El Enviado...

Una que sepamos todos

¿Existe una razón por la que las hinchadas adoptan ciertas canciones? La respuesta es no, y el Enviado nos cuenta, para demostrarlo, la dramática historia de un compositor.

A Miguel Chango García

Paseaba por la plaza con propósitos más aeróbicos que filosóficos, cuando escuché desde atrás de un árbol el canturreo de una canción popular, pero con la letra mixturada:

Oigo la queja, de un bandoneón… con esa hinchada no podés salir campeón…

De reojo vi la túnica del maestro y la parábola humeante de un líquido amarillo que se perdía detrás del noble fresno.

–Me gusta interactuar con los árboles…- me dijo el Iluminado con impostado misticismo – Son seres ancestrales, verdaderos testigos de los misterios de la vida… mear en ellos es una manera de reconectar con lo más profundo de su ser. Además, en esta plaza no hay un puto baño y el garca de la pizzería no me deja entrar si no consumo algo…

Haber escuchado en los labios del Enviado esa canción de Gardel y Le Pera con la letra partida en dos, en su versión original y en la que le ha provisto la lírica de las hinchadas; me hizo pensar en el extraño y a veces inescrutable destino que tienen esas canciones que, sin un porqué, de pronto son adoptadas por las multitudes para ponerle música a sus sentimientos. Le manifesté al Enviado esta perplejidad y enseguida sumó la suya al análisis de las míticas sonatas de tribuna.

–¿Quién hubiese dicho que “Oigo la queja, de un bandoneón, dentro del pecho pide rienda el corazón…” mutaría en “Vos sos amargo, sos un botón, con esa hinchada no podés salir campeón…”? Los caminos de la pasión popular son inescrutables…

Enseguida nos abocamos a la tarea de acometer otras canciones célebres, para ver si había en ellas algún patrón, alguna esencia que las identificara. Pasamos horas hermosas, evocando cantitos de todas las épocas, pero no encontramos nada de eso: la elección parecía responder a una maravillosa gratuidad, a la caprichosa aleatoriedad con que ciertos pequeños milagros ocurren. Es cierto que algunos estribillos de canciones parecen adaptarse mejor a las necesidades musicales de una hinchada, pero el panorama es tan variopinto que encontrar en ellas una secuencia es, como diría Schopenhauer, igual de arbitrario que encontrarle formas a las nubes o sentido a la vida.

–Pero hubo alguien que sí creyó que podía encontrar esa melodía que pidiera tribuna. No es una historia feliz, como casi todas las que le cuento…si gusta, arrancamos… 

Era tal la obsesión de Emilio del Lago por escuchar en una cancha alguna de sus canciones hecha pasión de tablón (si se me permite usar una terminología tan antigua como significativa), que algunos sostienen que, en algún momento de su carrera, no hizo otra cosa que componer temas cuya estructura parecía calzar cómodamente en los supuestos intereses del hincha, llevando esta intención al penoso distrito de la locura.

Hay que decir que Emilio hacía un tipo de música cuya armonía y letra bien lejos parecían estar de esos intereses. Claro que los caprichos del tablón, según creía él en esta primera etapa, podían estar, por su propia naturaleza caprichosa, de su lado:

–Mirá… una de las canciones más cantadas en el mundo es ¡¡¡la de Sergio Denis!!!… Y es una canción de amor…o la de Turf, que es uno de los temas menos festivos y superficiales de la banda. Yo voy a seguir componiendo mi música, tarde o temprano alguna hinchada va a picar, vas a ver…- le decía a su fiel esposa.

Pero temprano se hizo tarde y Emilio se desesperó. Primero gastó gran parte de su dinero financiando a algunos hinchas para que intentaran instalar en el corazón de la tribuna alguno de sus temas. La estratagema no funcionó. Entonces no le quedó otra que comenzar una segunda etapa en su carrera, que ciertamente asombró a todos, y que bien lejos estaba de ser entendida como el desesperado intento de un músico que quería ser popular.

