Lucas Legnani

Sumergido en el reino de las decisiones y las emociones

A los 41 años es considerado el mejor jugador de bowling de la historia de la Argentina. La lucha en una disciplina considerada un juego, pero que es deporte en el que el coeficiente mental para leer el juego, dominar las nervios y conocer las pistas, es determinante.

Cuando se trata de bucear en el universo de los deportes hay una infinidad de actividades que se escapan del imaginario de una sociedad embebida por una pelota de fútbol. Y no se trata de desestimar esos placeres, sino valorar otros, menos convencionales, que tienen talentos en celeste y blanco, pero los flashes no los toman con frecuencia. Y en ese contexto, es posible que en muchas oportunidades al bowling se lo asemeje a un juego simplemente, aunque es una disciplina que tiene varios adeptos y que en la Argentina tiene las luces puestas, desde hace muchos años, en Lucas Legnani, considerado el mejor jugador de todos los tiempos de estas tierras. Ahora bien, este muchacho de 41 años, lejos está de pararse en un lugar semejante, lo que transmite es claridad, humildad y una paciencia admirable para describir con mucho cuidado de qué se trata destacarse en un deporte que para la mirada popular es apenas un pasatiempo.

Se apasiona, no importa si se trata de hablar de bowling o de música, su otro costado. Era DJ, pero eligió correrse de la noche, por un día se “asustó”, para dedicarse al deporte. Le hubiera encantado tocar con Hernán Cattáneo, pero se dio el gusto de participar del circuito de bowling en los Estados Unidos, cuando en aquellas tierras estaba la Meca del deporte de los bolos. Y claro, cuando Legnani habla, Enganche hace silencio y trata de aprender de un deporte que tiene muchos detalles vinculados con la fortaleza mental, con la física y con el estudio de una cantidad de factores, que vale la pena que el mejor de todos en la Argentina, detalle a la perfección.

–¿Cómo es ser jugador de bowling? Porque muchos lo confunden con un mero juego, que lo es, pero pierden de vista la esencia deportiva del mismo.

–Al principio, uno combatía la causa por hacerle entender a la gente que se trata de un deporte. Y con el tiempo te das cuenta que algunos lo toman como tal, como un deporte, y otros como un juego. Por ejemplo, si yo voy a jugar al pool, me lo tomo como un juego. Sin embargo, sé que hay una Federación y personas que se lo toman de manera profesional. La verdad, no es un deporte masivo. Entonces, sí te sentís sapo de otro pozo, porque la mayoría de las personas que escuchan que jugás al bowling dicen “guau, qué raro, cómo es, y si ganás plata y si te va bien”. Y es bastante distinto, mismo acá en la Argentina es un deporte practicado por muy pocas personas. Te diría que si te vas a los números no tenemos más de 400 jugadores de bowling en todo el país. Si lo comparás con los gringos, ellos tienen 7 millones de jugadores.

–En un momento, acá, era un deporte caro. ¿Por qué es caro?

–Caro es relativo. Pero si vos lo querés practicar a un nivel medio, como aficionado, vas a la bolera una vez por semana, jugás una liga, te comprás una bola cada dos años. Así no es caro, pero si empezás a meter volumen de entrenamiento, competencia, renovás tu equipo con dos, tres o cuatro bolas por año, pasa a ser un deporte que te lleva 20 o 25 mil pesos por mes. La mayoría de los jugadores que forman parte de la selección o preselección ya cuentan con algunos beneficios. En mi caso, por ser parte de la selección estoy becado y estoy sponsoreado por una marca de bolas de bowling. Si tuviera que comprar lo que utilizo, me saldría una fortuna por mes.

–Ponelo en términos de no estar becado, sos el mejor jugador argentino. ¿Cómo sería tu realidad si te tuvieras que bancar solo? ¿Cuánto sale tener una buena bola para competir?     

–Una pelota de bowling, como está el dólar, vale unos 35 mil pesos. Y vos no podés ir a ningún torneo medianamente competitivo con menos de 5 o 6 pelotas. Ya arrancás por ahí: casi 300 mil en bolas. Los mejores del país que no están auspiciados por ningún sponsor, perforan dos o tres pelotas por año. Ya arrancás con 100 de base. El entrenamiento lo pagan barato en el club. Después, la Asociación se los está dando gratis, pero una línea en la bolera te sale 200 pesos. Y , para entrenar, precisás entre 25 y 40 líneas semanales. Los números se te pueden explotar. Sucede que cuando estás adentro del circuito, en una selección o preselección, ya estás jugando Ligas y eso lo podés amortizar. La realidad es que un jugador no va a ganar dinero con esto. Es cómo hacer para gastar lo menos posible para representar a la Argentina para jugar un torneo afuera. Dinero involucrado hay, tal vez, en el nivel que yo llegué y ya no estoy, vos tenés que salir a jugar, pero con tu cajita de dinero para pagar los viajes, los torneos, las inscripciones… Y en algunos torneos casheabas (ganar dinero) y había años en que el saldo era positivo. Es una apuesta fuerte que la hacés por amor y por disfrutar de lo que hacés.

