Sebastián Méndez

Un gallego de izquierda que no quiere dirigir al Real Madrid

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Sebastián Méndez se planta ante la obligación de ser exitoso en el fútbol. Hijo de un panadero español que se radicó en Villa Luro, se desnuda honesto en una intensa charla con Engache.

La cara del mandamás del Celta de Vigo era todo lo que nadie hubiera esperado en el medio de los festejos por el ascenso del club a la máxima categoría del fútbol español. Esa mueca interminable tenía un solo responsable, un defensor central venido de lejos que se había ganado el corazón de todos, pero que esa tarde iba a poner al jefe a bramar. Ante los ojos de toda la hinchada, Sebastián Méndez abrazaba una bandera de Galicia que en el medio de la clásica franja celeste imponía una estrella roja, la llamada “Estreleira” o, sencillamente, la insignia indisimulable de la izquierda nacionalista del lugar. El marcador del equipo había tendido puentes con parte de la militancia del Bloque Nacionalista Gallego (BNG), acaso el reverso más lejano del Partido Popular (PP), la derecha, que había llevado al dueño de la institución en una boleta a las elecciones hace tan sólo unos años. “¿Qué les pasa a ustedes los sudamericanos con la izquierda?”, le espetó el jefe al central. Méndez lo miró a los ojos y le respondió: “Vengo del puto culo del mundo. Vengo de un país en el que los militares desaparecieron a 30.000 personas. Vengo de una familia de clase baja y de trabajadores. ¿Qué quiere, que sea de derecha? Eso es imposible”. Acto seguido, el futbolista recibió 5.000 euros de multa.

Mientras lanza al aire el humo de otro cigarro, en un café de Devoto, Sebastián Méndez rememora aquella anécdota y se sonríe con orgullo. Hijo de un panadero de Galicia que huyó del régimen del dictador Francisco Franco, el ex entrenador de Godoy Cruz rememora aquellos años en los que su padre se jugaba la ropa por cada lucha colectiva de su ramo desde su pequeño local cerca de la cancha de Vélez. “No podía no ser de izquierda. Vengo de ahí. El problema mío es que a veces no me aguanto y tengo que expresarlo abiertamente. Alguna vez me dijeron que eso me cortaba la carrera. No lo sé, pero es el lugar del que vengo”, anuncia en el medio del sábado por la tarde.

Amante de Charles Bukowski y lector asiduo de Nietzsche, Saramago, Cortázar y Borges, el Gallego ha pasado de ser un central “programado para cualquier cosa”, como se bautiza, a un entrenador reflexivo, que enmarca obsesiones y conclusiones de vida a partes iguales. Después de una carrera como futbolista en la que fue dirigido, entre otros, por Carlos Bianchi, Marcelo Bielsa, Diego Simeone, Miguel Ángel Russo y Julio César Falcioni, el Gallego pasó por los bancos de San Lorenzo, Banfield, Atlanta, Platense, Gimnasia de Jujuy, Godoy Cruz (donde peleó el título hasta la última fecha), Belgrano, Palestino y Cúcuta. Aunque por momentos siente asco por lo que denomina “la hipocresía del mundo del fútbol”, todavía se enciende al hablar de la pelota.

–¿Qué te apasiona del fútbol?

–Está claro que hay un montón de cosas jodidas en el medio nuestro. Desde el simplismo para pensar en términos de buenos y malos a lugares que son más oscuros todavía. Puteamos, nos queremos matar, vivimos en el marco de una locura, se hace lobby, se hace de todo, pero los momentos en los que convivís con la pasión de este juego siguen siendo fantásticos. El juego tiene un gran poder. Hablar de lo genuino del fútbol nos pone en el camino correcto. Eso sigue siendo lo verdadero. Lo era antes y lo es hoy. Hay cosas que no cambian. Alfredo Di Stéfano sigue siendo el mejor jugador de la historia del Real Madrid y ellos lo tienen claro. Escuchar al Flaco Menotti sigue siendo fantástico. O admirar el trabajo de Carlos Bilardo. Está claro que uno se siente más cerca de Menotti por un montón de cuestiones futbolísticas e ideológicas, pero desconocer a Bilardo es una tontería. Yo lo hablaba con el Chelo Carrusca en Banfield. Él, que siempre fue un exquisito, aprendió a marcar con Bilardo. Bilardo es la pasión completa. Es el fútbol entero desde la dedicación. Ves el compromiso que logró en los jugadores del 86, incluso hoy día, y es conmovedor. Cuando saltamos todo lo externo y admiramos al juego, ganamos.

