Cuento

Violinista

Siempre para León, mi viejo.

Ella y yo sabemos que lo nuestro no durará mucho.

Ella es violinista y yo no.

Ella es rusa y yo no.

Ella toca en el metro de Moscú y yo no.

Ella conoce las aulas del mayor conservatorio de la capital rusa, y el lugar exacto donde do es do, y el rincón de su piel que es el mejor rincón y la mejor piel para que el cuerpo del violín se le apoye, y yo no.

Ella desparrama un gesto de curiosidad cuando le cuento, en un castellano que no explora y que no va a explorar, que alguna vez me fasciné con el violín gracias a mi papá, que estudió fugazmente ese instrumento en un pueblito de una patria lejana, y que, aunque abandonó rápido esos estudios, conservó el gusto y me empujó los oídos con ternura hasta los ecos de los violines argentinos de Elvino Vardaro, de Alberto Gambino, de Enrique Mario Francini, de Antonio Agri, de Alberto Lysy, de Szymsia Bajour, de Sixto Palavecino, de Jorge Pinchevsky, de unos cuantísimos y de unas cuantísimas más, que son personas que a ella ni le retumban y, como no le retumban, ella insiste en su gesto de curiosidad y yo, que muero porque no suelte el violín, yo no.

Ella oye que mi papá laburaba desde la sombra hasta la sombra porque laburar es un derecho y porque, además, ciertos resultados del laburo permitían ir a la cancha, comer o acariciar discos en los que David Oistraj, Yehudi Menuhin, Jascha Heifetz, Fritz Kreisler, Isaac Stern, Ida Haendel, Ruggiero Ricci, Mischa Elman, Henryk Szeryng y, más adelante, Itzjak Perlman , Gidon Kremer y Pinchas Zukerman ataban y desataban músicas unidos a sus violines y escuchar a esa gente no es poca cosa, y escucharlos al lado de un papá no es poca cosa, y ella pronuncia los apellidos de esas personas que sí le retumban, en un ruso que no exploro y que no exploraré, y se nota que pronunciar esos apellidos le pone a hervir la inspiración, y yo quisiera que me sucediera lo mismo pero, aunque el corazón me galopa, mantengo inútiles los dedos y, en consecuencia, yo no.

Ella se enciende sobre el violín de la manera en la que uno se enciende en el amor o en los partidos de fútbol cuando le menciono que adeudo compartir con mi papá a violinistas de este tiempo como David Garrett y como Ara Malikian igual que en algún atardecer lo hicimos con Jean-Luc Ponty o con Anne Sophie Mutter, y que seguro cuando eso suceda vamos a ser felices, y ella repite “Garrett” y repite “Malikian” pero ni calcula que le estoy diciendo “papá” y “felices”, y yo trato de entender cómo es que hay tanto fuego en su violín ahora, pero yo, que me dejo arder en ese fuego, yo quiero y quiero y quiero entender y, aunque quiero y quiero, yo no.

Ella quiere que comprenda por qué ama al violín, o por qué le pone el alma a esos trinos que saca en el metro de Moscú, o por qué consigue que la gente se le acerque y la aplauda, pero yo no dispongo ni de una sola prueba de que de verdad quiere eso o sólo ocurre que eso es lo que me imagino porque ella ahora esparce magias y misterios sacudiendo el arco de su violín y yo, un prisionero de esas magias y de esos misterios, fugazmente pretendería ser ella o como ella o el violín de ella, y yo no.

Ella, en el metro de Moscú inaugurado en 1935, interpreta “Por una cabeza”, de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, también de 1935, y, mientras pienso que si los dos estamos acá eso no puede ser apenas azar, me parece que el mundo se rinde y se arrodilla frente a ella, y yo, que a veces tengo vergüenza, sólo por vergüenza no me arrodillo delante de ella, yo no.

Ella y yo terminamos los únicos siete minutos que tendremos juntos en nuestras únicas existencias con el acorde final de “Por una cabeza”, que vuela por el aire como lo más bello que hubo en el aire en cualquier existencia y eso sucede porque en esos aires vuelan flashes de mi infancia, los goles propios y ajenos de la adolescencia, mi abuelo abrazado a mi mamá, una bobe judía que oye “El violinista sobre el tejado” con los ojos cerrados, un beso suelto vaya a saber dónde, mi hermanita que crece, la tarde en la que la belleza de un violín rockero me recordó a los atardeceres de domingo de un vecino que amaba al tango, la primera mirada con mi compañera, la próxima mirada con mi compañera, la canción de miles bajo la lluvia en el estadio que siento mío, todas las respiraciones de mis hijos, mi papá y sus violinistas, y vuela ella, ella que, plena de arte, seguro que está enterada de por qué en esos aires vuela todo eso y yo, yo que moriría por enterarme de por qué un violín, apenas un violín, despabila el vuelo de todo eso, yo no.

Ella me escucha decirle “gracias” en el nombre de los violines porque los violines siempre serán mi papá, y en el nombre de mi papá porque mi papá siempre será la vida y en el nombre de la vida porque la vida siempre será la vida si suenan los violines.

Y, entonces, después de que comprobamos que lo nuestro no durará mucho, después de que nos separamos, ella sigue tocando su violín y no llora, pero yo sí.