Maradona

Segurola y Habana, la increíble leyenda de la esquina definitiva

Hace 25 años, Diego Maradona tuvo un publicitado duelo con Julio César Toresani en el que lo invitó a pelear cara a cara en la puerta de su casa. Aunque suene increíble, que el hombre más conocido del planeta diera la dirección de su hogar en televisión abierta encendió un mito que todavía vive en un rincón de Devoto.

Mientras Miguel Tití Fernández sostiene el micrófono, nadie a su lado intuye que en segundos va a desatarse una leyenda. Charly García, enfundado en un saco gris, tampoco dimensiona lo que está a punto de pasar. Claudia Villafañe, La Claudia, que apenas se acomoda una remera que sobreimprime en blanco a su marido y a Claudio Paul Caniggia, no se imagina lo que vendrá. Diego Armando Maradona, que hace unas horas volvió a Boca después de catorce años, carga munición gruesa contra Julio César Toresani, su némesis de esa tarde de 1995, y arroja casi sin pensar: “Segurola y Habana 4310, séptimo piso. Y vamos a ver si me dura 30 segundos”. Sí, el hombre más conocido del planeta acaba de dar la dirección de su casa en televisión abierta para invitar a tomarse a golpes al futbolista de Colón de Santa Fe. El astro del fútbol rubrica, de una vez y para siempre, a esa esquina del barrio de Devoto como el ring imaginario de todas las peleas de todos los argentinos de ahí hasta la eternidad.

Aunque en 2020, y en medio de una pandemia, la esquina de Segurola y Habana es un lugar mucho más tranquilo que en las épocas en las que vivía allí Diego, de ningún modo esa cuadra parece, ni aunque el mejor detective del mundo quisiera dilucidarlo, aquello que uno se imagina como el hogar de la estrella más conocida del planeta. Parte de un barrio apacible, el edificio de nueve pisos albergó al ídolo durante buena parte de la década del 90 y fue el hogar familiar en el que vivió durante la última parte de su carrera profesional. A 25 años de la frase ante Toresani, el enclave permanece intacto y ofrece pistas para quien se cita allí como si de un templo se tratara. En los carteles que marcan el cruce de las dos arterias, pequeñito y bien al detalle, stickers con fotos del 10 y escudos de Boca delimitan la comarca. 

El edificio en el que vivía la familia Maradona.

El triplex

El templo maradoniano de la mítica esquina es un departamento en forma de triplex, del séptimo al noveno piso, que comienza su desarrollo en un living con desniveles en madera lustrada, en el que la centralidad era ocupada por un par de sillones celestes que fascinaban al astro del fútbol. Tirado allí daba sus mejores entrevistas. A los pocos metros, el primer lugar mítico: el (disputado) museo con las camisetas de Diego. El balcón que rodeaba a toda la planta casi no tenía uso. Allí dejaban las bicicletas de las hijas de la pareja y algunas pertenencias abandonadas. Tras subir una escalera circular y pasar por los cuartos, el tercer piso iluminaba el secreto de una pequeña pileta y un quincho, el búnker del astro. “El corazón de esa casa era la cocina. Era el lugar en el que habitaba el espíritu del hogar de los Maradona. Ahí hacían la tarea las nenas, se cocinaba, se charlaba y pasaba la gente”, cuenta el periodista Daniel Arcucci, acaso el gran entrevistador que tuvo la vida del crack.

Aquel partido que derivó en la mítica invitación a pelear de Maradona.

“Todos los días pasa gente a sacarse fotos con el cartel y con el edificio. Algunos hasta se quieren trepar al palo para tener una imagen mejor. Yo vengo con el auto y los veo. Miran para arriba y tratan de imaginarse a Diego. Esa frase suya sigue trayendo gente”, cuenta Héctor, un vecino que toma Habana para llegar hacia su domicilio, a dos cuadras del mítico enclave. Asevera la leyenda que el astro dijo aquella dirección sin pensar y que luego se arrepintió. Dalma Maradona precisó las consecuencias hace algunos días, ante el periodista Reynaldo Sietecase: “Me subía a un taxi para volver a casa y antes de que dijera nada el conductor me preguntaba: ‘¿Segurola y Habana, no?’. Era rarísimo”. 

Hace unos años, el primero, el cuarto y el sexto piso del edificio salieron a la venta. La inmobiliaria que los publicaba tenía un nombre sugestivo: Maradona Propiedades. Las fotos, el enclave y la administradora en cuestión (propiedad de un sobrino) confundieron a los fanáticos, que creyeron que los departamentos (valuados en unos 600.000 dólares) eran el hogar histórico de Maradona. Pero no. El mítico triplex hoy le pertenece a la matriarca. A La Claudia.