–Da la sensación que el menottismo y el bilardismo son bastante peores que Menotti y que Bilardo. ¿Y el bielsismo?

–Bielsa es un tipo único. Nadie lo puede igualar ni ponerse la etiqueta de ser cómo él. Cuando le devolvió el gol al contrario, por ejemplo, es Bielsa en ese modo, tiempo y lugar. En Vélez tal vez no lo hubiera hecho. Yo no lo hubiera hecho. Muchos dicen que lo harían, pero los quiero ver en esa situación. A Bielsa lo admiro y lo admiré siempre, le tengo cariño desde que lo conocí a los 20 años y lo respeto y lo quiero como a pocas personas en este medio, pero no me califico como bielsista. No creo que sea posible imitarlo y el que lo imita, porque hay gente que lo quiere imitar, sabe en su fuero íntimo que está actuando un papel. Cuando se miran al espejo esos tipos saben que no son Bielsa.

–En los últimos años tomó mucha preponderancia lo táctico y muchos planteos se clonan. A igualdad de planes y trabajo, ¿vuelve a tomar importancia el manejo humano del entrenador?

–Mirá, una vez lo fui a ver a Jürguen Klopp, porque siempre lo admiré. Le pedí una cita, arreglé y me recibió. Empezamos a hablar sobre Pep Guardiola y el fútbol de esos años en los que él estaba en el Dortmund. Lo primero que me dijo fue: “¿Querés que te cuente un chiste que no vas a entender?”. Se refería al humor de ellos, que es distinto que el nuestro. Y lo que me quería graficar es que lo del Bayern con Pep Guardiola era copiar la filosofía de otro lado, que no era propia de ellos. Que cada uno tiene su idiosincracia “Al final, el Bayern va a ser China, porque compra y copia todo lo que funciona bien en otros lados”, me explicaba. Él comenzó a contrarrestar todo eso con su identidad propia. “Yo necesito un central loco como vos”, me cargaba y se quejaba que por esa copia de estilos ya no quedaban centrales fuertes en Alemania. Todos jugaban igual. En el fútbol los cambios se van dando porque se contrarrestan los planes de otros. Lo dice Pipo Gorosito, cuando habla de que él pone GPS igual que otros entrenadores y no lo anda contando por todos lados. Pipo es vivo y provoca. Me gusta cuando un entrenador provoca desde otro lado. Si nadie provoca somos todos iguales.

–El jugador de fútbol parece obligado a llegar, rendir, ir a Europa, ganar dinero y jugar la Champions League con un equipo grande. Alguna vez, Bielsa habló de que nadie tiene la obligación de querer ser exitoso. ¿El futbolista está alienado por ese mandato?

–Es probable. Pasa que a veces la ola te lleva. Sabés la de cracks que no quisieron llegar. O la de jugadores mucho más limitados que prevalecieron por su mentalidad. Mirá, mi amigo el Rifle Pandolfi es un ejemplo. El Rifle en inferiores era Enzo Francescoli. Crack. Era hermoso verlo jugar. Tenía estilo. Tenía todo. Y la rompió en Primera. Fue un jugadorazo. Pero en un momento se hinchó las pelotas de que los entrenadores le dijeran lo que tenía que hacer y los mandó a todos a la mierda. Y no quiso. Y tiene valor no querer. Hay que pagar muchos precios para ser exitoso y eso hay que saberlo, como bien dice Bielsa. A mí me gusta estar con mi familia, por ejemplo, y no sé si quiero dejar eso a cambio del éxito. ¡Yo qué sé si quiero dirigir al Real Madrid o al Manchester United! Ojo, respeto al que tiene como máximo objetivo eso. Vos lo ves al Cholo Simeone y el tipo quiere ganar, ganar, ganar y seguir. No lo mueve la guita. Lo mueve la ambición de triunfo. Quiere ser el uno y vive para eso.

–¿Sos feliz dirigiendo?

