Juan Sasturain

Un goleador en la Biblioteca

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Juan Sasturain es el más futbolero de los directores de la Biblioteca Nacional. Una institución tan mítica como la más mítica de las canchas.

Juan Sasturain hizo el gol más emocionante de su vida de goleador con unos botines Fulvence excesivos para su talle que le regaló su papá, pudo ser futbolista de Lanús pero lo evitó al advertir que Ramón Cabrero era un mundo mejor que él, fue espectador consecuente de la Reserva de su Boca desde los domingos jóvenes en los que migró de los dulces pueblos bonaerenses a las tensiones de la gran ciudad, brilló en un equipo universitario en el que se lucían el padre de las ciencias sociales aplicadas al deporte y un compañero desaparecido, presentó uno de sus libros pegado al Negro Fontanarrosa y sudando al metegol, fabuló un cuento en el que retener formaciones de memoria asegura aprender historia de memoria, anudó lazos poéticos entre el arte de Juan Román Riquelme y el arte del apellido Riquelme en la literatura argentina, fue súbito director técnico de Eduardo Sacheri durante el mediodía en el que Sacheri convirtió el único gol de cabeza que le televisaron, coleccionó figuritas con tanto fervor de infancia que terminó pariendo un texto que constituye un enorme tributo a las figuritas, narró a la Argentina en los mundiales de fútbol percibiendo y haciendo percibir que ese es un camino para narrar a la Argentina, inspiró con una frase al pasar el nombre de un libro de su admirador Jorge Valdano y no necesitó ir al arco para que una de sus obras sobresalientes se llame El Día del Arquero. Nada o casi nada de eso acaba de transformarlo en director de la Biblioteca Nacional. Pero todo eso lo consagra como el más futbolero de los directores de esa institución tan mítica como la más mítica de las canchas.

Tentación de tesis superflua y falaz: el (presunto) divorcio entre la intelectualidad y el deporte, entre la razón y el músculo, entre el corpore sano y la mente sana fundamenta que algo creado por un decreto de la Primera Junta en 1810 haya demandado 210 almanaques para erigir a un conductor experto en corners y en penales. Tentación rebatible y rebatida: Roberto Jorge Santoro -poeta, periodista, militante y desaparecido- demolió esa tesis en 1971 con su insalteable Literatura de la pelota, un volumen en el que dejó probados los trazos del fútbol en las letras nacionales a través del tiempo, seguro que sin la producción torrencial de esta era en la que tantas y tantos ingresan al goce literario por medio de las páginas muy futboleras de Roberto Fontanarrosa, de Osvaldo Soriano o de Sasturain y en la que el espectáculo del deporte, en particular el del fútbol, atraviesa todo, incluso a la industria editorial. Tentación irrebatible para seguir rebatiendo la tesis superflua: en el final de los sesenta y en el bautismo de los setenta, Santoro buscó en muchos sitios, con garra y con gusto, los materiales que integran su librazo y uno de los lugares más fecundos fue, justo justo, la Biblioteca Nacional que, en esta época y por empuje de algunos de sus laburantes, tuvo unas jornadas de literatura y fútbol difundidas -Santoro presente- como Literatura de la pelota.

Los botines eficaces que Juan Sasturain padre le obsequió a Juan Sasturain hijo firmaron el gol con el que ese hijo, de sólo 16 cumpleaños, desató las euforias de los hinchas de Independiente de Coronel Dorrego en un duelo determinante frente a Ferroviario de esa ciudad. Aquel pibe que 58 cumpleaños después sería transportado hacia la mayor biblioteca de la patria hubiera entregado ese día los botines flamantes y sus incipientes escritos con tal de que Fioravanti, Alfredo Aróstegui o Bernardino Veiga, los relatores que poéticamente le traían el fútbol de Buenos Aires cada semana, gritaran que la pelota besó la red. Ese papá que hallaba en las conversaciones de fútbol -los viejos cracks, las anécdotas del Mundial del 30, quizás la ceremonia de las figuritas- un lazo  para arrimarse a su único sucesor varón tal vez sea el cimiento de la literatura llena de picados (Picado grueso es un libro de Sasturain) y de vestuarios que fue generando el goleador del Independiente de Dorrego. Una de las hermosas contratapas que Sasturain labró en Página/12 reelabora el día de su nacimiento. “Una mamá argentina” se llama. Retrata a Juan padre deglutiendo la ansiedad en un bar de González Chaves y en agosto de 1945, a la espera de ser eso: padre. Esa ansiedad casi completa emerge en una oración: “Juan habló largamente de fútbol y de política y de las últimas alarmantes noticias del mundo tan lejano”.

