Enganche literario

Te amo cuando callas

"Amores entre futbolistas y periodistas. Bellas historias, con alguna dramática excepción que el Enviado nos revela..."

Hacía algunos días que no veía al Enviado. Fui a buscarlo a “su” plaza, respetando los protocolos básicos de salud (barbijo, distancia social), pero con la expectativa de siempre: acceder a alguna revelación que obrara como inspirador insumo para mis ficciones. 

Lo encontré mirando un punto fijo, casi desatendiendo lo que yo suponía era mi ansiada presencia. En verdad, la ansiada presencia era otra:

–Pasa cada 15 minutos, durante aproximadamente dos horas… corre sola…- me dijo, mientras sus ojos amplificaban su brillo ante el paso de una cíclica runner – Nunca sabrá que la amo… pero espero su llegada con más ansiedad que la humanidad la vacuna contra el Covid19… 

Como tantas veces me ocurría con esas reflexiones del Enviado, confundí el humor con el dolor, y lancé una risotada. 

–No se ría discípulo…no es lindo amar en silencio…y si me apura, le diría que no es lindo amar…   

–¿Y por qué no le confiesa su amor?

–No puedo…no me animo a hablarle, y aunque me animara ya no puedo correr tanto… Cuando la promesa de jadeos festivos es desalojada por la certeza de jadeos lesivos, es mejor callar. A propósito de eso, siéntese a dos metros que le voy una historia en la que callar no fue lo mejor…

Los nuevos paradigmas de género han puesto la actividad futbolística en el radar de las prácticas deportivas femeninas, pero también han abierto una huella en otra actividad hegemónicamente surcada por la masculinidad: el periodismo deportivo futbolero. Los canales pasaron de no tener una sola mujer comentando a tener a una o varias de ellas en sus paneles de debate o en sus columnas de presentación y análisis. Hace un manojo de años, algo de su oratoria sonaba como forzada, pero hoy hay mujeres que realmente saben muchísimo de fútbol y que transmiten sus ideas con convicción, agudeza…y  belleza. He aquí un punto sensible: si digo que muchas periodistas futboleras son hermosas seré arrojado al arcón del machirulismo explícito; si omito este detalle, seré un sobreactuado progre a quien la corrección política le impide decir lo que siente. La sencilla verdad es que estas muchachas son las dos cosas: lúcidas y hermosas. Además de grandes comentadoras, son mujeres cuya sola presencia convoca nuestra mirada tanto como un caño, un tiro libre al ángulo o una rabona. Algunas de ellas, incluso, merecen que su mera presencia nos distraiga de un caño, un tiro libre o una rabona. Son, en verdad, la síntesis del fútbol; trascienden, superándola, la vieja antinomia resultadismo-belleza; en ellas se consigue el resultado (explicar bien) y la belleza (que lo explique ese rostro y esa voz que atarean a las musas). En ellas, hasta un comentario sobre el partido entre Hertha Berlin y el Wolfsburgo es atractivo.

Vamos ahora a la historia. Se sabe que hay por el mundo algunas historias de amor entre futbolistas y periodistas. Muchísimas, todas ellas fraguadas al calor de esa pasión inexplicable que es el fútbol, no menos inexplicable que el amor. Pero en general las que se conocen son las que cumplen las fantasías románticas y pueblan las tapas de revistas. No tienen tanta trascendencia las que desgarran los corazones y frustran carreras…como la de Ezequiel Miranda. 

Ezequiel debutó en primera y todo fue conjugado en futuro perfecto. Era de esos pibes de ahora, en los que convergen tomar la leche con su madre o dedicarle un gol a su abuela y luego ir a cualquier cancha brava sonriendo mientras miran a la hinchada rival. Apenas con veinte años, ya se rumoreaba que el Ayax y el Inter se lo disputaban, pero su timidez le impedía hacer comentarios sobre sus potencialidades. Ah…su timidez, eso lo condenó, sin dudas; eso y la otra pata del desastre: haber visto una tarde cómo Mora Lejman comentaba su actuación: “Hoy ha aparecido, creo, la figura más prometedora de nuestro fútbol. Tiene 20 años, se llama Ezequiel Miranda y deslumbra a quienes amamos este juego…”.

