Literario

“Wikipedia” Simonelli y la Inteligencia emocional

Un jugador inteligente, ¿puede manejar las emociones ante un rival vivo? Esta historia expone esta batalla con un final dramático e inesperado.

Con el regreso a la fase anterior de la cuarentena se me está haciendo imposible ver al Enviado, con lo que eso significa en tantos aspectos: emocionales, literarios, filosóficos. Para colmo, al no estar homologada mi relación con él a través de ningún artificio jurídico, no puedo solicitar permiso para verlo como anciano en situación de riesgo. Respecto de esto, no sé si es más peligroso intentar ingresar a la Capital sin el permiso correspondiente, o hacerlo  y que el maestro sepa que lo considero un anciano que necesita cuidado… temo menos a un gendarme iracundo que al Iluminado desbocado.

Lo cierto es que ayer a la tarde recibí una videollamada de un número no agendado, y algo de mí prefirió arriesgarme a vaya a saber qué clase de sorpresa antes que quedarme con la duda de ese apócrifo contacto. Menos mal que me arriesgué; ni bien ponché ese círculo rojo que flota en la pantalla vi el rostro del Enviado, con su fatal paisaje de plaza detrás.

–¡Maestro! Qué lindo verlo, aunque sea de esta manera…

–¡Discípulo querido! Sabrá disculpar que no tenga una biblioteca detrás… pero por suerte la tengo dentro de mí, no como esos impostores que se sientan delante de una multitud de libros que nunca han leído. Bueno, en algún caso mejor, porque son todos de neurociencias… A veces meten mezcladas a La Divina Comedia o a La República para simular un poco de inteligencia… 

–No me va a creer, maestro… pero anoche estaba pensando en el concepto de “inteligencia emocional”, tan caro a las neurociencias…y tenía ganas de escribir alguna ficción futbolera sobre eso…

–¿Ficción? ¿Es que acaso existe ese concepto todavía en un mundo donde quienes hacen un gol lo gritan ante hinchas de cartón? En cualquier momento ponen un maniquí de árbitro o van a embalsamar al arquero… Mejor escuche esta historia, que le va a gustar.

Francisco “Pancho” Simonelli era un jugador más inteligente que talentoso. A tal punto que, a poco de haber debutado en primera ya otro apodo, acorde con su condición de semi omnisciente, había desalojado al de la infancia: Pancho había dado lugar a “Wikipedia”.

Tal era la ascendencia que transmitía ese muchacho ante sus compañeros. Quinto hermano de una familia de escribanos y abogados, los días de infancia de Wikipedia se dividieron en dosis iguales entre su pasión por el fútbol y el amor por los libros. Como esos ganadores de programas de preguntas, todos los misterios de la vida parecían tener en Simonelli una repuesta. Tenía, indudablemente, un tipo de inteligencia múltiple, y tanto podía hacer un cambio de frente de 50 metros como saber cuál es la moneda de Andorra o reconocer un acorde de Spinetta con solo escucharlo una vez. Todos recuerdan cómo se esmeró, con igual fervor, por proveer al club de su infancia de elementos deportivos y de una biblioteca que nada tenía que envidiarle a la Municipal. En las concentraciones, mientras todos desandaban las horas en cualquiera de las formas que tiene Silicon valley de arruinar cerebros, Francisco jugaba silenciosas partidas de ajedrez contra sí mismo. Muchos compañeros aseguraban, en estado de deslumbramiento permanente, que era un verdadero ajedrecista en el campo de juego, y le quitaban a esta afirmación su impronta analógica: “Pensaba las jugadas del rival y ya tenía una respuesta para ellas… una tarde, yo me di cuenta y él por humildad no me lo confirmó, “sacrificó” una jugada para poder luego hacer otra…”.

Simonelli era una amenaza para los periodistas incisivos; cualquiera que le preguntara algo con ironía recibía a cambio una ironía mayor que lo humillaba, y era un placer para los reporteros que hacen campo de juego; a veces una pregunta casual recibía un apotegma como respuesta.

