Mía Fedra

Una historia de rescate e identidad

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Es la única tenista trans de la Argentina y la primera en dar un paso hacia el mundo del deporte para cambiar su vida; a los 17 años había abandonado todo, la noche la atrapó, pero salió de ese universo y ahora su mundo está entre courts y raquetas

“En el momento en el que te sentís más vulnerable es cuando decidís ser trans. Ahí es un punto de inflexión en tu vida: te expulsan de tu casa o se la bancan. Esa es la clave de todo. Cuando apareció la Ley de Identidad de Género hubo otro quiebre, porque es cuando le decís a tus padres que te vas a cambiar el nombre, porque para ellos el nombre es el que te dieron cuando naciste”. Las palabras de Mía Fedra fluyen, con su ritmo, con  su impronta, con una sonrisa que se escapa cada tanto, con su seguridad. Se siente plena y se le ilumina la voz cuando cuenta que es el única jugadora trans de tenis en la Argentina.

Se encontró con el tenis a los 7 años y pasaba horas y horas en el Village de Adrogué. Su mundo era el deporte y cada día su talento crecía, pero afuera de la cancha una revolución interna la inquietaba. Por eso dio un vuelco, dejó todo y cuando terminó la secundaria adoptó el nombre Mía (por Mía Farrow en el Bebé de Rosemary).

Cuenta que sufrió bastante hasta los 16 años, pero después ya no se sintió herida por las miradas ajenas. A los 18 dejó su casa, ya con el profesorado de tenis en su mochila, y trabajó como drag queen en boliches  porteños. Fueron noches largas, recuerda.

En mayo de 2012, la Ley de Identidad de Género le permitió pensar en cambiar su vida una vez más. Entonces modificó su DNI y desde allí reescribió su historia. Una nueva vida que incluye entrenamientos dos veces por semana, acondicionamiento físico y jugar y jugar torneos de tenis. Mía charla con Enganche y permite bucear en su universo, ese que la tiene como la única chica trans que eligió dedicarse al tenis. Y reflexiona: “Voy caminando como pinta, no hay bandera para nada. Es lo que quiero hacer y punto. Quiero jugar al tenis, no tengo plan”.

–No habla bien de la inclusión que seas la única tenista trans profesional de la Argentina.

–Supongo que es así, me parece que el hecho de tener un poco una vida marginal, forzada claro, y que esta situación te acerque a la noche y a las drogas, hace que te alejes del deporte. Me parece que por ahí pasa que no haya chicas trans practicando tenis de manera profesional. Y en el resto de los deportes hay pocas.

–¿A dónde te lleva tu primer recuerdo con el tenis?

–Soy de zona sur, empecé jugando ahí, buscando club cuando era chica. Era súper competitiva. Tenía una mentalidad de competencia, iba a la escuelita de tenis y no quería la recreación, quería competir.

Fotos: Carlos Sarraf

–¿De qué edad a qué edad fue tu desarrollo tenístico?

–Desde aquel primer momento no paré de jugar. Me federaron un poco de grande, porque mi papá ignoraba el deporte. Iba de club en club jugando. Pero cuando le dijeron que yo jugaba bien, aceptó que me federaran. Tuve mi auge como a los 14 o 15 años, que ganaba casi todos los torneos. Entre los 12 y los 17 años no paré de jugar.

–¿Qué pasó cuando tu vida dentro de la cancha contrastaba con lo que te pasaba afuera?

–Primero te frustrás un poco. En un deportista el aspecto psicológico es determinante. Sumado a eso, sentía que tenía un techo en mi tenis, que no podía jugar, que no me daba la potencia, que jugaban los demás mejor también. Y la cabeza afuera era un lío, por mi sexualidad. Te juro que había momentos en los que perda frustrada, lloraba, la pasaba muy mala palabra. Pero no era sólo por perder, era una mezcla de sensaciones inmensa.

–Así se va dando la vida…

–Tuve problemas de ira, porque estaba con el tema de las hormonas… Antes de dejar de jugar, quebré raquetas, que eso era para mí y para mi familia como una mala palabra. Porque en el tenis no está bien hacerlo, porque es un mal ejemplo para los chicos. Además, porque es carísimo romper tu herramienta de trabajo para el deporte. Pero de verdad que me sentía frustrada, lloraba, la pasaba muy mal.

–¿En qué momento dejás de jugar? ¿Tuvo que ver lo que estaba pasando con tu sexualidad?