–¿Cómo era ese mundo? ¿Estados Unidos es la Meca?

–Ya no es. La Meca está en Asia, los últimos campeones mundiales son coreanos. En Japón, actualmente, tenés más boleras y jugadores que en los Estados Unidos. Los programas asiáticos de desarrollo son los mejores.

–¿Cuánta plata perecisás si querés apostar para ir a competir en ese nivel?

–Yo hacía, por ejemplo, dos veces por año Estados Unidos y una vez por año Europa. Salía de acá y hacía tres torneos: Barcelona, San Marino y Munich. Entre pasajes, hoteles e inscripciones te salían entre 5 y 6 mil euros. Si hacés top 16 en dos torneos y en el otro te va mal vas a ganar 1500 o 2000 euros. Si hacés un papel bueno en los tres, tal vez, recuperás el dinero. Y si hacés un papel superlativo, te traés unos euros o dólares. Estamos hablando que el que gana Barcelona, San marino y Munich cobra 8000 euros. Estamos hablando de ganar el torneo, algo que es muy difícil. Entonces, en el mejor de los casos, en esa parada te trajiste un pares de miles de euros. Y, en el peor de los casos, perdiste unos 3000 o 4000 euros. Eso multiplícalo por tres, porque Estados Unidos es muy duro. Las bosas son muy bajitas. Es mucho amor al arte. Tuve unos años buenos que me dieron caja suficiente para bancar los años siguientes. En mis últimos dos viajes a Europa, de uno me traje 2000 euros y del otro 6000. Y si lo pasás a plata de hoy es un montón de guita. Esto fue San Marino 2017 y 2018. El año pasado no viajé y este, obviamente, tampoco.

–Un jugador top, del circuito internacional, ¿puede vivir del bowling?

–Que viven muy bien, estamos hablando de que lo hacen como un top 50 del tenis. Eso es vivir muy bien en el bowling. Estamos hablando de ganar 300 o 400 mil dólares por año. Tenés 3 o 4 o 5 que pueden vivir. Son Jason Belmonte (Australia), E. J. Tackett (Estados Unidos), Kyle Troup (Estados Unidos), Chris Barnes (Estados Unidos). El resto sobrevive. Ellos tienen contratos con las marcas de las bolas de bowling. Jason es el mejor jugador de los últimos 10 años y cobra 120.000 dólares anuales de la marca de bolas. Eso no se asoma a lo que gana un top 20 de tenis o un top 30 de golf. El grueso de los jugadores del circuito, los muy buenos que tiene posibilidades de ganar títulos y demás, es una lucha constante por break even (cubrir los gastos). En Asia es diferente, por lo programas de desarrollo que son muy buenos y si sos bueno, el gobierno te beca y eso te dura hasta la jubilación. Los asiáticos juegan mucho porque la posibilidad que te da entrar en un grupo de elite te asegura una buena subsistencia en países donde la clase media es muy pobre: te mudan a tu familia para la capital y te garantizan el futuro. No es profesionalismo, es amateur con un gran nivel. Son mundos distintos. En Asia lo hacen por el sustento que te aporta el gobierno es altísimo. En Estados Unidos es diferente, los que salen de las Universidades se tienen que bancar los estudios y luego el circuito internacional sin garantía de poder vivir de esto. En el interín de buscar la carrera te pasa lo que me pasó a mí: se me abrió la puerta de tener mi negocio de bowling, dar clases y tener muchos alumnos, de operar mi proshop, de dar clínicas. Básicamente, perseguís tu sueño de jugar al bowling, te das cuenta en el proceso que es muy difícil, casi imposible y empieza a abrirse el camino de lo que es la infraestructura del deporte en general. Vas ganando terreno por ahí y terminás viviendo de eso. De hecho, la mayoría de los profesionales tienen su proshop, algunos tienen su bolera, la mayoría dan clínicas y clases.

–Para quien no entiende demasiado, ¿por qué el mejor es diferente a otros? El jugador de bowling, ¿por qué se destaca sobre otro?

–Si vamos a Jason [Belmonte], él es la persona que cambió el deporte. Él llevó al deporte de jugarse con una mano a jugarse con dos manos. O sea, ellos al momento de entrar la bola en la cancha, tienen la dos manos en la pelota y no tienen el pulgar adentro de la pelota. La agarran con las dos manos. Ese cambio, al principio, fue tomado medio a la ligera. Y Jason, además, tiene el coeficiente intelectual más alto del Tour. Es una persona muy inteligente y el bowling es un deporte de decisiones, tiro a tiro se están tomando decisiones. Obviamente, el nivel de conocimiento dentro de lo que es la parte teórica del juego, lo que es bowlmotion, lo que es la física involucrada al movimiento de la pelota, tiene muchísimo que ver. Y él, lo que quiere lo tiene, a donde quiere ir va. Es un combo de cosas que lo hicieron el mejor del planeta por un período de tiempo muy largo. Nunca se había dado algo así, de tantos años. Tuvo dos temporadas malas en el medio, pero sigue siendo el mejor. Y después, en otra clase de jugadores, las características son difíciles de traer a un plano terrenal, porque todos hacen algo parecido; todos tienen mucho conocimiento y compiten mucho. Pero hay un factor superior que tienen dos o tres de ellos, que nunca sabes qué es, pero está vinculado con lo metal y el control de las emociones; por caso, ante una cámara de televisión mi cuerpo lo siente y el de ellos no. En términos de ejecución de la pelota te das cuenta que son buenísimos, pero en la consistencia es donde se marca el salto.

