TESIS MUNDIAL

Diez minutos, un vaso y medio con agua, tres miradas al televisor y cuatro comentarios pavotes de un vecino casi siempre pavote transcurrieron desde el final de la final del Mundial hasta que David se dio cuenta de que tenía ahí, a mano, resuelto, por fin resuelto, el tema de su tesis para ser doctor. Transcurrió eso y no más que eso. El tema de la tesis era evidente: “Todo lo que hubo en los ojos de M’Baye Niang cuando le hizo el segundo de los goles de Senegal a Polonia en un partido de la primera rueda”.

¿Cómo no lo advirtió antes? Esos ojos: la alegría y el asombro, lo soñado y lo hecho, la certeza de querer que ese presente sea eternamente presente y el documento de que, aunque ya no sea presente, figurará en todos los recuerdos del dueño de esos ojos.

Insuperable tema de la tesis y no importa demasiado para ser doctor en qué: “Todo lo que hubo en los ojos de M’Baye Niang cuando le hizo el segundo de los goles de Senegal a Polonia en un partido de la primera rueda”.

O no.

Once minutos, dos vasos con agua, tres miradas y media al televisor y cinco comentarios pavotes de un vecino casi siempre pavote transcurrieron desde el final de la final del Mundial hasta que David se cuestionó que acaso ese no fuera el tema de su tesis para ser doctor. Y que el tema era o podía ser este: “El tercer saque de arco con el que el sueco Olsen cruzó la mitad de la cancha durante el segundo tiempo frente a Suiza”.

¿Cómo no lo advirtió antes? Ese saque de arco: la fuerza de un individuo tratando de vencer al viento o de ser socio de ese mismo viento, los cuellos de miles doblados hacia las nubes a causa de los caprichos de esa fuerza y de ese viento, la pelota como emblema de que la existencia es una incertidumbre porque nadie sabe qué ocurrirá exactamente cuando caiga desde el centro del cielo hasta cualquier costado del suelo.

Insuperable tema de la tesis: “El tercer saque de arco con el que el sueco Olsen cruzó la mitad de la cancha durante el segundo tiempo frente a Suiza”.

O no.

Doce minutos, dos vasos y tres cuartos con agua, tres miradas y media al televisor (con lo que ofrece la televisión, paciencia para mucho más no hay) y siete comentarios pavotes de un vecino casi siempre pavote (tan pavote como para pronunciar de a dos pavadas sobre fútbol por minuto) transcurrieron desde el final de la final del Mundial hasta que David conjeturó que tal vez ese no tendría que convertirse en el tema de su tesis para ser doctor. Porque el tema era o podía ser este: “Los brazos de Franco Armani no cuando los usó para atajar sino en el instante en el que, muy lejos de esos brazos, Marcos Rojo le metió el segundo gol de Argentina a Nigeria”.

¿Cómo no lo advirtió antes? Esos brazos: la confirmación de que es factible abrazar a millones aunque esos millones respiren y se conmuevan en otra parte, el desahogo en cada uña y en cada poro y en cada músculo, el aprendizaje de que hay glorias que son gloriosas a pesar de que luego no venga más gloria, la señal de que cada momento es único y merece los latidos completos del corazón aunque ese momento no se parezca ni al pasado ni al futuro, la comprobación plena de que en el fútbol hay felicidades potenciales en cada brevedad y que eso no depende de salir campeones, subcampeones o últimos.

Insuperable tema de la tesis: “Los brazos de Franco Armani no cuando los usó para atajar sino en el instante en el que, muy lejos de esos brazos, Marcos Rojo le metió el segundo gol de Argentina a Nigeria”. 

O no.

Quince minutos (¿cómo no encandilarse por lo menos tres minutos absolutos, sin distracciones, con ese universo liberado en los brazos de Franco Armani?), tres vasos con agua, un televisor justificadamente apagado y catorce comentarios pavotes de un vecino casi siempre pavote (lección ultraverificada: de siete a catroce pavadas de golpe porque pocos entrenamientos generan frutos tan inmediatos como el cultivo de la pavada) transcurrieron desde el final de la final del Mundial hasta que David intuyó que quizás ese no correspondía como tema de su tesis para ser doctor. Impresionante, el tema era o podía ser este: “El quite de Vecino a Mbappé en la primera mitad de Uruguay-Francia”.

