Thiago Tirante

Con destino de sucesor

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El platense de 18 años terminó 2019 como Nº 1 del mundo junior, un incentivo para lo que viene como profesional, pero "hay que mantener los pies sobre la tierra, no creerte ni el mejor cuando ganás ni el peor cuando perdés. Nunca haría alarde de ser Nº 1, porque eso es pasajero", dice. Admirador de Juan Martín del Potro, define al tandilense como "un ejemplo de perseverancia y entrega porque a su don natural le sumó mucho trabajo y sacrificio deportivo".

Nochebuena de 2019. Es 24 de diciembre y en Gonnet, uno de los tantos barrios populosos que componen el Gran La Plata, una casa familiar se viste de Navidad. Muy cerca, enormes muñecos de papel y madera toman forma de Batman, de algún personaje del videojuego Fortnite, de Maradona, de Los Picapiedras, de Kung Fu Panda, de Gabigol, entre más de 60 figuras gigantes, a la espera de ser quemados con el inicio del nuevo año para que una tradición que data de 1956 siga imperturbable su curso.

El reloj marca poco más de las 21 y la reunión familiar invita a tomar asiento en el fondo del caserón, justo debajo de un gran pino que oficia de techo. Vestido como si fuera a una fiesta en la playa con un bermuda azul y una remera blanca, Thiago Tirante saluda una a una a más de 20 personas. Algunos conocidos y otros a lo que nunca había visto en su vida.

Hace un puñado de horas terminó un intenso entrenamiento físico en La Cumbre, un modesto club que tiene dos canchas de tenis en las que Thiago, con apenas un puñado de meses, empezó a dibujar formas sobre el polvo de ladrillo con el marco de su raqueta. De ese lugar surgió el Nº 1 del mundo Junior 2019. Un platense que no pudo escaparse del tenis porque, en verdad, esas canchas fueron el patio de su casa.

Allí vivió con sus papás, en una pequeña casita que sus abuelos les prestaron para que la familia Tirante viviera en 2001. Tiempos aciagos en los que la Argentina padecía los primeros vestigios del cataclismo social y económico que a fin de ese año arrojó 39 muertos por la represión policial y cinco presidentes en apenas una semana. “La situación para mis viejos nunca fue de holgura y por eso nos fuimos a vivir a la casa que nos dieron mis abuelos”, explica el chico que hilvanó 18 triunfos en fila en casi un mes que le dieron tres títulos (un grado A en Mérida, un grado 1 en Bradenton y el prestigioso Orange Bowl en Plantation) para ubicarlo como uno de los nueve argentinos en cerrar una temporada como número 1 junior. Thiago le sigue los pasos a Federico Browne (1994), Mariano Zabaleta (1995) y Axel Geller (2017), en varones, y Gabriela Sabatini (1984), Patricia Tarabini (1986), Cristina Tessi (1988), Florencia Labat (1989) y María Emilia Salerni (2000) en la rama femenina.

“Es importante pero no determinante haber terminado 1. Mi objetivo es mejorar, no me conformo con esto porque en mayores las cosas cambian. Por eso hay que mantener los pies sobre la tierra, no creerte ni el mejor cuando ganás ni el peor cuando perdés. Nunca haría alarde de ser Nº 1 porque eso es pasajero, sería perder la humildad. Sé que me impulsa, me ayuda pero esto es apenas una motivación”, explica el chico que a la par de los torneos juveniles ya dio sus primeros pasos como profesional con participación en algunos torneos Futures (la menor de las categorías en mayores), e incluso se dio el gusto de debutar con un triunfo en el Challenger de Buenos Aires.

“Fue un objetivo que nos planeamos con mi equipo a principio de año: entrar a los Grand Slam de mi categoría. La idea era volver a jugar los Grand Slam, algo que había hecho dos años seguidos: a los 16 y a los 17 y ahora nuevamente. Y en vez de irnos por la carrera profesional para jugar Futures, decidimos jugar un año más para obtener buenos resultados en los Grand Slam y para eso, como estaba muy lejos por el ranking (140), tuve que jugar la gira de principio de año donde debía ganar porque tenía que sacar puntos para posicionarme dentro de los 50 primeros para entrar”, le cuenta a Enganche.

Thiago Tirante con Rafa Nadal

–¿Por qué te inclinaste a jugar Juniors y no Pro, no te sentías maduro?

–Sentíamos que era un camino más fácil, entre comillas, por las puertas que podría abrir si me iba bien. Las marcas ven más a un jugador que le va bien en un Grand Slam que alguien que gana un Future. Creíamos que era lógico hacer eso porque lo podría dominar mejor que el circuito profesional que es muy amplio.

–Al margen de la edad, ¿Qué diferencias hay entre un Future y un torneo Junior?

–En el primer nivel, que es el Future, no noto diferencias. Creo que los primeros 20 Juniors están en el mismo nivel que los que juegan un Challengers. O sea, que los puede pasar los Futures. En los Challengers lo que cambia es la cabeza, la mentalidad que tienen las personas más grandes, el físico y son más maduros en todo sentido.