Ezequiel fue fulminado por este comentario. Por quien hizo el comentario, desde luego. Vio en ese rostro la alquimia de inteligencia, lucidez, valentía, belleza, ternura, y sintió lo que la mitología tan sabiamente cifró en su inapelable ícono: el feroz y certero flechazo. Fue verla a Mora y sentir, como decía Borges, que le dolía una mujer en todo el cuerpo. Pero si ya verla fue una revelación, verla hablar “de él” fue demasiado. Esa misma tarde, desatendiendo la multiplicación de elogios que lo acariciaban en cada programa deportivo, se sentó como quien se prepara para ver el mundial a la espera de que Mora volviera a nombrarlo. El milagro ocurrió pasadas las doce de la madrugada; en esos repasos de la jornada deportiva, la joven pontificó: “Y llegamos al postre de la noche…las mejores jugadas de uno de los soplos de aire fresco que vino a purificar nuestro fútbol sin ideas: Ezequiel Miranda…”.    

Allí entró en juego entonces, para solaz de las parcas, su timidez. Ezequiel, a diferencia de esos pibes que ni sacaron un lateral y ya quieren casarse con Pampita, calló su amor. Lo calló con caballerosidad, sí; lo calló con hombría, sÍ; lo calló a la espera de que en alguna esquina el fútbol celestino propiciara el encuentro para  confesarle a Mora ese amor en silencio.    

Una tarde todo comenzó a complicarse. Ezequiel tiró un hermoso caño de espaldas al banderín del córner y lo aplaudieron hasta los hinchas rivales. “El lujo del campeonato” dijeron algunos comentadores. Otra cosa dijo Mora: “Ah…qué delicadeza, la jugada que más me gusta tirada por el jugador más exquisito…no dejes de tirar caños Ezequiel; nuestros ojos, agradecidos…”. En el partido siguiente, Ezequiel tiró diez caños solo en el primer tiempo, todos perfectos menos uno que terminó en gol del rival. En el entretiempo, el uruguayo Kevingston Artigas lo agarró del cuello y le dijo: “No jugués con mi plata, pendejo…jugá al fútbol, no a la pelota”. Ezequiel, que admiraba a Kevingston e incluso tenía con él cierta confidencia, le dijo la verdad. El uruguayo se conmovió: “Ah…es por el amor de una mujer. Te entiendo…igual no jugués con mi plata, pendejo…”.

Pero lo que demolió al hábil joven no fue la amenaza del uruguayo. Pasadas las doce, nuevamente, como si fuera un hechizo que se rompía, una ofuscada Mora advirtió: “El fútbol no es tirar caños mientras los compañeros se raspan la piel…me parece que Ezequiel Miranda le tiene que agregar a su talento algo de seriedad y don de mando, si no quiere quedar, como tantos otros, en mera promesa…”.

Fue raro ver en el partido siguiente a un Ezequiel sin frescura, gritándole a sus compañeros con tono caudillo. Para el verdadero macho alfa del equipo esto fue el final de una amistad: “No me mandes al frente pendejo, porque te bajo todos los dientes…” fue la profecía odontológica de Kevingston.

Los partidos de Ezequiel comenzaron entonces a ser un secreto e inescrutable protocolo que seguía las “sugerencias” de Mora. “Le podría agregar algo de dinámica a su juego” se transformó en una tarde de olímpicas e improductivas zancadas; “A la dinámica hay que adosarle pausa” se hizo pachorra exasperante; “Para mí puede jugar perfectamente atrás tirándole pelotazos a los compañeros” lo condenó a una incomprensible tarde de bochazos para nadie.

Una noche (“la” noche) Mora dio la estocada final: “¿Me parece a mí o Ezequiel Miranda esconde la pierna? ¿Estará pensando en su futuro europeo más que en el club que lo formó?”. Cinco del primer tiempo, el 2 del rival, famoso por su virilidad, va en busca de la pelota, Ezequiel siente el llamado del amor, y a pesar de que está lejos de la jugada, hace un esfuerzo sobrehumano  por trabar. Se oye un ruido seco, como de árbol que cae en el bosque; ¿es la pierna de Ezequiel? No, peor aún, es la del Cholo Peletti, que desde el piso parece pedirle a sus compañeros que limpien su honor. Hay un remolino que lo busca a Ezequiel; como un vikingo, el joven ve en cada enemigo una razón para acceder a Mora, su Valhalla. Uno a uno les pega hasta verlos caer, hasta que llega el momento en que su carrera se trunca para siempre: ante la inexorable expulsión, hace una pirueta de UFC y duerme al árbitro de una patada.

Ese fue el último partido de Ezequiel Miranda como profesional. Lejos como una mujer que no nos quiere quedaban sus sueños de jugador de elite.

Una noche, después de las doce, escuchó de los labios amados: “Fin de una carrera que parecía destinada a la gloria. Queda una duda cuya respuesta solo Ezequiel Miranda conoce: quién ha sido la voz detrás de él, cuál ha sido la nefasta influencia que llevó a un joven lleno de talento a este triste final”.


A Morena Beltrán y a todas las periodistas.