El papá de Jorge Luis Borges, es decir del más famoso de los directores de la Biblioteca Nacional (allí estuvo entre 1955 y 1973), le charlaba a su niño de muchas cuestiones, pero no de los milagros que viajan de área a área. Puede que por eso Borges se haya vuelto el más emblemático despotricador contra el más emblemático juego de sus connacionales. Y se haya perdido cuánta condición humana cabe en un saque de arco o en un entretiempo. Borges, pura lógica, casi no refirió al fútbol en su literatura (salvo en una fugacidad en La canción del barrio, que aparece en Evaristo Carriego, o en la cita de Historia de Rosendo Juárez que, atento, Santoro recoge en Literatura de la pelota). Hay unos cuantos estudios sobre el rol paterno en la forja de la identidad futbolera de argentinitos o argentinitas y, también, sobre el papel de esa identidad futbolera en la modelación de la masculinidad prototípica de esta parte del planeta. Probablemente, el más notable de esos trabajos lo haya enhebrado el padre (o uno de los padres y de las madres) de las ciencias sociales aplicadas al deporte en este suelo, el santiagueño Eduardo Archetti, o sea uno de los socios de partidos y más partidos en el ámbito universitario del goleador Sasturain.

Aunque muy lejos de las impresiones políticas de Borges, en ese equipo -“Infamia” le pusieron- abundaban los borgeanos. Archetti lo era. Carlos Ferreira, periodista deportivo y poeta, por supuesto. Quizás también el capitán Enrique Pecoraro, desaparecido en la última dictadura, uno de los sociólogos a los que está dedicada la Historia crítica de la sociología argentina, de Horacio González, el director de la Biblioteca Nacional entre el 2005 y el 2015. Ahí está: González ni se probó en Lanús ni renunció a continuar por haber detectado que los talentos eran otros, pero sí recurrió y recurre en múltiples ocasiones al fútbol para reflexionar sobre lo que sea o sobre el propio fútbol. “El fútbol es un espectáculo de raíz teatral, pero al deporte no le gusta que le digan teatro. El deporte quiere tener lógica propia y, en realidad, el origen de ambas cosas no es el mismo. Pero así como no es el mismo, evidentemente hay una teatralidad del deporte y a su vez una tradición teatral que toma algo del deporte”, le contestó al periodista Facundo Martínez en una entrevista en la que descompone los estertores de lo que denomina como cierta “tradición ilustrada” que minimiza a los hinchas y al deporte.

En esa contestación se visualiza otra jugada compartida entre González y Sasturain, vieja y nueva cara de la Biblioteca. Es que, sin abandonar su calidez irrompible, el goleador de Coronel Dorrego sacudió firme a la “tradición ilustrada” cuando esa tradición fue despectiva con el fútbol. El más célebre de esos sacudones se lo pegó a Juan José Sebreli, que en Fútbol y masas (1980) es más fiero contra el fútbol que el mismísimo Borges. En un artículo en la revista Humor que funcionó como réplica, Sasturain ganó la batalla asociando en su equipo argumental a Dante Panzeri con Theodor Adorno y a ambos con Carlos Marx y a Marx con las respiraciones populares. Edificó una cátedra coloquial, pero lo más lindo lo anotó en el título: “Sebreli, vos andá al arco”.

Durante la década de González al comando de la Biblioteca hubo un montón de realizaciones fructíferas, entre ellas las reapariciones (reapariciones que casi representaban apariciones por lo que llevaban sin circular) de libros raros y encantadores, unos cuantos con eco deportivo. Así retornó a las librerías A rienda suelta, de Máximo Sáenz, mucho más resonante como Last Reason, cronista de lo cotidiano y de las rutinas burreras y del fútbol, excepcional escritor al que Borges, de nuevo Borges, le valora “las metáforas hípicas” en el contexto de esa devastación de un hiperortodoxo del idioma que es Las alarmas del doctor Américo Castro. Como investigador estimulado por la Biblioteca Nacional, el sociólogo Rodrigo Daskal historizó en esos años a los clubes porteños entre 1932 y 1945 y bajo la óptica de la revista La Cancha hasta convertir su investigación en un libro. Y fue con edición de la Biblioteca Nacional que salió Filosofía del ajedrez, que nuclea, gracias a la tarea de Teresa Alfieri, las indagaciones ajedrecísticas y extraviadas de Ezequiel Martínez Estrada y que mereció una mesa de debate en la propia Biblioteca con una exposición de González. Más sincronía entre Sasturain y la Biblioteca: Martínez Estrada (alguien que se encargó de otra biblioteca, la del Consejo Federal de la Federación de Ajedrez en la mitad de la década del veinte) es uno de los autores a los que Juan enlaza cuando diseña la trama del apellido Riquelme –Marta Riquelme, cuento de Martínez Estrada- en la literatura argentina.