Vanesa Tirante, Roger Federer junto con Thiago

“Thiago tiene una muy buena derecha y un buen saque. Es uno de los proyectos serios del tenis argentino. Hay que darle tiempo y no apurarlo. Le aporta aire fresco a la renovación del tenis argentino. Que haya sido Nº 1 del mundo junior no garantiza que en un futuro sea top 10 en mayores. Es un muy buen inicio de carrera y tiene mucho para crecer y evolucionar”, sentencia Sebastián Torok, uno de los periodistas especializados en tenis que más conocimiento tiene de la Argentina y autor de las biografías de Juan Martín del Potro (“El Milagro del Potro”) y de Gustavo Lobo (“Hambre de Lobo”). Las palabras de Torok coinciden con las de Gustavo Luza, que trabajó con Tirante hasta octubre del año pasado. “Es un jugador de un enorme potencial. Su técnica es buena, tiene un muy buen saque, con el que incluso tiene margen para lastimar aún más, y una derecha muy potente”, le apuntaba el ex capitán de Copa Davis al diario La Nación.

–Hablaste de tu equipo. Te referías a tus tías Vanesa y Valeria, a Martiniano Orazi, el preparador físico que trabajó con Del Potro, ¿quién más?

–Mi psicólogo, Claudio Sosa.

–No es usual que un chico de 18 años tenga un psicólogo por decisión propia…

–Hace cinco años que estoy con él. No se trata de una terapia tradicional, esa a la que vas cuando estás mal, en un pozo. Es diferente, él me aporta herramientas para que pueda aplicarlas dentro de la cancha. Me enseña a respirar para ganar concentración, tranquilidad para estar alerta y enfocado en los momentos más críticos o más importantes del partido. Es psicología deportiva. Además, Claudio es profesor de tenis, entonces entiende un poco más qué es lo que puede estar pasando por la cabeza de un jugador, se orienta más.

–¿Se puede tener miedo para jugar? ¿Qué es el miedo?

–¿El miedo? El miedo es eso que aparece cuando uno se desespera o cuando no puede lograr algo. Además, cuando uno tiene tantas ganas de hacer algo, de que le vaya bien y se pone tenso todo es más difícil, entra en pánico. Y el pánico es el miedo en su mayor expresión.

–¿Te pasó?

–Sí. Soy muy ansioso, muy eufórico dentro de la cancha. Lo era mucho más antes, ahora estoy mucho mejor, y de la ansiedad me desesperaba cuando no podía conseguir las cosas que yo quería dentro de la cancha.

Fotos de Carlos Sarraf

–¿Y ahí es cuando rompías las raquetas en menores?

–Sí, también. Me enceguecía, me enojaba tanto que no podía ver cómo jugar de una forma que a mi rival le molestara, se sintiera incómodo. Perdía el foco del juego y eso me perjudicaba mucho. En mi caso, suelo pararme más desde el medio hacia la izquierda porque uso más la derecha que el revés y capaz que me nublaba y me paraba en la mitad. Corría 50 y 50 y eso a mí no me servía porque terminaba jugando mucho de revés y ahí no molesto tanto al rival como sí puedo hacer cuando le pego de derecha.

–Cuándo tomaste la decisión de tener un psicólogo, ¿fue por algún momento crítico?

–La tomamos con Vanesa, mi entrenadora con la que viajo, y con mis papás. Fue entender que no era un psicólogo tradicional al que va cualquier persona, sino uno enfocado en lo que a mí me servía. Fue para sumar cosas que me ayudaran a seguir mejorando. Y también porque hubo algunos partidos en los que no me sentí bien conmigo mismo.

–Éxito y fracaso son dos palabras que cada día aparecen más circunscriptas en el mundo del deporte superprofesional, ¿qué te remiten ambas palabras, en la vida y en el deporte?

–Creo que están todo el tiempo presentes. En el deporte y en lo cotidiano de la vida. Está muy claro, entran permanentemente el éxito y el fracaso y se mezclan con las emociones. Cuando te va bien, lo emocional está arriba, súper arriba. Y cuando te va mal, cuando fracasás, como dicen los periodistas deportivos, te vas muy abajo. Por eso hay que tener un equilibrio. Como te decía antes, tener los pies sobre la tierra te ayuda a ser terrenal, lógico y previsible para los demás, sobre todo para tu entorno que es el que te acompaña en todo momento. Por eso, es fundamental no creerte ni el mejor cuando ganás ni el peor cuando perdés. Eso depende de cada uno, cuando gano un torneo no me creo el mejor ni cuando pierdo en primera me quiero morir. Hay que saber convivir con esas emociones. Creo que todo exceso es malo.

Devoto ferviente de Juan Martín del Potro, Tirante busca establecer su propia identidad como jugador, pero no deja de mirar al tandilense como el Norte a seguir. “Es mi ídolo. Para los más chicos es un espejo, un ejemplo de perseverancia y entrega por su sueño porque a su don natural, a su enorme talento le sumó mucho trabajo y sacrificio deportivo. Tuve la suerte de entrenarme dos veces con él, una en Buenos Aires y otra en Indian Wells. Antes de fin de año, me mandó un mensaje por medio de Jorge Viale (su jefe de prensa). Era un audio en el que me felicitaba por la gira y por haber terminado número 1. Estaba re contento, no podía creerlo”, detalla con entusiasmo.