¿Cómo no lo advirtió antes? Ese quite: la convicción de la firmeza, la determinación de no sentirse menos, el actor de reparto que se torna protagónico porque por un segundo le impone condiciones al protagónico, la demostración de que algunas personas son capaces de resistir a lo que se presenta indetenible (sea Vecino ante el brillante Mbappé, sean los castigados de cada jornada ante los poderosos que ojalá no detentaran poder).

Insuperable tema: “El quite de Vecino a Mbappé en la primera mitad de Uruguay-Francia”.

O no.

Dieciseis minutos, cuatro vasos con agua, un televisor justificadamente apagado y catorce comentarios pavotes de un vecino casi siempre pavote (lección ultraverificada: se mantuvo en catorce como consecuencia de que a un pavote, por pavote, se le agota en algún momento la aptitud para lanzar pavadas) transcurrieron desde el final de la final del Mundial hasta que David evaluó que en una de esas marchaba por otro camino el tema de su tesis para ser doctor dado que ese tema era o podía ser este: “El quinto paso que dio el árbitro Néstor Pitana arriba del césped del estadio Luzhniki luego de saludar a los capitanes de Francia y de Croacia”.

¿Cómo no lo advirtió antes? Ese quinto paso: la aceptación de que para algunos andares ya no es posible el retorno, el entusiasmo de que casi todo está por delante, la oportunidad de valorar cada paso, cada paso entre los pasos y todos pero todos los pasos.

Insuperable tema: “El quinto paso que dio el árbitro Néstor Pitana arriba del césped del estadio Luzhniki luego de saludar a los capitanes de Francia y de Croacia”.

O no.

Veinte minutos, cinco vasos con agua, un televisor justificadamente apagado y quién sabe si próximamente tirado a la calle (no por el televisor sino por lo que con abrumadora frecuencia ocupa su pantalla) y dieciseis comentarios pavotes de un vecino casi siempre pavote (lección ultraverificada: de nuevo, al vecino le brotaron pavadas porque, para recuperar su ejercicio de expandir pavadas, a un pavote que ya no dispone de más pavadas le alcanza con encender el televisor que justificadamente habría que apagar o con prestarle las pupilas y los oídos a las mentiras estupidizantes disfrazadas de artículos periodísticos que circulan y circulan) transcurrieron desde el final de la final del Mundial hasta que David resolvió que no había garantías de que un tema entre los temas habilitara su tesis para ser doctor. Y que tampoco eso resultaba imprescindible.

Tampoco eso resultaba imprescindible porque a David se le volvió por fin nítido qué estaba buscando o qué pretendía hacer y decir en la tesis para ser doctor sobre la que meditaba al final de la final del Mundial: no hay un tema, no hay importancias, no hay rankings, no hay famas, no hay centros de la escena, no hay episodios de la cancha o de lo que sea en los que no lata la condición humana, no hay modelos porque ganaron y antimodelos porque perdieron y no hay un único modo de definir qué es ganar y qué es perder, no hay lo que las imposiciones de época (las del televisor, las de los vecinos pavotes, las de lo que sea) establecen. O al revés: hay todo eso o un montón de eso pero por una puesta en cuestión y por un millón de puestas en cuestión, por afrontar el miedo a desabrigarse sin certificados que aseguren que llegarán otras ropas, por el desafío de construirlo, por la maravilla de mirar desde otro lugar, por el ejercicio fascinante de desnaturalizar, por estudiar, por trabajar y por pensar, pensar y pensar, por avisarle al dogma que está claro que es un dogma pero no por eso es verdad. En unos ojos o en el gol que define la final del mundo, en un saque de arco o en alzar una copa, en unos brazos distantes de una jugada o en unos brazos que atajan un penal, en un quite en el medio del campo o en una vuelta olímpica, en un paso entre los pasos o en los pasos que llevan a escalar un podio, en donde sea y cuando sea puede haber mucho o puede haber nada. 

La tesis ya tiene título. Le gusta tanto a David que hasta es probable que sirva dos vasos con agua y se la cuente al vecino que pronuncia pavadas con la esperanza secreta de ayudarlo a irse de la pavada. Hermoso título. Se va a llamar “Lo que hay es la vida”.

O sí.

O sí.

O sí.