El pibe de All Boys:


La leyenda de la esquina de Devoto no termina en los fanáticos desconocidos. Una mañana de 1995, Carlitos, el Rulo, el Colorado y Leo se subieron al 85 y encararon para el barrio de Devoto. Obviamente que se pusieron los guardapolvos de siempre y viajaron en el fondo del colectivo durante unos veinte minutos. Bajaron en el hospital Zubizarreta y caminaron seis cuadras. La investigación de los días previos había arrojado un dato clave: el departamento de Maradona ocupaba los últimos tres pisos del edificio: “¿Y cuál timbre tocamos?”.

Llegaron al edificio como quienes van a cometer una diablura, disimularon ante la garita de seguridad de la esquina y se encaminaron a ejecutar su acción. Los cuatro frente al parlante, aclararon la voz por si respondía el hombre más buscado del mundo, juntaron fuerza y apretaron el botón. Unos segundos después, la voz femenina inconfundible de Claudia Villafañe emergió en forma de sonido: “Hola”. Nervios, risas y nada. No habían determinado quién hablaba. Tímidamente, Carlitos, el nene de sonrisa gigante, tomó la posta: “¿Está Maradona? Queremos hablar con Maradona”. La Claudia, acostumbrada a los bromistas y pesados de turno, arremetió con todo: “Mirá querido, haceme el favor y dejá de hinchar. No me vengan acá a hacer jodas. ¿Ves ese Policía que está en la esquina? Bueno, ahora lo voy a llamar y les voy a decir que los meta presos”. Silencio. La mujer del 10 seguía ahí. El chico, con vergüenza, intentó remontar la debacle: “No, señora, no se enoje. Mire, mi nombre es Carlos y nosotros somos cuatro chicos que jugamos en las inferiores de All Boys y tenemos a Diego como ídolo. Queremos ser como él. Le prometemos que no queríamos hacer ninguna joda. Solamente vinimos para saber si estaba y pedirle un autógrafo. Por favor, no llame a la Policía”. La vocecita del nene de 11 años debe haber conmovido a la interlocutora, que, ya con otro tono, los instó a volver: “No, chicos. Pasa que Diego no está. Se fue a la casa de un amigo. Pero vengan otro día y les firma”. “Bueno, gracias señora”, cerró Carlitos. Carlitos sabía que algún día conocería a su ídolo. Carlitos, que era un nene, en el 2020 es el 10 de Boca: Carlos Tevez.

El enemigo querido:

La pelea Maradona-Toresani se originó por la expulsión del Huevo a manos del árbitro Francisco Lamolina. La nota que disparó la bronca de Diego (y la posterior cita a pelear en la puerta de su casa) fue una entrevista post partido en la que el futbolista de Colón de Santa Fe aseguraba que a él lo había echado el 10, que había manejado el partido. En las redes sociales también se recuerda otro latiguillo del oriundo de Villa Fiorito, pronunciado algunos segundos antes del histórico “Segurola y Habana”: “¡Que le pregunten a Lamolina! ¡Que le pregunten a Lamolina!”. 

“La frase con la dirección de su casa quedó en el recuerdo. Me la repiten siempre, en todos lados”, le asegura Lamolina a Enganche, 25 años después de la mítica discusión. “Yo sé que ellos después fueron amigos”, rememora el árbitro y tiene razón. Los dos futbolistas compartieron plantel un tiempo más tarde en Boca y terminaron forjando una preciosa relación. Tras el suicidio de Toresani, en el 2019, Maradona publicó una sentida reflexión en su cuenta de Instagram: “Pensar que lo quise pelear y hoy lo lloro. Después de aquella famosa discusión, él vino a jugar a Boca y fuimos grandes compañeros. Hablé muchas veces con él por teléfono”. 

“No era para que se pelearan, pero el ánimo del partido venía bravo. Diego volvía y fue un momento histórico”, afirma Lamolina. Sobre el final de la charla, abre el cofre de los secretos y cuenta la perla final sobre esa tarde: “¿Querés que te diga la verdad? Diego jamás me pidió que lo eche. Maradona nunca hubiera hecho eso. Él quería que se quede en la cancha. Es más, yo le saqué tarjeta a Toresani porque me puteó. Cuando lo vi en la tele no lo podía creer. Que le pregunten a Lamolina, decía. Bueno, ahí está. Si no me insultaba nos ahorrábamos un problema bárbaro”. Nadie sabe qué hubiera pasado con la esquina del barrio de Devoto si Tití Fernández no ponía ese micrófono, si Charly García no miraba incrédulo o si Claudia Villafañe no se cobijaba bajo el brazo de su marido mientras Maradona pronunciaba en televisión abierta la dirección de su casa. Nadie lo sabe. Lo único que los argentinos saben es dónde invitarán a pelear a la próxima persona con la que se crucen en una discusión.

-Segurola y Habana 4310, séptimo piso.