Carlovich

Una bella teoría conspirativa

En tiempos tan propicios para la profusión de teorías conspirativas, el Enviado nos revela una que pretende resolver un bello enigma futbolero...

Hace algunas noches, en medio de esta dramática, angustiante, por momentos bizarra, y muchas veces confusa situación propiciada por el Covid-19,  pedí una pizza por delivery. Fui a lo seguro: “Muzzarella”, porque temo que algún día un estudio de una universidad holandesa demuestre que, en este contexto de pandemia, la combinación “jamón y morrones” sea letal. Por otra parte siempre sospeché, lo confieso, de aberraciones como la pizza de ananá; no veo por qué comer ese engendro es menos atroz que comer murciélagos.

En fin: así son las cosas: como en la famosa “paradoja del calvo”, sabemos cuándo un tipo es pelado y cuándo no lo es, pero no podemos precisar qué cantidad de pelos delimitan una cosa de otra. Aquí sabemos que hay cosas que debemos cumplir, otras que supone una negligencia inconcebible no hacerlo, y en el medio está la vida con sus arabescos.

Lo cierto es que la combinación “pizza-sábado por la noche-delivery” me pareció segura, pero no podía esperar que quien viniera a traerme el pedido con su destartalada moto fuera… el Enviado. Me di cuenta enseguida porque ni aún en una situación tan profana pudo evitar decir una frase poética; mientras sacaba de atrás de su moto la caja de cartón, dijo: 

–Así es mi vida, todo lo que tengo para dar ha quedado detrás…

–¡¡¡Maestro!!! –grité conmovido–, y enseguida vi que en el grupo de whatsapp de la cuadra alguien avisó: “Hola gente… escuché que alguien gritó algo, ¿saben qué pasó?”…

Le dije al Iluminado que no arriesgara su salud por encontrarse conmigo; para bien o para mal, si no puedo nutrirme de sus historias tengo algunas modestas armas literarias para contar las mías.

–Lo que pasa es que tengo que contarle sobre una teoría conspirativa, algo cuya revelación, en estos días, es urgente…

Pensé, sumido como estoy en este clima de pandemia, que me iba a contar alguna historia que se sumara al variopinto desfile de teorías que pretenden explicar el origen conspirativo del coronavirus, pero como siempre el hombre me desvió por senderos que se bifurcan.

–Naaa… ¿qué Covid-19? La voy a contar la verdadera historia del Trinche Carlovich… –me corrigió, y me dio un sobre de papel madera previamente desinfectado con alcohol en gel, cuyo contenido revelaba, efectivamente, una teoría extraordinaria.          

A principios de la década del 70, un joven genio rosarino, inagotable creador de personajes legendarios, se propuso su proyecto más ambicioso: “crear” a un futbolista. En principio pensó, como tantas veces se ha hecho con apócrifos personajes científicos, literarios o artísticos, directamente hacer una operación borgeana: una especie de “Golem futbolístico” cuyo nombre, capacidades, características, jugadas, anécdotas y otros aspectos relevantes que hacen a la vida de un futbolista, fueran fruto de la más creativa impostura. A poco de intentar desarrollar este primer alumbramiento,  le pareció es esto era un ejercicio del que solo podían salir airosos tipos como Borges, Marechal o tal vez (un poco menos) Dolina.

Entonces comenzó la verdadera historia. El genio creador decidió tomar a un hombre de verdad y llevarlo, por la incesante capacidad artística de la memoria popular, a la condición de leyenda. Pero… ¿a quién elegir? El joven se rascó la barba hasta lastimarse en solitarias noches de insomnio, pues por primera vez prescindió del auxilio de sus amigos del café. Ellos serían, en efecto, los primeros en propagar la leyenda, pero para que esto fuera fantasiosamente real, debían también estar excluidos del conocimiento del proyecto. Pensó, casi por decantación sanguínea, en  tomar a algún efímero jugador de Central, pero enseguida comprendió que la locura canalla lo cegaba. Pensó en tomar la historia de alguna promesa frustrada de Ñuls, pero también allí creyó entrever un camino naturalmente propiciado por la antinomia. Una tarde vio en uno de los clubes no tan masivos de su Rosario jugar a un tipo que parecía hecho, como el personaje de las ruinas circulares, de una suma de sueños. Alto, con pinta de haber tocado en Vox Dei, loco, imprevisible, indomable. Preguntó cómo se llamaba y le dijeron el apodo: “Trinche”.

Esa misma tarde comenzó el experimento. El hombre fue al café y dijo que había visto un jugador que era un fenómeno, llamado, si su errática personalidad no se lo impedía, a ser uno de los más grandes de la historia del fútbol.

La gravitación que tenía el genio sobre su barra de amigos, usando una terminología tan en boga en estos días, se contagió de manera exponencial. Enseguida se propagó como un fuego (alguien dirá, y con razón: el fuego sagrado). No habían pasado un manojo de días y ya las jugadas “recordadas” por multitudes se dejaban escuchar en bares, fondas, esquinas, cumpleaños, asados.

Una verdadera fiebre por haberle visto hacer lo que nadie vio se transformó involuntariamente en una de las ramas de la literatura fantástica o del idealismo: imaginar, pensar una jugada, y adjudicársela al Trinche, eran la misma operación cognitiva. 

Mientras tanto el hombre, como corresponde, alimentaba la leyenda de a cuentagotas, en dosis terapéuticas; sabiendo que los milagros, cuando se repiten, pierden su eficacia divina. Un caño de ida y vuelta, un sombrero, un pase de 40 metros en una cancha sin pasto, ese primer tiempo perfecto del año 76. Y, claro, las locuras propias de todo genio, que también ganaban en complejidad a medida que se paseaba por las bocas llenas de vino. Los rivales, también al servicio de los dioses, redoblaban su torpeza, porque siempre es preferible que una mujer hermosa nos lastime antes que nos ignore.

Alguien dirá: ¿y por qué el mismísimo Maradona reconoció que fue mejor que él? Bueno, porque Diego nació en Fiorito, y sabe que cuando la memoria popular sueña, ese sueño siempre es verdad. Las exageraciones, las hazañas incomprobables, las leyendas; no son las que hacen los hombres extraordinarios, son las que la memoria popular cree merecen haber hecho.

La realidad, envidiosa de estas cosas; la realidad, tan torpemente literal; la realidad, que produce hechos en vez de poemas; le asestó al Trinche un golpe final absurdo, trágico, indecible de tanta tristeza.

En verdad, ese final al que todos llegaremos, le aconteció a Tomás Felipe Carlovich. Al otro (diría Borges), al Trinche, le cabe la eternidad más hermosa: ser eternamente resucitado en cada nueva anécdota, en cada mejorada historia, en cada evocación.

En cada prodigio que nunca sabremos si realmente hizo, pero siempre soñaremos, como el Trinche merece, creer que fue así.