–Yo creo que sí. El cuerpo, el físico, me pedía una transición. Yo digo que no fue abrupto el cambio, pero sí fue brusco. Porque tenía que vivir de diferentes maneras. Mi vida estaba abocada al tenis, pero mi estética y mi cuerpo me decían otra cosa. A los 17 años tomé la determinación de dejar de jugar y sentí como que me sacaba un peso de encima, no podía ni ver una raqueta. No estaba enojada con el tenis, estaba frustrada conmigo, porque había apostado mucho por eso y no lo podía llevar adelante como quería.

–Y se acabó así, de un día para el otro.

–Sí, no lo quería ni ver al tenis. Además, es como que me daba vergüenza, sentía como una culpa. No sé, no puedo explicar bien qué sentía.

–A nivel familiar, ¿cómo fue dar ese paso?

–Siempre me sentí contenida a nivel emocional. Pero fue tremendo dar el primer paso a todo el cambio de vida que sentía. A los 18 años ya no vivía en mi casa, fue una determinación importante, pero afectivamente siempre me sentí protegida.

–¿Qué hacías cuando dejaste el tenis, de qué trabajabas?

–Cuando dejé de jugar comencé a trabajar en Much Music, en un programa que se llamaba Much Dance. Siempre me gustó el diseño y la moda y también trabajaba armando unos desfiles. Además me contrataban para fiestas de música electrónica, como personaje y hacía presencias en los mejores lugares.

–Antes de dejar el tenis, ¿sentiste que te miraban de otra manera?

–Un poco sí. Siempre fui muy femenina. Y había una mirada acerca de si era un chico o una chica… Te acostumbrás a las miradas direccionadas a ese tema. En un momento, cuando jugaba con los chicos, me fue tan bien en los torneos que le quitaba la atención a mi estética. Una vez que me empezaron a ganar ya miraba de qué se trataba la imagen. Por ahí en ese momento sí  le prestaba más atención a lo que decían. Pero siempre digo que en el tenis nunca sentí una discriminación que me afectara. Siento que eso no me sucedió porque en lo único que soy aplicada en mi vida es en el tenis.

–Cuando dejás todo, tu vida tiene un cambio enorme, la familia, las relaciones sociales…

–Cuando dejé de jugar no me importaba nada. Empecé a festejar con todo, como si se tratase de celebrar mi vida, me estaba soltando. Después dejé esa etapa más intensa, yo quería dejar esa vida también, comencé a jugar otra vez y por suerte fue un gran alivio. Ahora estoy entrenándome de verdad.

–Te reencontraste con el tenis y volviste más concentrada que nunca.

–Mirá como tarda todo y cuánto esfuerzo. Estamos en 2019 y la Ley de Identidad de género se aprobó en 2012 y recién te puedo decir que este año me estoy asentando y siento que juego divino. Primero jugué amateur y ahora profesional. Estaba jugando muy bien y le pegaba a la pelota con mucha solidez. Muchos hablaban que tenía más fuerza, pero en un torneo en Naútico Hacoaj, se pudo ver que la potencia, que supuestamente tengo más, no es tal, porque mi rival me doblegaba en potencia. Yo soy una jugadora de ataque y me la pasé defendiendo porque no podía aguantar la dureza de los golpes de ella. Y me ganó bien. Entonces, este año decidimos con mi entrenador que mi calendario para 2020 va a ser un poco más profesional. Cambié la forma de pensar desde ese entonces y quiero jugar profesional.

–La Ley de Identidad de género, en algún punto, ¿te permitió la vuelta al tenis con tu identidad y recuperar esa pasión?

–Fue un poco tarde todo el proceso, recién a los 38 años estoy pudiendo jugar como yo quiero al deporte que amo. Estoy jugando con chicas de 17 o 18 años que son unos aviones, pero bueno, me entreno mucho y me la banco. Por la edad, poder jugar con ellas me encanta. Fueron muchos años de esfuerzo para poder hacerlo. Pero no me lamento, lo que pasó es justamente pasado y por suerte está la Ley.

–¿Cómo fue el trámite de aceptación en la Federación Argentina e Internacional?

–Simplemente fui con mi DNI, les pedí que cambien el nombre de mi diploma del profesorado, les consulté qué torneos podía jugar y me derivaron al área correspondiente y me explicaron todo. Llenaron las planillas con mis datos, no hubo ningún impedimento.

–¿Cómo fue ese momento del retorno?

–Cuando volví me encontré con otro mapa del tenis. Pensá que yo soy de la categoría de (David) Nalbandian (N. de R.: 1982) y la mayoría de esos chicos con los que yo jugaba ahora son profes. Entonces, me recibieron muy bien. Y las chicas lo mismo. Fue bueno para mi la vuelta; el único tema que debía ajustar era mi juego, porque estaba fuera de ritmo, de distancia, era un desastre. Pero recuperé todo. Igual, siento que en el tenis me cuidan mucho, me miman.