–Sí. Me pasó ahora en Cúcuta. Yo fui feliz ahí por más que no tenía los terrenos necesarios para entrenar o no tenía todos los GPS que necesitaba. Y era feliz porque seguía en contacto con lo más genuino del fútbol, que es ver un grupo apasionado que se rompe el lomo por conseguir lo que quiere. Además, ir a otros países te hace aprender un montón. Al salir crecés y ves otras cosas. Por ejemplo, en Chile. Todos te hablan de Chile como si fuera un modelo político a seguir y yo tenía mis dudas. Entonces, como el club no me había dado auto, le dije a uno de mis colaboradores que fuéramos un mes a entrenar en subte, a ver si el sistema era tan exitoso. Quería ver las caras de los chilenos a la mañana cuando iban a trabajar. ¿Sabés qué conclusión saqué? Que allá, tanto como acá, los ricos son los ricos y los pobres están jodidos. Los pobres están jodidos en todos lados como acá.

–¿Se habla poco del juego o hay tanto lugar por llenar que es inevitable que lo que ocurre dentro de la cancha no alcance para completar al sistema?

–Los partidos tienen ciclos de, digamos, unos 15 minutos. Un partido se puede dividir en seis ciclos. Y vos podés tocar, con suerte, tres o cuatro cosas durante el partido. Real. Podés cambiar a los extremos de punta, sumar uno por adentro o sacar a uno hacia afuera y alguna cosa más. Después es ficha por ficha. Lo que no lo trabajaste en la semana no va a salir milagrosamente. Dicho esto, esos ciclos pueden analizarse muchas veces, pero para la prensa eso puede durar, ponele, un día. Al día siguiente del partido podés desmenuzar lo que pasó. Al otro día, algo. Pero ya no te da para más. Y ahí se habla de lo de afuera. De mil cosas. Yo nunca fui de dar muchas entrevistas, porque me cuesta jugar ese juego.

–La comunicación es un bien para los técnicos de hoy en día. Si un técnico se vende bien, tiene chances de trabajar más rápido. A su vez, si comete errores en una conferencia de prensa, una frase desafortunada puede afectar a su plantel y eso se te mete en la cancha y en lo trabajado…

–Claro. Hay entrenadores que saben venderse bien. Yo siempre he dicho lo que se me pasaba por la cabeza y eso muchas veces me generó problemas. Pero es parte de cómo soy. Conozco técnicos que tienen una capacidad fenomenal para salir y no decir nada. Hablan y hablan, pero no dicen nada. Y eso es bueno para ellos, porque se evitan líos. Hay otros que salen y desafían. Esos me gustan más, porque generan rupturas en el sistema.

–¿Con qué se caretea en el mundo del fútbol?

–Con las sanciones por drogas sociales. Con la marihuana se caretea mucho. No porque quiera promover el consumo de cannabis: se trata de que hay jugadores que pueden querer usarla o no, pero yo como entrenador no me puedo poner la gorra. Tengo que ver qué le pasa al pibe. Cuándo. Cómo. Por ahí es preferible eso a que se tome una botella de whisky. Ahora, si un jugador de mi plantel se metió algo por la nariz, ahí me tengo que preocupar, porque si no lo ayudo se puede joder la vida en serio. ¿Vos te pensás que la solución es suspenderlo dos años? Te suspenden dos años del fútbol y te vas a tomar a la villa. ¿Qué vas a hacer? Hay que repensar todo eso.

–Últimamente nos venimos encontrando muchas historias que contrastan con lo que la gente piensa del jugador de fútbol. Mientras el público ve dinero, fama y placeres, algunos futbolistas viven angustiados y, muchas veces, presos de lo que son. ¿Por qué pasa?

–Ser futbolista es la mejor profesión de todas. Yo nunca la voy a volver a tener. Es inigualable esa adrenalina. Después, se le da demasiada dimensión al negocio del fútbol. Demasiada. Mirá, hace unas semanas falleció un amigo mío. Cuando íbamos a despedirlo, detrás suyo venía otro en un terrible Mercedes. ¿Sabés qué te explica eso? Que nadie se lleva nada. Que todos estamos iguales. Mi amigo me dejó lecciones de vida inolvidables. Ganó batallas. Hizo de todo. Fue un grandote lleno de vida. Y eso, porque la lección vale para todos nosotros, no tiene comparación con lo que puedas conseguir en lo material. Al final sos lo que generás en los otros, seas jugador, músico, técnico o lo que sea.