesta correcta porque le aportó confianza al equipo y terminó marcando la historia de Fiorentina”.

Hace unos años, la palabra grieta tomó relevancia en términos políticos e ideológicos. Pero este vocablo siempre sirvió dividir el clásico sudamericano. Es esa línea que no representa la frontera sino que refleja una rivalidad que si bien, es solo futbolística, está, se vive, se siente y tiene dos abanderados. De un lado, Maradona. Y del otro, Pelé. Una discusión infinita e interminable. Y para Lazaroni, que no le escapa, se trata de un choque de generaciones: “Pelé es incomparable. Ganó tres copas mundiales. Por suerte, la televisión pudo registrar algunas de sus brillantes jugadas que establecen que lo que digo es cierto”.