Obdulio Varela

Vencedores vencidos

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En el campo de juego del Maracaná, Obdulio Varela atrapó a Brasil en un puño en 1950; pero aquella misma noche conoció una tristeza que no imaginaba.

Al promediar el calendario de 2020 se recordarán al otro lado del Río de La Plata los 70 años del Maracanazo. El desenlace de la cuarta edición de la Copa del Mundo entre Uruguay y Brasil seguramente sea el encuentro más legendario de la historia del fútbol. Obdulio Jacinto Muiños Varela, protagonista principal de esos 90 minutos para la eternidad, conoció en aquel partido la gloria máxima y en la noche de esa jornada la tristeza más sentida. Pasó de la bronca con los tipos que lo abucheaban a los abrazos de una amargura compartida.  

Según los registros oficiales de FIFA, la tarde del 16 de julio de 1950 había 173.850 espectadores en el coliseo futbolístico de Río de Janeiro para ver el último partido del cuadrangular final, aunque varios testimonios de entonces aseguraron que eran más de 200.000. El camino de Brasil a ese compromiso decisivo había sido arrollador, con las goleadas 7-1 a Suecia y 6-1 a España; en tanto, Uruguay primero había igualado 2-2 con los ibéricos y luego derrotado trabajosamente 3-2 a los suecos. El último partido del Mundial ponía frente a frente a los dos seleccionados con chances de ser campeón, y a Brasil le alcanzaba con un empate para alzar la copa por primera vez.

Antes de salir al campo de juego, el Negro Jefe advirtió a sus compañeros que no se dejasen intimidar por el escenario. “Los de afuera son de palo”, es la frase que se le atribuye, pero el protagonista contó que su arenga, en realidad, contempló otras palabras: “Salgan tranquilos, no miren para arriba. Nunca miren para la tribuna; el partido se juega abajo”. A los 33 años, el capitán oriental era el más experimentado de un equipo joven.

Al inicio del segundo tiempo Friaca puso el 1-0 para Brasil. Paradójicamente, ese resultó el punto de inflexión para que Uruguay comenzase a ganar el partido. “Después del gol que nos hicieron, por mi cabeza no pasó nada. Era lo mismo de siempre, tuve la suerte de ponerme la pelota bajo el brazo, pero yo no hice eso para aplacar la furia de Brasil. Yo protesté un orsay que era orsay, nada más que no lo hice a los gritos”, contó en una entrevista firmada por Nilo Neder en uno los números del año 1981 de la revista El Gráfico.

El partido tardó varios minutos en reanudarse por la parsimonia con la que Obdulio Varela caminó desde dentro de su propio arco hasta el centro del campo. Entonces pidió un traductor para poder comunicarse con el árbitro escocés George Mitchell y recién después del diálogo tercerizado depositó la pelota en el punto central para que el juego volviese a ponerse en marcha. Esa actitud tranquilizó a sus compañeros, alteró a los adversarios y apagó a los miles de brasileños apilados en la mole de hormigón. Más tarde, los tantos de Juan Schiaffino y Alcides Ghiggia coronaron a Uruguay campeón del mundo. El trofeo, entregado por Jules Rimet con rostro de circunstancia, estuvo apenas en sus manos antes de tener que devolverlo a las autoridades correspondientes.

Cumplida la tarea, sin darle tono de épica histórica, Obdulio Varela decidió esa noche salir a tomar unos tragos por los bares cariocas. Ahí se dio de frente con una desolación colectiva que también lo atrapó. El campeón de templanza pétrea no podía dejar de empatizar con el dolor ajeno, tanto que hasta lo hizo propio. El inigualable Osvaldo Soriano lo entrevistó para La Opinión, en el segmento Historia de Vida que era parte del suplemento cultural del diario fundado por Jacobo Timerman. La tituló El reposo del centrojás (texto publicado en dos compilaciones de su obra, Artistas, locos y criminales y Arqueros, ilusionistas y goleadores). Entonces le contó al entrañable periodista y escritor argentino lo que sucedió cuando la luz de la luna apaciguaba la marea en Copacabana, Leblón, Ipanema y Barra de Tujuca: “Estaban llorando todos. Parecía mentira; todo el mundo tenía lágrimas en los ojos. (…) Yo los miraba y me daba lástima. Ellos habían preparado el carnaval más grande del mundo para esa noche y se lo habíamos arruinado. (…) Hubiera sido lindo ver ese carnaval, ver como la gente disfrutaba con una cosa tan simple. Nosotros habíamos arruinado todo y no habíamos ganado nada. Teníamos un título, pero ¿qué era eso ante tanta tristeza? Pensé en Uruguay. Allí la gente estaría feliz. Pero yo estaba ahí, en Río de Janeiro, en medio de tantas personas infelices. Me acordé de mi saña cuando nos hicieron el gol, de mi bronca, que ahora no era mía pero también me dolía”.

El velorio futbolístico brasileño más el enojo con los dirigentes de la Asociación Uruguaya de Fútbol por haberse quedado con las medallas de oro que otorgaba la FIFA entregándoles otras menores a los futbolistas hizo que Obdulio, dos décadas después, le confesara a Soriano: “Si ahora tuviera que jugar otra vez esa final, me hago un gol en contra, sí señor”.

A la hora de retratar con magia literaria a su compatriota, Eduardo Galeano escribió en El fútbol a sol y sombra: “Pasó esa noche bebiendo cerveza, de bar en bar, abrazado a los vencidos, en los mostradores de Río de Janeiro. Los brasileños lloraban. Nadie lo reconoció. Al día siguiente, huyó del gentío que lo esperaba en el aeropuerto de Montevideo, donde su nombre brillaba en un enorme letrero luminoso. En medio de la euforia, se escabulló disfrazado de Humphrey Bogart, con un sombrero metido hasta la nariz y un impermeable de solapas levantadas”.

Obdulio Varela empezó a jugar al fútbol en los clubes Fortaleza, Dublín y Pascual Somma. Mudado a Paysandú pasó al Deportivo Juventud, entidad que luego lo transfirió al Wanderers en 1938. “Me avisaron que me habían vendido por 200 pesos. Sin preguntarme nada, me vendieron como una bolsa de papas”, recordaba. En 1941 se probó en Banfield, pero sin éxito regresó a Uruguay. En 1943 llegó a Peñarol y pudo pasar a Boca en la huelga uruguaya del 49, pero fue carbonero hasta retirarse en 1955. Después de eso esquivó el fútbol y los requerimientos de la prensa con unas pocas excepciones hasta su muerte en 1996, casi tan pobre como había crecido.

Obdulio Varela fue el hombre que paró la historia del fútbol y le dio otro curso una tarde de 1950 en el Maracaná. Festejó en el campo de juego con sus compañeros una victoria más grande que el estadio, pero empezó a dudar de la misma cuando le quitaron la copa en un suspiro y terminó de estar de lado de los vencidos en una noche de tragos y llantos compartidos.