El presidente del club, cada vez que le renovaba el contrato, decía a los cuatro vientos: “Tenemos un líder único… otros podrán decir que tienen jugadores veloces, habilidosos, temperamentales… nosotros tenemos al más inteligente; tan inteligente que me dijo que jamás se irá de este club porque quien olvida a quien lo formó se olvida de sí mismo…”.

Pero… ¿qué es la inteligencia? ¿Y cómo puede desbaratarse sin tener que plantearle una lucha con sus propias leyes? ¿Cómo ganarle a un ajedrecista omnisciente al ajedrez, sin jugar al ajedrez? Para eso está la viveza, para eso está Ulises, aquel argentino en el exilio troyano capaz de urdir estratagemas para desactivar cualquier estrategia.

En la final del zonal el técnico del rival del equipo de Simonelli, el “Bicho” Márquez, le pidió a “Chuky” Barrientos que lo sacara a Wikipedia del partido. No le dio ninguna idea, solo una advertencia inapelable: “Si Simonellli mueve los hilos del partido sonamos… antes de los 20 tienen que echarlo… confío en vos…”.

Tres noches estuvo Chuky pensando alternativas. Pensó en me meterle un dedo en el culo, pero recordó que, cuando alguien lo hizo, Simonelli ni se mosqueó y le dijo: “Además de homofóbico, burro…”, y le tiró un caño. Pensó en asustarlo de alguna manera, pero recordó cuando, luego de que fuera apedreado el auto en que llegaba a un estadio, Simonelli se bajó y dijo: “Por un momento me asusté, pero enseguida recordé que tengo seguro contra granizo…”. Entonces se le ocurrió un ardid que de tan viejo podía conservar algo de su vieja furia ofensiva: decirle algo sobre su mujer. La mujer de Simonelli era su primera novia, y él había sido su primer novio; estas cosas se saben en los pueblos y ésta era una verdad irrefutable. La muchacha era monogámica hasta la exasperación, de modo que no había manera de recabar información en algún ex. Se acercaba la hora del partido y, como siempre, la solución llegó por azar. Chuky salió a tomar aire ya sin otro plan que ninguno, y vio en una vidriera un cartel que parecía hablarle: “Depilación”. Como un rayo, casi tan racional como su enemigo, pensó silogísticamente: “En este pueblo hay una sola casa de depilación, las mujeres jóvenes se depilan… la esposa de Simonelli se depila acá…”. Entró y eligió a la que tenía más cara de revelar un secreto. Chuky ensayó un inaudible “¿Puedo hablar con vos a solas?”, y lo que él pensaba requeriría de formas complejas de la persuasión terminó siendo una charla amena, breve y decisiva: la depiladora se confesó hincha del equipo de Chuky y proveyó enseguida el dato desestabilizador.

En el minuto 8 del partido Chuky se acercó a Wikipedia cuando el partido se detuvo luego de un foul. “Estuve con tu señora”, le dijo. El ajedrecista movió sin inmutarse: “Sí, ya sé que mi señora me engaña, pero con un hombre…”. Chuky puso la mano haciendo pantalla e insistió: “¿Quérés que te diga algo que vos solo deberías saber?”; Wiki volvió a mover: “¿Soy adoptado? ¿Sos mi padre?”.

Entonces Chuky detonó el arma química: “Tiene dos lunares, uno con forma de pera y otro como una medialuna, entre los dos agujeros…”, dijo, ganando en precisión lo que perdió en poesía. Zidane frente a Materazzi fue un hombre prudente al lado de Simonelli. La viveza de Ulises desató la ira de Aquiles; tomó a Chuky y lo golpeó como para minimizarlo, no hubo manera de sacarlo de su anatomía por un buen y dramático rato. Hubo que hacer un incesante trabajo entre compañeros, contrarios, policías y bomberos para separarlo.

Hablando de separar… Simonelli se separó de su mujer, cayó en una depresión que le arruinó la carrera y pronto fue una de las tantas promesas truncas y olvidadas del fútbol del interior.

Tanto nublan las emociones la inteligencia, diría un neurocientífico, que Simonelli no solo no pudo pensar; no pudo siquiera recordar que su mujer no tiene ningún lunar en la entrepierna.

Tanto nublan las emociones la viveza, que Chuky no pudo intuir que la depiladora no era hincha de su club; era fanática del de Simonelli.