Enganche literario

Vivir sin ese virus

En un futuro no tan lejano, cinco amigos recuerdan la victoria sobre el virus y, como en toda victoria, lo que hubo que resignar para lograrla.

Serían las 2 de la mañana, el momento exacto en que el vino (especialmente cuando es de cuatro cifras) trabaja la inteligencia para volverla sutil antes de que colapse y se torne vulgar, torpe, soberbia por impotente.

Alguien recordó, con esa distancia con que se recuerda un flagelo cuando se sabe que está lejos, con esa falsa virilidad con que se insulta a alguien a quien están agarrando; las peripecias de aquel flagelo que por suerte ya era solo una pesadilla lejana.  

Se propuso un brindis más, con un vino que se descorchó especialmente para ese crucial choque de copas. “¿Se acuerdan?” dijo el anfitrión, “Este lo compré para el cumple de 50 de Pancho…el día que jugamos el último picadito…miren cuándo lo vinimos a tomar…”. Algo de petulancia había en ese brindis, como si se quisiera demostrarle al destino quién es el que manda. Justo al destino, que anda siempre en pedo haciendo lo que quiere.

Se habló entonces, con los ojos vidriosos de alcohol y pasado, de lo que en su momento eran lugares comunes.

A diez años de decretado su definitivo final, podíamos sentir que ya todo había terminado. La ausencia de especialistas en los paneles era una muestra de ese final; la revelación, ahora arqueológica, de los lugares que se habían creado para hospedar a los padecientes, mostraban con la petulancia que tiene la piedra cuando lo humano se ha ido, ese pasado de universal tensión.

Recordamos lo fácil que era contagiarse, cómo ese virus sacaba lo mejor y lo peor de los pueblos afuera; la necesidad irracional de festejar cada pequeño logro como porque en eso nos iba la vida y la muerte. El impostado e inexorable patriotismo que parecía unirnos más allá de los enconos y las pasiones enfrentadas.

Muchos, que habían padecido ese flagelo o lo habían sufrido en algún ser querido, contaban cómo había sido el contagio. La mayoría, entre una multitud festiva e ignorante del peligro que los acechaba; otros, a partir de un hecho efímero y ocasional: una charla azarosa, un beso, un abrazo…un abuelo, justo ese abuelo al que había que aislar, en los momentos más dramáticos, para cuidar su salud. Hubo quien, como para contar la anécdota más extravagante, dijo que con solo tocar una prenda se había contagiado…

Luego se dio paso al recuerdo de ese desacostumbramiento, de ese apaciguamiento de la gente común, que fue dejando de un modo paulatino, pero a la vez abrupto, de hacer esas pequeñas cosas que tanto parecían ser el paisaje de sus vidas. Los rituales diarios, esas mínimas aventuras que luego fueron imperdonables osadías. El cotidiano éxtasis de la comunión grupal dejó paso a una distancia que, por su propia naturaleza, estaba llamada a fundar otro tipo de relaciones, más racionales, más medidas, menos impulsivas.

En ese imperio del neocortex no había lugar para lo que tanto parecía identificarnos y que era, como todo hecho cultural arraigado, una apariencia con fisonomía de naturaleza, porque enseguida pudo su crepúsculo parir una aurora. Se ve que no éramos eso que decíamos ser, se ve que la dictadura de la amígdala podía obligarnos a ser rápidamente otra cosa. Miedo mata pasión, y está bien que así sea porque para poder sentir hay que estar vivo.

Con los últimos vestigios de vino hicieron su aparición las teorías conspirativas, que nunca mueren porque se alimentan de lo que debería matarlas: la irracionalidad más intransigente. Los senderos se bifurcaron en jardines que iban de lo más verosímil a lo lisa y llanamente distópico. En algún lado había que poner tanto sentimiento abolido, y delirar elucubrando teorías parecía ser una buena manera de hacer catarsis.

Alguien tomó el timón de lo que debía ser una especie de reflexión final y, cuando se hizo un silencio, dijo con tono elegíaco: “Digan la verdad…hubo un momento en que pensamos que sería imposible que pudiéramos cambiar tanto, acostumbrarnos a otras formas de ser y de sentir…pero lo hicimos”.

Los cinco levantaron la copa, todavía a una distancia prudencial el uno del otro. Era obvio que, elevadas las copas, alguien diría algo.

“Se terminó todo justo a tiempo…quedamos con 7 Libertadores…seguimos siendo el rey de copas…”, dijo uno; “Sí, se terminó todo justo a tiempo…lo de Madrid no tiene revancha”, chicaneó otro; “Sí, se terminó todo justo a tiempo…lo de la B no se olvida más…”, humilló un tercero; “Sí, se terminó todo justo a tiempo…les ganamos con 9…”, recordó el cuarto. El quinto dijo, a modo de reflexión final: “Las boludeces por las que nos peleábamos…un poco se extrañan…pero no había manera de ganarle a un virus sin eliminar al otro…”.