–Sumado a ese saludo, podrías exhibir que fuiste sparring de Roger Federer, de Rafael Nadal, de Alexander Zverev y no fue de casualidad, ellos te eligieron…

–Tuve la suerte, sí, me eligieron. No cualquiera tiene semejante oportunidad, me siento un privilegiado de tener esa oportunidad. Nunca me había entrenado con jugadores así, y menos en una misma semana. Eso me hizo un click en la cabeza, porque pude ver el tenis de otra manera. Me enseñó a pensar con mucha más claridad y más soltura. Pude ver dónde estaba mi nivel. Siento que estoy de igual a igual, no con ellos que juegan a otro deporte. Tienen otra velocidad, en los tiros sólidos, en el poco tiempo que te dan para pensar. Vos le pegás y ya estás corriendo para el otro lado. Se nota mucho el dominado y el dominador.

–¿Sos consciente que no tenés una vida normal o habitual para un chico de tu edad?

–Pocas veces pienso en eso, pero soy consciente que es así porque lo que se dice normal para un chico de mi edad es estar estudiando o trabajando o saliendo con sus amigos casi todos los fines de semana. En cambio, yo estoy en otra situación, pero porque lo elijo.

–¿Se extraña el hecho de salir con tus amigos, de irte de vacaciones con ellos?

–Esas cosas sí, estar con mi familia y con mis amigos. Pero, en general, no soy de extrañar al extremo como para no viajar. Y eso me ayuda a no desenfocarme cuando no estoy con los míos.

–Practicás un deporte sumamente solitario, ¿cómo combatís esa individualidad?

–A mí me cambió mucho. Si hoy no jugara al tenis sería otra persona. Más allá de la soledad, esta situación te enseña mucho. Me enseñó a desenvolverme en muchas cosas: a resolver las cosas solo, a pensarlas sin ayudas. Me hizo madurar. No creo que hubiera tenido el mismo nivel de madurez si no hubiera jugado al tenis.

El grito sagrado…

–El tenis es un deporte oneroso y vos no venís de una familia que haya tenido esa holgura económica para poner plata en lo que es un proyecto a largo plazo sin garantía de éxito…

–Mi familia hizo lo que pudo para que que yo jugase. Hay casos de chicos que quedan en el camino y no juegan más y, probablemente, hubieran sido un proyecto muy bueno para el tenis. Eso me da pena, porque ese chico que quedó en el camino no sabés hasta dónde podría haber llegado. En mi caso se fue dando de a poco. Fui jugando más en La Plata. No viajé tanto. Ganaba la categoría de mi ciudad. Recién empecé a codearme con los mejores de Capital Federal, a los 9 años. Mi primer torneo lo jugué a los 5 años, antes de cumplir los 6. De chico me iba bien, a los 8 jugaba Sub 10. A los 9 gané el Master de 12 años. Ahí ya no podía seguir jugando en La Plata porque si no me iba a estancar. Me fui a jugar en Buenos Aires, donde está el mejor nivel. Y un poco más grande apareció el apoyo de la Asociación [Argentina de Tenis] y de Wilson, mi sponsor.

–A la distancia geográfica con Estados Unidos y Europa, donde está el mejor tenis del mundo, ahora se suma el denominado dólar turista con el 30% de incremento. ¿Cómo se contrarrestan estas dificultades geográficas y económicas en un país en el que aparece el apoyo a partir del resultado?

–Es difícil por la distancia porque ellos tienen muchos torneos a los que van los mejores y ahí está la evolución. Más en Europa, incluso, que en Estados Unidos. Por eso, sueño con tener una base en esas dos regiones. Eso sería clave para poder ir a un torneo y si te va mal tenés un lugar donde continuar tu estadía antes de seguir con la gira. Porque así las distancias son más cortas, lógico. Pero… si no tenés ciudadanía es muy complicado irte a vivir afuera.

La charla con Enganche que se inició en Nochebuena y continuó en el bar de Parque Norte, cerca del límite de Capital Federal con Vicente López, a más de 60 kilómetros de su casa, en La Plata, tiene su desenlace. Hasta allí llegó el platense para continuar con su máximo objetivo: crecer como jugador de tenis porque “cuando entro a una cancha de tenis me olvido de todo”, dice. Y añade: “Ahí sólo pienso en tenis y nada más. El tenis me hace olvidar de las cosas malas. La vida sigue, suena feo, pero es así. Y yo quiero crecer mucho más como jugador”.

Thiago Tirante, antes de despedirse, lanza al aire un pequeño gran sueño. Una ilusión que lo transporta a sus orígenes: “Me gustaría hacer más canchas en La Cumbre. Si alguna vez me toca ganar plata importante haría más grande el club. Un sueño es hacerlo mucho más amplio. Me gustaría que tuviera 4 o 5 canchas y algunas techadas”, cuenta y se va. Así, con la sencillez de los grandes.