–Está bueno que pase eso, por lo general los clubes son más tradicionalistas…

–Mirá, yo siento que tienen algo conmigo que es divino. Me escribo con todos, me preguntan cómo estoy, si hay algún problema con los horarios cambiamos y listo. Si se enferma alguien de mi familia me preguntan. Me cuidan de verdad, no sienten que soy Serena Williams y voy a hacer algo diferente. Saben que me cuesta un poco más y listo.

–¿La discriminación es afuera?

–Total. Las que no me conocen son las chicas más chicas, pero nadie me hace sentir nada malo. Al contrario, cuando juegan conmigo me matan a palos. Y eso me parece genial que pase. Me ayuda a superarme.

–En la vuelta, ¿hubo alguna mirada que te incomodó?

–No, pero me parece que tiene que ver conmigo. Yo no interactúo demasiado con las rivales. Llego, me cambio, saludo a la gente, juego y me voy. Es como que evito un poco el contacto, soy correcta en ese sentido. Hablo poco y me voy rápido. En mis entrenamientos solamente tengo contacto con la gente que trabaja conmigo.

–¿Sentís que estamos mejorando como sociedad en términos de aceptación y las chicas trans que vengan detrás van a tener un camino más fácil?

–Estamos a mitad del camino. En un punto medio. Pensá que sólo te estoy hablando de lo que me pasó a mí, es como jugar un single. No es que esto aplica a todas y a todos los deportes. Entiendo que sirve mi historia de vida y demás, pero sé que a la chica que quiere jugar al hockey (Jessica Millaman), el presidente del club le dijo que mientras él esté al frente no iba a poder jugar. El cambio es lento… Yo le diría a las chicas o a les chiques, que estemos menos a la defensiva, porque una manera de inclusión es ser uno más, que todos aceptemos al otro. Si le exigimos a la sociedad que sea un poquito más abierta, que se permita conocer a la gente, darnos un lugar, debemos cambiar esa postura de defensiva, ser respetuosas y cuando te viene un palo defendete, pero antes no tiene sentido.

–Las nuevas generaciones, ¿sentís que tienen todo más internalizado?

–Totalmente, está todo más naturalizado. La elección sexual para los chicos, ahora, está más relajada.

–Vos sabés que la mayoría de las historias de las chicas trans no es tu historia.

–Tal cual, estaba pensando en unas chicas que están en situación de calle, que vienen del interior, porque muchas somos expulsadas de la casa y bueno… Hay una cantidad de casos tremendos. Muchas no tienen nada, otras están afectadas por enfermedades de transmisión sexual. Viven en una casa que las ayuda, que fui a visitar, me pareció genial porque están protegidas, no pasan frío y las cuidan. Es como un mini hotel, el tema es que ellas quieren hacer deporte y les sugerí hacer una serie de actividades deportivas. Pero me decían que no tienen ni ganas ni tiempo de hacer deporte, porque tienen que ocuparse de poder vivir. Y las entiendo, porque en un momento el deporte se vuelve lejano de tu vida, porque tu físico no da por la vida que llevás. Y muchos te cierran la puerta también para que eso suceda. Nadie me creía que jugaba al tenis y eso pasaba porque soy trans. Me acuerdo que en un momento me decían que me deje de joder con eso del tenis y que me fume un pucho, un porro o que me tome una birra.

–¿En ese punto está la clave de por qué no hay más chicas trans en el mundo del deporte federado o profesional en la Argentina?

–Es que vos tenés que vivir, no podés dedicarte al deporte, porque las chicas trans están marginadas socialmente. Y la noche las encuentra, con las drogas, el alcohol y la prostitución. Aparecen como las opciones más simples. En todo ese mundo el deporte no entra. Y menos en la alta competencia, porque necesitás dinero para hacer esa vida profesional.

–¿Qué se le puede decir a alguna chica trans que está en tu situación?

–Qué difícil… Lo primero que se me ocurre es decirle que no entre en ninguna cuestión que tenga que ver con los vicios, porque está atentando contra su salud. Porque no es sólo que te tomás un trago o consumís algún tipo de droga, el tema es más potente en nuestro caso, porque es para anestesiar que lo hacemos. Entonces, nada de lo que vos puedas hacer lo vas a poder controlar y te pegás unas caídas de abismo… Entonces, me parece que por ahí va la cosa. No quedar enganchado en ese mundo. Y si les va el deporte, que la cancha de la actividad que sea, se convierta en un rescate.