La fascinación por el fútbol provocó que, en su rol de periodista deportivo, Sasturain pintara la final de la Copa América de Bolivia, en 1997, no desde el estadio de La Paz y sí desde las geografías en las que asesinaron al Che Guevara. O que Valdano, que se leyó cada coma de Juan en La poesía del chanfle al segundo palo, lo oyera categorizar al fútbol como “juego infinito” y entonces le requiriera el préstamo de esa síntesis para titular un libro. O de que una prima nuestra de verdad adoctrinara a sus hijos en que, como recomienda el cuento Sportivo Virreyes, rememorar la línea media de un equipo permitirá ser eficientes a la hora de eslabonar, por ejemplo, los apellidos Vértiz, Loreto y Arredondo cuando un maestro se empecine en inquirir sobre los mandamases del Virreinato del Río de la Plata. Se trata de experiencias inalcanzables para otros directores de la Biblioteca Nacional que portaron inquietud futbolera como Enrique Pavón Pereyra (en la función desde 1991 hasta 1994, biógrafo de Juan Domingo Perón y, por tanto, erudito en sus dimensiones deportivas), Oscar Sbarra Mitre (al frente de la Biblioteca desde 1996 al 2000, quien, desde luego, alude a los Campeonatos Evita en su Historia esencial de peronismo) o Francisco Delich (en ese puesto entre el 2000 y el 2001, con una obra como sociólogo que no incorpora ni al fútbol ni a su adhesión a San Lorenzo y a Belgrano de Córdoba). Y ni siquiera a Horacio Salas, poeta y mucho más que eso, el único titular de la Biblioteca -2003/2004- que comparte con Borges el privilegio de ser mencionado en Literatura de la pelota: “me angustio, resoplo, dramatizo,/a veces nombro a Sartre, a Dios, a Sanfilippo”.

Lo que no le tocó a Sasturain es despedir a una gran figura del deporte. Esa circunstancia, por ahora, sólo surcó a Paul Groussac, casi la Biblioteca misma, director desde 1885 hasta su muerte en 1929, distante de la crónica deportiva aunque, en El viaje intelectual, describió a Platón como “de complexión hercúlea: un atleta victorioso”. Cuando Jorge Newbery, multideportista incomparable de su época, murió en marzo de 1914 luego de la caída del avión que tripulaba, según la prensa de la época, fue Groussac, su interlocutor de horas antes, quien le cerró los ojos.

Borges contó como nadie a Groussac. Y Sasturain contó a Borges desde un ángulo que casi nadie. Revancha del lector futbolero de Borges con el nada futbolero Borges: lo usó para pensar el fútbol. En abril del 2007, después de que Messi le metiera al Getafe un gol que es un calco del que Diego Maradona le clavó a Inglaterra, Juan encendió otra contratapa y la rotuló Lionel Messi, autor del Quijote. Máxima capacidad asociativa en sólo diez párrafos. Sasturain convocó a Pierre Menard, el personaje borgeano que se propuso escribir el Quijote de nuevo, letra por letra, sin ponerse a copiar a Cervantes y sin memorizarlo. Para enterarse de lo que pasó con Menard hay que volver a Borges en Pierre Menard, autor del Quijote. Para enterarse de lo que pasó con Messi hay que mirar mil veces ese golazo -que es como mirar el de Diego- y leer, claro, a Sasturain que, como en ochocientas ocasiones, parpadeó y se dio cuenta de todo, en especial de que Messi logró lo que Menard soñaba.