–Pero…Emi, vos sos popular. La gente te quiere, llenás teatros, recibís premios, vivimos de tu música…- le decía su esposa cuando lo veía derrumbado.

–No, no…nadie es popular si una hinchada no adopta uno de sus temas… Ni llenar teatros ni estadios, ni recibir premios ni críticas elogiosas… No puedo creer que haya artistas mediocres que suenan en la sagrada voz de las hinchadas y yo esté acá esperando el único reconocimiento que me interesa…    

Aquí comienza la verdadera historia dislocada de Emilio del Lago, la que no lo terminó acercando a lo que anhelaba y en cambio lo alejó de todo lo que ya tenía.

Primero probó con canciones cuyo ritmo se adaptara a la perfección (al menos según creía él) a las básicas necesidades de la tribuna. No funcionó. La crítica, ajena al pequeño drama que se estaba gestando en el alma de Emilio, no pudo menos que destrozar su última obra, a la que calificó como “Un experimento sonoro deplorable, una suma de ritmos previsibles sin otra apetencia que terminar en un estribillo pegadizo, más propio del sonido de una tribuna que el de un músico que supo hacer temas que aun suenan en la selecta memoria de varias generaciones”. Esta referencia de la crítica a “sonido de tribuna” fue como una mojada de oreja insuperable, casi como si el crítico supiera cuál era el deseo de Emilio y cómo pegarle donde más le dolía. No fue poca la sorpresa, y pronto fue mucho el miedo, cuando Pier Román, el famoso crítico de la revista “Viva la pepa”, fue interceptado por un lunático Emilio, quien meneando su índice como si fuera una espada le dijo:

–No me importa que critiques mi disco, pero que sea la última vez que usás en sentido peyorativo la frase “sonido de tribuna”…la próxima te recago bien a trompadas, mediocre, fracasado, drogón, actor porno impotente…

A ese disco le siguió otro cuya energía creativa estuvo puesta, antes que en el ritmo de los estribillos, en la letra de los mismos. Así, por ejemplo, sospechosamente en canciones aparecían frases como “Al abrigo de la ruta”, que Emilio suponía mutarían casi sin esfuerzo en “Sos amigo de la yuta”; o “Yo he querido todas las artes, grandes o mierdas”, cuya lírica extraña apuntaba a ser suplida por “Yo te sigo a todas partes, ganes o pierdas”; y   esa otra casi obvia invitación, que fue el estribillo “Tomá mi voz, dámela así, lo que nos falta ardió en la vid”; frase que no decía nada (incluso su bella poesía llevó a algunos a compararla con las letras de Spinetta) pero que Emilio soñó sería adoptada rápidamente por la hinchada de River.

La carrera de músico de Emilio entró en un tobogán acelerado, la compañía discográfica que lo tenía como artista no le renovó el contrato, la gente dejó de ir a sus recitales, su esposa (¿casualidad, exceso de crueldad?) lo dejó y se fue a vivir con el integrante de una banda que tenía una canción que era coreada en las canchas del ascenso.

En un último recurso, un manotazo de ahogado lo llevó a Emilio a probar variantes creativas vanguardistas, a la espera del milagro. Escribió canciones surrealistas e incluso dadaístas, consumió hongos sagrados para ver si componiendo bajo estados alterados de conciencia podía alumbrar alguna canción que fuera adoptada por alguna hinchada. Estas últimas expresiones de su arte lo hirieron aún más, porque una vez más no logró su objetivo tribunero, pero cierta crítica celebró su último disco como “El soplo de aire fresco que necesitaba el insípido panorama del pop nacional. El mejor Emilio del Lago ha vuelto, después de unos años de inconcebibles composiciones, ha vuelto para demostrar que es un artista que tiene mucho para dar, una fuente inagotable de ideas de la que todavía pueden beber las nuevas generaciones de músicos…”. “De músicos, pero no de hinchas…” dijo Emilio, luego de leer la elogiosa y lacerante crítica, antes de que su rastro se perdiera para siempre.