–¿Hay diferencias entre bolas y pistas en las que compiten y es necesario tener lecturas diferentes en cada caso, como puede ocurrir en el golf?

–Sí, es muy parecido al golf en ese sentido. Las pistas son iguales en dimensión, pero cambian constantemente porque tienen un aceitado con diferencias de largo, de ancho, de volumen y de compuesto del aceite. A la vista es siempre igual, pero en el juego es todo el tiempo diferente. Cuando avanza el tránsito es cuando hay que encontrar los movimientos y la velocidad justa, así como los cambios de sector y de mano. Todas esas decisiones van variando a lo largo del camino. Cada jugador lo sabe, aunque son muy poquitos los que pueden dominarlo completamente. 

–Antiguamente se hablaba de la “caída” de la cancha, ¿es algo que sigue existiendo?

–No, porque para que las autoridades aprueben una pista no puede haber una diferencia mayor a un milímetro entre la parte más alta y la más baja. La topografía es la pequeña ventaja que sacan los locales porque saben, por ejemplo, que la pista 17 reacciona mejor que la 18. La inclinación no es algo que afecte; es demasiado sutil.

–Tenés también una gran pasión por la música

–Sí, pero lo hago, como el bowling, por amor al arte. Soy DJ profesional pero dejé de pasar música en boliches hace 10 años. Se me presentó la oscuridad de la noche y desistí. Y pasa también que una actividad deportiva de alto rendimiento no puede convivir con un tour de música y elegí lo primero. Sigo tocando en eventos de fin de año, porque sigue siendo algo que me gusta mucho y no lo puedo dejar.

–¿Dónde habías tocado hasta 2010?

–Iba tres veces por año a Genux y Pachá en Bariloche y en la Capital, estaba en Barein, Cocoliche, Club Pachá. Estaba metido en el circuito que había en ese momento y toqué con todos los que estaban en la escena del momento. No llegué a estar con Hernán (Cattáneo) pero me hubiese encantado. Estaba metido, estaba en el circo, y un día me asusté.    

–¿Tu bolera dónde queda?

–En Olivos, sobre Libertador y todos los que vienen a jugar es con una cita arreglada previamente. Claro, cuando se podía.

–Tuviste una experiencia en Estados unidos pero no te quisiste radicar alla.

–Todas las buenas y malas experiencias, los cortes que fallaste y las finales en las que estuviste es lo que me hacen el jugador que soy hoy. Sin codearte un tiempo prolongado con los mejores del mundo, es muy difícil llegar muy alto por más que te la pases entrenando y compitas en todos los Panamericanos y Sudamericanos. La frialdad del bowling profesional te hace ver lo complejo que es este deporte.

–¿Qué fue lo que más te impresionó de ese mundo?

–Es muy fuerte lo que sentís cuando llegás y disputás los primeros torneos. Te sentís insignificante a un nivel extremo. Y no te ayudan, no son embajadores del deporte; no hay confraternidad como puede suceder en un Sudamericano.         

–¿Cómo fue ese primer torneo?

–El primero profesional que disputé fue en Colombia en 1993. No sabía con qué me iba enfrentar y cuando te aparece ese mundo, te muestra cuál es tu nivel y cuál es el que hay ahí. Para alcanzarlo, te das cuenta que necesitás romperte el lomo toda la vida. Por eso están los que desisten y prefieren limitarse a sus ligas, y está el que se lo toma como un reto al encontrar algo mucho más difícil de lo que esperabas. 

–¿Cómo te llevás con eso de que acá te hayan catalogado como el Messi del bowling, cuando vos mismo reconocés que los tipos que en el nivel hiperprofesional están en otra categoría?

–La dificultad de jugar afuera es muy grande como para tratar de explicarla. Competir en ese nivel fue lo que a mí me permitió estar en el escalón más alto acá y ganar los nacionales, pero afuera hay un mundo que está mucho más allá. Hubo años en los que jugué fuerte, diez o doce torneos internacionales, pero el volumen de competencia que ellos tienen está en otra escala; pueden jugar 25 o 30 de esos torneos por año durante una década o más. En el par de torneos internacionales que puedo jugar por año sigo buscando sumar experiencia.