Como resignación por el avance de los almanaques o como homenaje a su papá bancario, Sasturain se sentó en otro banco, el de suplentes, para oficiar de pseudoentrenador junto con Juan José Panno, otro destacado periodista deportivo y narrador, en un partido despatarrado y televisado entre cronistas de TyC Sports y escritores. En ese director técnico improvisado no hubo ni un rasgo de El Búlgaro, un entrenador alumbrado por la imaginación de Sasturain que distribuye sabidurías arriba de pastos anónimos. Tampoco del enigmático y futbolero señor alrededor del cual fluye el cuento El caso Yotivenko, otro hallazgo de la prosa de Juan. Y menos todavía de Campitos, un encontrador de talentos, bien made in Sasturain, como ni cerca puede haber otro en la literatura o en los clubes de este o de cualquier país. Podría haber estimulado a sus muchachos con las rimas de Maradona, su pleitesía a la camiseta 10 en el poemario El versero, que germinó en el 2016 (“No fue capricho de un destino ciego/ que a algunos sí y a otros no perdona/ que no naciste inglés, chileno o griego/ sino hijo del caño y la rabona./ Amo el potrero/ ese jardín sin riego/ donde fuiste posible,/ Maradona”). Pero no. Sasturain se dedicó a divertirse -un hábito que ejerce con mucha más asiduidad que el de orientar equipos- y a aplaudir de pie cuando la magra actuación de sus conducidos fue interrumpida por un cabezazo extraordinario de Sacheri que acabó en gol. En el asado que siguió al match, más cómodo con las achuras que suministrando indicaciones a un puñado de futbolistas fatigados, el entrenador que se volvería director de la Biblioteca Nacional explicó, con calidad y con claridad, que más que literatura futbolera lo que había -lo que hay- era, sencillamente, literatura.

Un futbolista puede ser peor que Ramón Cabrero y no por eso ignora el fútbol. Sasturain nunca se jacta de haber acumulado horas de tribuna, pero se percibe que, cuando aborda el fútbol, domina la materia y domina, además, que esa materia vale por sí y vale para otros propósitos. Esos dominios alumbran La patria transpirada, ya un libro clásico que es reeditado cada cuatro temporadas, que navega sobre el devenir celeste y blanco adentro y afuera del césped con los mundiales como reloj. El foco del Mundial argentino de 1978 es una sutileza que, en alguna línea, se emparenta con un tramo de Memorias de un librero, la publicación última de Héctor Yánover, director de la Biblioteca Nacional de 1994 a 1996. El artículo sobre el olvidado Mundial de 1934 (Argentina jugó apenas un partido y con jugadores poco notorios en esa cita italiana) regala un fragmento antológico: “Y todo el largo prólogo para sólo una hora y media de sentido absoluto: salir a una cancha en el otro extremo del mundo, de cortos y con la camiseta argentina, a jugar contra unos rubios que no volverás a ver en tu vida”. Y la interpretación del gol campeón de Jorge Burruchaga en la final de México 1986 y delante de los alemanes es para que lloren quienes aún recuerdan por qué cosas vale la pena llorar: “Toda una vida está jugada ahí: Burruchaga tiene (demasiado) tiempo para pensar: sabe, siente que le ha tocado a él, que no habrá otra, que todo tendrá sentido o dejará de tenerlo en unos pasos más. Es jugarse la vida a un toque contra el miedo”.

Confidencia: a las y a los que conocen a Sasturain no dudan de que recorre el universo de la literatura como quienes pelan una naranja de un solo corte y, además, garantizan que amará a cada libro de la honorable Biblioteca con el corazón cabalgándole tan a pleno como durante la tarde en la que descubrió, ya no por la radio ni por las figuritas, los murmullos de la Bombonera. Unas cuantas de esas personas lo acompañaban en el Teatro del Pueblo, cerquita del Obelisco, la noche del 2004, cuando lanzó Wing de metegol, una obra de análisis futbolero tan habitada por la audacia intelectual como por los rumores de un partidito de casados contra solteros. Entre varios presentadores, descolló Fontanarrosa, que desparramó humoradas en catarata y, como al paso, impecable y certero, le remarcó al auditorio que no tenía sentido exponer largo sobre el libro porque si era de Sasturain ya se sabía que era buenísimo. Después, le tocaba hablar a Juan. A Juan, que miró hacia el metegol instalado en el otro costado del escenario y, como mago de las palabras y de los silencios o como los modestos que no abundan, evaluó que no hacían falta agregados. Prefirió invitar a quienes juntaran ganas, a ese público que lo quería, a que rumbeara hacia aquel otro costado e intentara felicidades jugando al metegol.

Ese era y ese es Juan Sasturain. Y eso transparenta por qué hubo cadenas de sonrisas cuando sonó el anuncio de que dirigirá la Biblioteca Nacional.

Borges, Groussac y unos cuantos de ese club jamás se calzaron unos Fulvence obsequiados por sus viejos ni postergaron una lectura seria para vibrar con un clásico de barrio. Igual, hay motivos suficientes para intuir que, avisados del perfil de su heredero, dirían que es un golazo.